jueves, 20 de agosto de 2015

Cartas del ayer






I
Hacía casi un año que no veía a mi abuela. Con la excusa del trabajo, los niños y el cambio de casa, iba postergando una visita que, a medida que transcurrían los meses, me daba más y más pereza. Cada vez me acordaba menos de quien, en mi infancia, fue la persona más importante de mi vida, la que más quise, como me reprochaba mi madre. Cuando su rostro aparecía en mi memoria acallaba mi conciencia con el pretexto de su avanzada edad. Con más de noventa años, mi abuela no estaba para recibir muchas visitas, me decía a mí misma. Hablar la fatigaba y le enojaba no poder atender a los que se acercaban a verla con el refinamiento de la perfecta anfitriona que había sido siempre. Así que iba posponiendo mi visita semana tras semana, mes tras mes. Hasta que me llamó un domingo invitándome a pasar la tarde con ella.

Acudí sola. Mis hijos hacía tiempo que habían dejado atrás la niñez y se pasaban la vida fuera de casa con sabe Dios qué compañías. Mi abuela me esperaba en la salita donde en otro tiempo intentó enseñarme a hacer los delicados bordados en hilo con los que ella engañaba al tiempo durante sus primeros años de viudedad. Pese a que sus manos deformadas por la artrosis no habían podido coger una aguja desde hacía décadas, junto a la ventana permanecía el bastidor con una labor nunca finalizada y el costurero que le regalé con mi primer sueldo como arquitecta. Me recibió con su espléndida sonrisa: aquella que reservaba para las personas de su agrado, que no éramos muchas, y que hacía desaparecer en un instante la mitad de los años que llevaba a sus espaldas. Una blusa blanca de seda, una falda gris y su collar de coral para darle un toque de color delataban el esmero que había puesto en su arreglo y la ilusión con la que esperaba mi visita. 

Balbina, la mujer que se ocupaba de mi abuela, nos trajo el té. Me hizo sonreír ver cómo le había enseñado a seguir las costumbres que siempre rigieron aquella casa: el juego de porcelana, el plato grande de cristal para la tarta de arándanos, las servilletas bordadas por mi abuela... Oculté mi emoción con un comentario irónico:

—¡Vaya! Ni que fueras a recibir a una emperatriz.

—Es que tengo que pedirte un gran favor y, para convencerte, tengo que engatusarte antes.

Me hizo gracia volverle a oír después de tanto tiempo la palabra “engatusar”, ese verbo que, por extrañas asociaciones de mi mente, de niña me hacía evocar imágenes de gatos ronroneando al sol. Simulé que me intrigaba la petición que quería hacerme y le pregunté con insistencia, pero ella, juguetona, no quiso adelantarme nada hasta que terminásemos de tomarnos el té. Pasó la tarde haciéndome hablar de mis hijos y recordando viejas historias de mi infancia. Ya  estaba a punto de despedirme, cuando quiso que la acompañase a su dormitorio. Posó su mano en mi brazo y con paso vacilante, se dirigió a su habitación. 

De niña me fascinaba aquel dormitorio. Me podía pasar horas y horas entre sus cosas, acariciando los delicados tejidos de los vestidos que desde joven guardaba entre bolas de alcanfor, probándome chales y mantones de Manila, mientras, por un momento, me creía la heroína de una película romántica. Sobre la coqueta se podían encontrar objetos que parecían salidos de siglos remotos: un cepillo para el cabello con el mango de marfil, un perfumero de cristal tallado con una pera cuyos largos flecos eran de color lila, la bandeja de estaño para las horquillas y el joyero de piel con tres cajoncitos que siempre me cautivó. 

Mi abuela tomó asiento en el sillón frente al espejo; acerqué el taburete que había a los pies de la cama y me senté junto a ella. Me pidió que abriese el cajón del medio del joyero. Debajo de sus alhajas encontré, junto a unas fotografías, dos pliegos de papel que el paso del tiempo había teñido de amarillo. 

—Léemelos, por favor —me ordenó, más que me pidió.

Se trataba de dos cartas escritas hacía más de setenta años. La primera era muy breve y llevaba la firma de Eduardo, el hermano de mi abuela. La había escrito el día que partió a la guerra. La segunda era una misiva sin firmar, fechada unos meses después.

7 de octubre de 1936

"Queridísima Elena:
"En no menos de una hora parto hacia el frente sin haber tenido un instante para despedirme de ti. Todo ha sucedido tan deprisa que ni siquiera soy aún consciente de adónde voy. Mi padre ha llegado del cuartel a la hora de comer con una orden de alistamiento. Aunque pueda parecer mentira, nos ha dicho, no ha podido hacer nada por evitarlo. Por suerte para mí, ni siquiera él, como amigo íntimo del comandante, ha conseguido que me dieran un destino menos peligroso. Ya sabes, en intendencia u otro lugar similar. Mi madre no ha probado bocado durante la comida, llorando amargamente, pese a los intentos de mi dulce hermana por consolarla. Mas yo no cabía en mí de gozo. No te lo he dicho antes para no preocuparte, pero hace tiempo que quiero partir a la guerra y luchar junto a tantos hombres valerosos por esta causa justa. Sólo el temor a disgustar a mi madre, que todavía anda delicada de salud, me ha impedido unirme al ejército antes. Pero la semana pasada, me armé de valor y fui a solicitar el ingreso, sin que lo supiera nadie más que mi hermana Pilar. 

"Lo que no me esperaba es que me diesen tan poco tiempo para prepararme y no pudiese despedirme de quien más quiero.

"Amadísima Elena, sé que este no es el momento mejor para ello, pero imagina por un instante que estoy a tu lado, que tomo tu mano entre las mías y te pido, amor mío, que seas mi esposa a mi regreso. No sé el tiempo que estaré fuera. Mi padre no cree que esta guerra dure más allá de unos meses, pero yo no puedo asegurarte nada. Sólo te pido que me esperes; que olvides todos los sinsabores por los que has tenido que pasar por mi causa y, cuando vuelva, te unas a mí.

"Le confío esta carta a Pilar para que te la entregue sin peligro de que nadie la intercepte y le dejo el encargo de que, en cuanto sepa mi destino, te lo haga saber para que me puedas escribir.

"Nunca dudes de mi amor, querida Elena. Te amaré hasta que exhale el último aliento.

"Tuyo,

"Eduardo"

La segunda carta estaba dirigida a la misma Elena que amó mi tío abuelo. Aunque no llevaba firma, reconocí su letra. La leí con la emoción de quien sabe que está espiando los más íntimos sentimientos de otras personas.

11 de marzo de 1937

"Querídisima Elena:
"Desde estas frías tierras de Guadalajara te escribo con el corazón dolorido por no saber nada de ti. ¿Qué te ocurre, amor mío?, ¿acaso has olvidado ya las promesas que nos hicimos? Aquí la oscuridad de la lluvia y la nieve que ha caído hoy ha llenado de tinieblas mi espíritu y solo el pensamiento de que me estás esperando me impide desear que la muerte venga a buscarme. Cierro los ojos y te veo debajo del manzano de la casa de tu tío, con tu pelo rubio jugando con el viento y el vestido blanco dejando asomar tus rodillas. Me basta esa imagen para olvidarme de la guerra. Por las noches, miro hacia el futuro y te veo caminando a mi lado, amor mío, con los hijos que tendremos.

"En el frente, solo veo desolación a mi alrededor. Todo el heroísmo del que nos hablaron de niños se desvanece cuando nos enfrentamos al dolor y la desaparición de quienes durante meses fueron nuestra única familia, como mi amigo José, alférez  igual que yo, que murió ayer en medio de terribles dolores".

La carta había sido interrumpida en este segundo párrafo. Recordé que mi tío abuelo había muerto en Guadalajara a los pocos meses de comenzar la Guerra Civil. Apenas sabía mucho más de él. Era varios años mayor que mi abuela y, al comenzar la contienda, estaba dando sus primeros pasos como abogado en el bufete de su padre. 

—¿Quién era Elena? —le pregunté a mi abuela.

—Elena era mi mejor amiga del colegio. 

II
Elena era mi mejor amiga del colegio. La conocí el primer día, en la fila que nos hicieron formar las madres ursulinas antes de entrar en clase. Nuestros apellidos iban consecutivos y, por ello, nos sentaron juntas, en el mismo pupitre. Pese a los más de ochenta años que han transcurrido desde que traspasé por primera vez la verja del colegio, me parece que la estoy viendo. Una niña tan distinta a todas nosotras: Rubia, con una espesa melena que aquel día le caía en cascada sobre la espalda, unos ojos de color añil casi redondos, como si fueran los de una muñeca, y en la punta de nariz, un pícaro lunar. Elena era una niña tímida que solo quería permanecer en un segundo plano, pero que llamaba la atención de todas nosotras, a quienes nos parecía recién salida de una película americana.

Las primeras semanas fueron muy difíciles para las dos. Solo teníamos diez años y nunca nos habíamos separado de nuestras familias más allá de unos días; pues has de saber que estábamos internas en el colegio. Todo nos parecía extraño: los sonidos, los aromas, los sabores... Nos parecía una tarea imposible atender tantas y tantas reglas: las horas de silencio, los madrugones, las lecciones que teníamos que recitar de memoria... ¿Qué sé yo? ¡Era tan fácil olvidarlas! Había momentos en los que la añoranza se apoderaba de nosotras. Nos acordábamos de los besos de nuestras madres, de nuestras muñecas, de las comidas de casa. Hubiéramos enfermado de tristeza de no ser por el consuelo que nos dimos la una a la otra. Íbamos juntas por el patio del colegio y hablábamos de la vida que habíamos dejado atrás. Elena me contaba que su padre tenía una perfumería que era como una tienda encantada. Estaba repleta de frascos de esencias cuyos aromas te podían transportar a mundos lejanos. Cuando evocaba las tardes que pasaba entre delicados recipientes de cristal, yo me la imaginaba introduciendo en ellos varillas de madera, semejantes a palitos de helados, y luego absorbiendo su perfume con su graciosa naricilla respingona. Ese perfumero de mi coqueta que tanto te gustaba de niña me lo regaló ella cuando cumplí doce años. Éramos tan pequeñas, tan ingenuas, que no sabíamos nada de clases sociales. El que mi padre fuese un célebre abogado y el suyo el dueño de una tienda de perfumes no significaba nada para nosotras. Pero, pasados unos años, aprenderíamos su sentido.

A Elena no le costó ganarse el afecto de las madres ursulinas. Era una niña dócil y aplicada que, aunque no fuese como otras alumnas que, con solo oír una vez a la profesora recitar la lección, ya eran capaces de responder con brillantez en clase, se esforzaba para obtener buenos resultados. Entonces yo era demasiado pequeña para comprender los sacrificios que hacían sus padres para darle una buena educación y cómo ella luchaba para no defraudarlos. En cambio yo era más descuidada en mis tareas escolares. Mis labores de costura siempre estaban sucias y llenas de horribles fruncidos, mi letra era horrible y, cuando practicaba en el piano, solo lograba arrancarle desafinados ruidos. Elena, siempre deseosa de ayudarme, se sentaba a mi lado a la hora del estudio e intentaba transmitirme, no siempre con éxito, he de decir, su pulcritud. Aun así, con el tiempo, me volví más cuidadosa en mis tareas escolares. Ahora pienso que no por esforzarme en ser mejor sino para complacer a Elena.

La llegada de la Segunda República trajo consigo un encendido debate sobre la cuestión religiosa, como entonces se decía. Muchos padres, siguiendo la corriente de los nuevos tiempos, sacaron a sus hijos de los colegios regidos por la iglesia, entre ellos los nuestros, los de Elena y los míos. Recuerdo que, cuando me lo dijo mi madre, lloré desconsoladamente ante el pensamiento de no volver a ver a Elena. Pero, por fortuna, me equivoqué. Habían abierto una escuela para señoritas en la ciudad y en ella terminamos la mayoría de las alumnas de las ursulinas. Aunque los primeros meses nos acordábamos con nostalgia de nuestro colegio, en poco tiempo dejamos atrás los años que pasamos en él y nos acostumbramos a la nueva rutina. Al poco de llegar ya nos percatamos de que entrábamos en un mundo diferente. La disciplina no era tan férrea y, lo que más nos entusiasmó, íbamos a dormir a nuestras casas. Por entonces, teníamos dieciséis años y nos creíamos ya casi adultas, pero seguíamos siendo casi tan ingenuas como el día que nos conocimos. Algunas jóvenes de nuestra clase, cuando no las veían sus padres, se atrevían a lucir un poco de tacón en sus zapatos y otras coloreaban sus labios y mejillas con una suave capa de carmín. Pero los tiempos no habían cambiado tanto como para que nuestros padres nos dejasen andar solas por las calles cuando caía el sol. Así que mi hermano me recogía cada tarde a la salida de clase y me acompañaba hasta casa. Fue de esa manera como se conocieron Eduardo y Elena. Los padres de mi querida amiga, sabiendo que mi hermano iba a buscarme al colegio, accedieron a que la acompañásemos hasta su casa.

Al principio, Elena apenas se atrevía a pronunciar una palabra delante de Eduardo. Ya te he dicho que siempre fue muy tímida y le costaba comportarse con naturalidad ante desconocidos. Pero mi hermano supo ganarse su confianza con su simpatía. Le arrancaba algo más que una sonrisa con las historias que nos contaba acerca de su vida universitaria, con las imitaciones que de profesores y compañeros de clase hacía. Poco a poco, sus conversaciones iban tornándose más y más íntimas; se sonreían como si guardasen un valioso secreto del que solo ellos sabían de su existencia. En más de una ocasión los sorprendí dirigiéndose miradas furtivas que cubrían de rubor las mejillas de Elena. Cuando me di cuenta de que se gustaban, mi corazón se llenó de alborozo: las dos personas que más quería se amaban.

Pero mis padres no lo vieron de la misma manera que yo. Ellos tardaron un año en enterarse de lo que estaba ocurriendo. En aquellos tiempos, los hijos no contábamos nuestras cosas a nuestros padres, como ocurre ahora. Mi hermano tenía que finalizar sus estudios antes de plantearse un noviazgo formal y no quería decirles nada en tanto no tuviera asegurado el porvenir. Pero fui yo la que, sin quererlo, hice un comentario a mi madre que los alertó.

Mis padres siempre habían sentido una especial predilección por mi hermano, tal vez por ser el mayor, tal vez porque siempre estaba de acuerdo con ellos y nunca cuestionaba sus deseos; mientras que yo era más caprichosa y costaba más convencerme de lo que me decían. Desde que era muy pequeño, se tuvo claro el camino que había de seguir en la vida: Cuando finalizara el colegio, estudiaría Derecho para poder suceder a mi padre en el bufete y, después, contraería matrimonio con una señorita de buena familia de la ciudad. En estos planes, no entraba Elena, por descontado.

Mientras fuimos niñas, a nadie le importó que Elena y yo fuéramos amigas. Después de todo estábamos protegidas por el colegio, primero, por la escuela de señoritas, más tarde. Pero que la hija del perfumero fuera la novia de su único hijo ya era otra cuestión. Cuando mi padre lo supo, llamó a Eduardo a su despacho con la esperanza de que le desmintiera el noviazgo y, si no fuera posible, lograr que rompiese el compromiso. Pero el hijo modélico esta vez no transigió. En una discusión acalorada, dijo no estar dispuesto a dejar a Elena ni a que nadie interfiera en su vida. Mi madre y yo podíamos oír los gritos desde el gabinete pese a estar en el otro extremo de la casa. Nos mirábamos en silencio, sin apenas atrevernos a respirar, mientras llegaban hasta nosotras frases desperdigadas. Mi madre se levantó súbitamente, dejando que el ovillo de lana de su labor rodase a sus pies, y salió hacia el despacho de mi padre. Cesaron, entonces, las voces acaloradas: sólo llegaba a mis oídos el crepitar de la leña que se consumía en la chimenea.

Días más tarde supe por Elena que mis padres habían hablado con los suyos. Aunque no llegamos a enterarnos de lo que les dijeron, no debió de tratarse de nada halagador para el matrimonio dueño de la perfumería, pues después de aquella conversación, los padres de mi querida amiga se sintieron ofendidos y humillados por las palabras de mi padre y le prohibieron  que tuviese trato alguno con nosotros.

Durante muchos meses, Elena desapareció de mi vida y, creí, de la de Eduardo. Conociéndola como la conocía, estoy casi segura que no se atrevía a desobedecer a sus padres aunque renunciar a nosotros la hiciese derramar mares de lágrimas. No la veía más que en misa, los domingos; en la iglesia del Carmen, arrodillada en el banco con el rostro cubierto por un velo negro. Intenté varias veces ponerme en contacto con ella. Me acercaba a la puerta de su casa o la llamaba por teléfono, pero su madre siempre me decía lo mismo: que no estaba, que había salido. Ya sé que en estos tiempos que corren es muy difícil entender que no se diera a valer rebelándose contra tan arbitraria prohibición, pero en aquellos años nos educaban para ser buenas y obedientes; pocas jóvenes de nuestra edad se hubieran opuesto abiertamente a la voluntad de sus padres sin que ello les causase un gran desgarro.

Ignoro cómo se las ingenió Eduardo para verse a escondidas con ella. Tampoco sé cómo la convenció para que violase las órdenes de sus padres. Lo cierto es que los años siguientes se consolidó su amor sin que nadie, ni siquiera yo, se percatase de ello. A veces pienso que fue la oposición de nuestros padres la que fortaleció un sentimiento que había nacido para ser efímero. Ajena a las idas y venidas de Eduardo, guardaba en mi corazón la pena por la pérdida de mi amiga de la infancia. Pero, aunque no la olvidé, con el tiempo encontré alivio a mi dolor cuando conocí a Estanislao, tu abuelo.

Desde que estalló la guerra, Eduardo expresó sus deseos de unirse a los combatientes. Mi padre intentaba persuadirlo de que no lo hiciera apelando a la mala salud de nuestra madre, que, desde que tuvo tuberculosis, siempre estuvo delicada. Además, mi hermano ya había finalizado sus estudios de Derecho y estaba aprendiendo a ser abogado. Por ello, no parecía ser el momento más conveniente para dejarlo todo y marcharse. Mi padre debía de saber que aquellos argumentos no lograrían convencerle de que esperase antes de solicitar el alistamiento, pero quizás, después de lo ocurrido con Elena, no se atrevía a volver a interferir en la vida de mi hermano. Así, a los pocos meses de iniciada la guerra, le vimos partir hacia su destino para no regresar más. 

Como acabas de leer, el día que nos dejó me confió su carta de despedida para que se la entregase a Elena; pero nunca pude hacer realidad su penúltimo deseo. Al día siguiente, mi madre, sobrepasada por la emoción, cayó gravemente enferma. Nunca supimos si el origen de su mal se encontraba en sus debilitados pulmones o en su maltrecho espíritu. Lo cierto es que apenas comía ni dormía. Su alma vagaba en un estado de sopor, vacilando entre emprender el vuelo o quedarse ente nosotros. No te puedes hacer una idea del sufrimiento de mi corazón aquellos días. El temor a perder a mi madre me hizo olvidar todo lo demás. Durante varias semanas, no te puedo decir cuántas porque perdí la noción del tiempo; durante días y días sin noches, no me moví de su lado. Sentada a los pies de la cama espiaba los vaivenes de su entrecortada respiración buscando un atisbo de mejoría. Ni siquiera encontraba un instante para acercarme a la iglesia a rogar por su vida. Así que Elena debía de estar esperando a Eduardo sin saber la razón de su silencio.

La he imaginado muchas veces sentada en su habitación, con la ventana entreabierta, aguardando angustiada la señal convenida. No sé si un silbido, una china lanzada al cristal o una canción. Nunca llegué a saber cómo hacían para verse. Eduardo murió en marzo y a Elena tampoco la volví a ver más.

Mi madre se repuso lo suficiente para poder levantarse de la cama unos días antes de Navidad. Fue entonces cuando me acordé de mi amiga y de la carta que me había confiado mi hermano. En Nochebuena acudí con mi padre a la Misa del Gallo. Con la esperanza de ver a Elena, guardé el mensaje de Eduardo en el bolsillo del abrigo. Sabía que la noche del Nacimiento del Niño Jesús ni mis padres ni los suyos se negarían a que nos diésemos un beso. Me senté junto al pasillo central para poder verla entrar. La iglesia estaba abarrotada pero, desde mi banco, se veía a los que entraban por la Puerta de la Anunciación, la más próxima a la casa de la familia de perfumeros. Impaciente por verla llegar, apenas atendía a la ceremonia. Los minutos pasaban y Elena no hacía acto de presencia. Durante la lectura del evangelio, mi padre me dio con el codo para que prestase atención al celebrante. Más y más intranquila, no podía permanecer quieta y me removía en mi asiento llena de desasosiego. Hasta que las palabras del sacerdote me sobresaltaron: “Ite missa est”. La misa había finalizado y Elena no había acudido.

Al día siguiente, pude escabullirme a la hora de la siesta. Hacía mucho frío y debía caminar con sumo cuidado pues había helado y las calles estaban cubiertas de escarcha. Cuando llegué a la casa de Elena, me extrañó ver los postigos de las ventanas cerrados. Mi corazón se sobrecogió por el aspecto de abandono de la fachada. Mas no quise hacer caso de los presagios que traía el viento gélido. Subí las escaleras de dos en dos y pulsé el timbre de la puerta con energía. Un timbrazo; y otro, y otro. Nadie acudió a abrirme. Al otro lado de la puerta, no se oían ni pasos ni voces. Tras aguardar unos instantes, bajé hasta la portería y le pregunté a un vecino. Hacía varias semanas que la familia del cuarto derecha había partido de viaje. Nadie sabía adónde se había dirigido ni cuánto tiempo iba a estar fuera. 

Cuando murió Eduardo, encontraron entre sus pertenencias la última carta que le escribió a Elena. No tuve que rogar mucho para que mi madre me la entregase. Ya todo daba igual después de saber que su hijo no regresaría. Me prometí que, tardase lo que tardase, terminaría cumpliendo la voluntad de mi hermano.

Mas no he vuelto a ver a Elena desde entonces. La guerra terminó llevándose por delante muchas vidas, muchas ilusiones. Los que quedamos intentamos retomarlas donde las habíamos dejado. Yo me casé con tu abuelo y tuvimos a tu madre. Durante estos años, no he dejado de buscar a Elena. ¡Le debía tanto...! Nunca hallé rastro de ella. Ya había perdido la esperanza de encontrarla. ¡Tenemos tantos años ya!

Pero hace unos días recibí una carta suya.

III

—Pero hace unos días recibí una carta suya. Apenas me decía sino que vivía en un pueblo a las afueras de Valladolid y que quería verme. Estaba ya muy delicada de salud y no quería irse de este mundo sin despedirse de mí.

Mi abuela hizo una pausa antes de continuar hablando. Se la veía muy cansada después de su larga narración. Cerró los ojos antes de continuar, como para recobrar el aliento. Tomé sus manos entre las mías: estaban heladas a pesar del calor que hacía aquella tarde.

—Quiero que me lleves a verla —dijo al fin.

Intenté persuadirla para que cambiara de parecer apelando a su avanzada edad. Su fragilidad se vería resentida si emprendía un viaje hasta una ciudad tan lejana. Pero mi abuela era testaruda y una vez tomada una decisión, ya no daba marcha atrás.

Partimos unos días más tarde. Tuve que pedir una semana de mis vacaciones pues quería hacer el viaje en varias etapas. Durante el trayecto, mi abuela no nombró ni a Elena ni a Eduardo, pero yo sabía que no dejaba de pensar en ellos. A veces, permanecía contemplando abstraída los paisajes que se sucedían por la ventanilla del coche y dejaba escapar un suspiro.

Cuando llegamos a la casa de Elena, nos recibió el hijo con el que vivía: un señor de edad madura algo mayor que mis padres. Nos acompañó al dormitorio donde pasaba sus últimos días la antigua amiga de mi abuela: Una coqueta habitación en tonos blancos y rosas con un gran ventanal por el que entraba la luz del sol. Desde el butacón en el que estaba sentada, Elena parecía una niña, tan menuda era. Tenía una apariencia tan vulnerable, que mi abuela a su lado parecía robusta y plena de salud. Se sentaron juntas y, tras unos momentos de conversación cortés, las dejamos solas para que pudieran cruzar el puente de los años sin que nadie las importunase.

Dos horas después, el hijo de Elena y yo volvimos a entrar en la habitación. Los rostros de las dos ancianas mostraban la fatiga de la emoción pero estaban radiantes de dicha. Mi abuela no pronunció una palabra hasta que nos pusimos en camino. Entonces me miró con lágrimas en los ojos, con una sonrisa en los labios, y me dijo:

—Ya cumplí mi misión, hija mía.

Hasta una semana después, mi abuela no encontró las fuerzas suficientes para hablarme de su encuentro con Elena y tampoco entonces me contó mucho. Se sentía dichosa por saber que Eduardo no había tenido nada que ver en la partida de la familia de su amiga durante la guerra. Su padre andaba enredado en asuntos políticos y la inminente llegada del ejército contrario hacía temer por la seguridad de la familia. Salieron de su casa casi solo con lo puesto unos días antes de Navidad y asumiendo un gran peligro, tuvieron que cruzar el frente hasta llegar a una ciudad tomada por el bando contrario. Hubieron de pasar muchas noches al raso y sortear la siempre amenazante posibilidad de encontrarse con el ejército enemigo o caer en medio del fuego cruzado. Mas Elena no era consciente del todo del peligro que corrían pues su pensamiento y su corazón estaban puestos en el recuerdo de Eduardo. Se sentía culpable por abandonarlo sin poder darle una explicación de su marcha y sufría por no saber si volvería a verlo. Cuando llegaron a su destino, se alojaron en la casa de un pariente lejano hasta que finalizó la guerra y, después de la contienda, pasaron la frontera y se establecieron en Francia. Allí Elena conoció al que sería su esposo. Durante muchos años, no se permitió a sí misma ni siquiera un minuto para recordar. Nunca pensó regresar a España: había dejado demasiado dolor en este país. Mas hacía quince años había enviudado y fue entonces cuando quiso volver. Cuando su salud empezó a declinar, nació en su pecho un anhelo que le robó el sosiego: Antes de morir, tenía que ponerse en paz con su pasado. Fue entonces cuando escribió a mi abuela. No se atrevió dirigírsela a Eduardo pues no quería perturbar la paz con su familia. Pensaba que estaba vivo, disfrutando de sus hijos y sus nietos. Apenas escribió unas líneas y las envió a la casa donde recordaba residían su amiga y su prometido en su juventud: la misma casa en la que siempre vivió mi abuela.

Con la llegada del otoño, mi abuela cogió un enfriamiento que degeneró en una neumonía. Su salud era tan frágil, que en menos de un mes tuvimos que decirle adiós. Y el mismo día que la enterramos, encontré medio oculta en la esquina de una página del periódico la esquela que anunciaba el fallecimiento de Elena. Las dos amigas habían emprendido el ultimo viaje de la mano.