lunes, 13 de julio de 2015

Cristalina






Vaya por delante que no me gustan los niños. Nunca me han gustado. No sé cómo debo hablarles; si con voz aguda o cual si me dirigiese a una persona mayor. Tampoco tengo imaginación para inventarme juegos para ellos o creerme el papel que represento las pocas veces que me toca hacer de papá, mamá o hija cuando voy a visitar a mis sobrinos. Y lo peor es que ellos lo saben; así que yo, su tía Isabel, tampoco les gusto. Odian tener que quedarse en mi casa y no pierden el tiempo disimularlo: lloran, gritan, patalean... Y eso que cuando me he prestado a hacer de canguro, no muchas veces, la verdad, los niños con los que me he quedado ya pasaban de los diez años.

Por eso, me cogió de sorpresa cuando mi amiga Silvia me llamó una mañana para pedirme que me quedara unos días con su hija Violeta. Me contó que debían irse fuera de la ciudad porque había fallecido su suegro y no tenían quien se hiciese cargo de la pequeña. 

La niña tenía entonces tres años. Ya sé que utilizo una frase manida si digo que era como una muñeca, mas así era. Su carita redonda estaba enmarcada por unos rubios rizos que Silvia peinaba como si se tratara de los de Shirley Temple; de sus ojos parecían querer salirse unas pupilas de color añil, casi violetas, como su nombre; y los labios eran rojos como la frambuesa. Era, pues, la niña que todos hemos soñado alguna vez tener. Aun así, Silvia tuvo que insistir mucho antes de que yo accediera a quedarme con ella.

La trajeron sus padres al día siguiente. Pese a ir un poco apurados de tiempo, Silvia se entretuvo un buen rato dándome mil y una explicaciones sobre cómo debía cuidar a la niña: sus horarios de comida, siesta y sueño, lo que debía darle de comer, cuál era su peluche favorito, qué cuento le tenía que leer antes de ir a dormir... Ya sabéis, cosas de esas que tanto preocupan a las madres y que no llegué a cumplir. Mientras Silvia me daba instrucciones que yo intentaba asimilar, Pancho, el padre de Violeta, había desplegado en el suelo de mi salita una manta que cubrió de juguetes: en un momento había transformado en caos mi orden habitual. La pequeña tomó posesión de mi espacio y a mí sólo me quedó sitio en el sillón orejero junto al televisor.

Violeta no se percató de la partida de sus padres hasta bien entrada la tarde, alertada, imagino, por el hambre que la avisaba de la hora de la cena. Dirigió su mirada a su alrededor en busca de su madre y el miedo asomó a sus grandes ojos azules al darse cuenta de que sus padres no estaban. Se levantó de la manta y empezó a correr por las habitaciones buscándolos. Ni siquiera se atrevía a gritar. Como si temiera asustar a su propio miedo con sus voces, casi susurraba: “papá, mamá”. Entraba en las habitaciones y miraba hasta debajo de los muebles; unas veces, riendo, con la ilusión de que se tratase de un juego; otras, conteniendo un suspiro, como temiendo que fuera cierto que la habían dejado sola conmigo, casi una extraña para ella. Cuando sus pasos la llevaron a la entrada de la casa y reconoció la puerta por la que había entrado, sacó del bolsillo de su falda el chupete, se sentó en la alfombra étnica y se dispuso a esperar. Allí se quedó, alerta, como un cachorrillo, con el oído atento a los ruidos que se oían fuera de la casa, en el descansillo: las idas y venidas del ascensor, los pasos de los vecinos que subían y bajaban por las escaleras, las voces de los escolares que regresaban de sus clases...

No hubo manera de moverla de allí, ni siquiera con el anzuelo de la cena. Intenté convencerla llamándola desde la puerta de la cocina, cambiando mi tono de voz; moviendo su peluche, como si fuese él el que apelaba su atención; incluso me parece recordar que canté su nombre siguiendo melodías infantiles que escuchaba de niña. Mas la pequeña ni se movió. Es cierto que no derramó una lágrima. Violeta no era de esas: era una niña muy valiente. Me senté a su lado con el plato de tortilla que me había dicho Silvia que le diera y, aunque me costó, logré que tomara algunos trozos.

No os sorprenda si os digo que aquella noche la pasamos las dos casi entera sentadas en la alfombra. Sólo cuando la venció el sueño y sus ojos se cerraron, pude llevármela a la cama: a mi cama, pues no me atreví a dejarla sola ni aun siquiera en la que había al lado de la mía. 

Al día siguiente, me despertó una leve caricia, cual ala de mariposa. Era Violeta que quería empezar el día. Creí que las horas que habíamos pasado juntas habrían servido para hacernos amigas. Mas me equivoqué: sólo se trataba de una tregua. Después de que la vistiese, peinase sus rizos de Shirley Temple y le diera el desayuno, recorrió la casa para comprobar si habían aparecido sus padres, llamándolos en voz baja. Al ver que no estaban, cogió dos de sus peluches y se los llevó a su puesto de vigilancia. Se sentó en la alfombra y, después de un profundo suspiro, se dispuso a esperar.

Aquello no podía seguir así. Es cierto que Violeta no me molestaba porque no se movía. Yo podía seguir haciendo las cosas que me gustaban sin tener que preocuparme de ella. Mas, ¿y si se moría de pena? Aunque no quisiera reconocerlo, se estaba apoderando de mi corazón. Me volví a sentar en la alfombra que ya habíase convertido en nuestro hogar y me puse a hablar con ella, pero Violeta, mi Violeta, se llevó el dedo a los labios y me mandó callar. “Van a venir papá y mamá”, me dijo. Y, mientras, yo buscaba en mis pensamientos una forma de arrancarla de su inútil espera.

Al fin, a media mañana, se me ocurrió que, tal vez, si salíamos a la calle lograría distraerla. Le pregunté si quería que fuéramos a buscar a sus padres y, por vez primera desde que entrara en mi casa, se le escapó una sonrisa que le inundó sus ojos. Fue ella misma la que me trajo el abrigo rojo con el gorro haciendo juego. No tuve casi que ayudarla a cambiarse los zapatos por las botas de agua. Y, cuando ya estuvo lista para salir, se armó de paciencia y se sentó en una silla de mi habitación mientras esperaba a que yo me arreglase.

Recorrimos las calles del barrio a su paso menudo. Violeta, que no se olvidó de darme la mano, iba con los ojos muy abiertos para que no se le escapasen unos padres tan escurridizos. Poco a poco, el ajetreo de los coches, la gente que entraba y salía de las tiendas, los niños que disfrutaban del descanso que trae el sábado, distrajeron su atención. De pronto, se paró ante el escaparate de una tienda de animales y, cual si hubiese encontrado al ser de sus anhelos, señaló con el dedo a un gran gato blanco de angora y exclamó:

-¡Cristalina! 

Tiró de mi brazo y me empujó al interior de la tienda. Después, me soltó la mano y, ante mi mirada sorprendida y la del dueño de la tienda, cogió en sus brazos al gato, que se acurrucó en su hombro como si la estuviese esperando.

-¡Cristalina, Cristalina! -seguía gritando Violeta entre risas -. Mi amiga Cristalina.

Ignoro si Cristalina era el personaje de alguno de los cuentos que le contaban sus padres o si había surgido de sus sueños infantiles; tampoco sé si fue el azar el que le hizo saber que era gata y no gato, o se trató de un don, inspiración, duende o musa que sólo los espíritus especiales como el de Violeta poseen; y mucho menos comprendo qué me hizo sucumbir a mí al hechizo de aquellos dos seres que parecían predestinados a encontrarse. Lo cierto es que salimos de la tienda Violeta, Cristalina y yo, que iba cargada con una cesta, la cartilla de vacunación, el libro con su pedigrí y otro donde se explicaba cómo había que cuidarla. Lo que no me iba a venir mal, pues si poco sabía de niños, mucho menos sabía de gatos.

Por suerte, Cristalina era una gata tranquila, que se apoderó de uno de los sillones orejeros y se dispuso a dormitar plácidamente en cuanto llegamos a casa. Violeta, en cambio, estaba excitadísima. No paraba de moverse, saltar, reír; no cabía en sí de gozo. Abandonó para siempre su puesto de vigilancia y me incluyó en su círculo de amor. Y yo, mientras, me preguntaba cómo iba a hacer para cuidar a una niña pequeña y a una gata los días que aún me quedaban hasta el regreso de Silvia y su marido. 

Mas no me enteré del paso del tiempo, enredada entre los juegos de Violeta y Cristalina. Y es que, con la llegada de Cristalina, Violeta olvidó su tristeza y se tornó parlanchina. Cuando no estaba con ella en brazos, venía a mi encuentro y con palabras que todavía eran nuevas para ella, me contaba las cosas que hacía la gata, muchas de ellas más imaginadas que reales, sospecho. Cantaba canciones para Cristalina que, a diferencia de otros gatos, no rehuía nuestra compañía, sino que nos seguía adondequiera que fuéramos.

Cuando regresaron los padres de Violeta, no encontraron a una niña anegada en lágrimas de añoranza. Cristalina había obrado el milagro de devolverle la alegría. Ni que decir tiene que se negaron a llevarse la gata a su casa, por lo que tuve que cargar con las consecuencias de mi conducta impulsiva e irreflexiva. ¿Cómo se me ocurrió comprarla?

He de decir que nunca me arrepentí de tener a Cristalina conmigo. ¿Cómo hacerlo si, con su sola presencia, sacó a Violeta del rincón de la desesperanza? Han pasado muchos años desde entonces. Cristalina y yo hemos cambiado varias veces de casa. Mi gata ha sido testigo de cómo pasaban por mi vida amores buenos y no tan buenos, algún que otro sobresalto y algún que otro momento de felicidad. Y ha visto crecer a Violeta: pasar de ser casí un bebé a ser una niña preciosa, y, después, una joven adorada por todos. Y esta Violeta, que no ha dejado pasar un día sin visitar a su Cristalina, no olvida que fue esta gata blanca de angora la que le devolvió la alegría cuando, por vez primera, se sintió perdida sin sus padres.