lunes, 6 de julio de 2015

Cena para dos




El restaurante tiene un patio interior, con las paredes enrejadas cubiertas de jazmines. En verano, sacan al patio mesas para que los que acuden a cenar disfruten del frescor de la noche; mesas con manteles blancos en las que luce un velón encerrado en una esfera de cristal. Esta noche, corre un poco la brisa que, desde el crepúsculo, esparce el aroma de las flores blancas cuyo nombre en árabe es “regalo de Dios”. No hay mucha gente, tal vez por encontrarse mediada la semana, que obliga a recogerse pronto para no hacer aún más duro el madrugar de los que trabajan en julio. Sólo se ven desperdigadas por aquí y por allá mesas ocupadas, casi todas ellas por enamorados. En un rincón del patio, una pareja habla en susurros. O, más bien, debería decir que es él el que habla; ella sólo escucha. Han llegado por separado: primero él y, luego, ella. Apenas se han saludado con un beso en la mejilla, como si el pudor les impidiese mostrar su pasión en público. La conversación ha empezado enseguida, aún antes de que les traigan la cena. Primero, en un tono sosegado, casi frío, me atrevería a decir yo. Ella picotea migas de pan, que desmenuza mientras pone atención a las palabras de él. Ya en el primer plató, la emoción de la conversación adopta un tono acalorado. Él gesticula al hablar, como si quisiese hacerse entender mejor; ella pasea su mirada empañada por el patio, más para huir de sus sentimientos que para apreciar la belleza de los jazmines. En el segundo plato, es ella la que habla. Las frases le salen entrecortadas, como si quisiese contener el llanto. Él niega con la cabeza, con las manos, y, hasta su cuerpo parece querer rebatir las palabras de ella. Apenas tocan las exquisiteces del plato, quitándose las palabras de los labios. Cuando llega el postre, una lágrima se desliza por la mejilla derecha de ella, sin que haga nada por impedirlo. Él intenta enjugársela con el dorso de su dedo índice, mas ella retira la cara. Él posa su mano sobre la de ella y allí la deja descansando. Las frases han dado paso al silencio y el fragor de la emoción, a la tristeza.

Es la primera vez que se ven. Él ha encontrado su teléfono en la agenda de su esposa y la ha citado para contarle que ha descubierto que el marido de ella y la mujer de él son amantes.