lunes, 24 de agosto de 2015

Enhebrando historias





La playa de arenas blancas se bañaba con la espuma de las olas que se rizaba antes de retroceder. Una cometa con forma de mariposa dibujaba arabescos en el cielo, mientras una nube blanca y algodonosa se deshilachaba al jugar con la brisa del atardecer. Desde lo alto, una gaviota se precipitó a las aguas, pero antes de besar la superficie cristalina, remontó el vuelo hasta perderse en el horizonte. En la orilla, caminaba, ella, descalza sobre la arena dejando tras de sí las huellas de sus pies. Las olas corrían a arremolinarse en torno a sus tobillos hasta hacerla cosquillas. Marina se dejó entonces acariciar por una sensación de libertad y calma que hacía mucho que creía tener olvidada. Había llegado no hacía una hora de la ciudad y sin perder un minuto en sacar el equipaje del coche, se había dirigido a la playa atraída por el susurro de las olas al acunarse que se podía oír desde el porche de la vieja casa del abuelo. Necesitaba aquel instante de sosiego para dejar atrás los pesares del último año, los agobios de un año de frenético trabajo que la había llevado casi al colapso. 

Durante doce meses, su fantasía se había desbordado creando una historia tras otra que, luego, esperaban con impaciencia los lectores de la revista literaria “El jardín de las letras”. Historias que surgían en el momento más inesperado. Un paseo por las callejuelas antiguas de la ciudad le sugería una aventura de capa y espada; el vuelo de un gorrión se transformaba en un viaje a un país desconocido donde el fruto de sus árboles saciaba la sed para siempre; la gata de la vecina, por arte de Marina, no era sino una princesa de Oriente huyendo del hechizo de una bruja envidiosa de su belleza... Cada semana una historia, que se apoderaba de ella hasta enamorarla y era ese enamoramiento lo que hacía que fluyeran las palabras de su corazón al papel y del papel al corazón de sus lectores. No era ni mucho menos una escritora de éxito, pero el solo hecho de crear historias era para ella el mayor de los disfrutes.     

Hasta que una mañana todo se desvaneció perdiéndose en la nada. Las historias que antes acudían a su puerta sin llamarlas la abandonaron. Cada amanecer, se sentaba delante del ordenador con la mente vacía sin poder enhebrar una palabra en una frase para formar el tapiz de un relato. Alguna vez creyó haber encontrado una historia, mas cuando intentaba escribirla, le sonaba falsa, no lograba identificarse con los personajes o, al leerla, le parecía que no tenía vida; y acababa abandonándola antes de haber llegado a la tercera página. Otras veces, le rondaba una historia hasta encandilarla pero, al escribir unos cuantos párrafos, se daba cuenta de que no era sino uno de sus antiguos relatos que se le aparecía disfrazado. Leyó sus viejos cuentos y le parecieron que todos contaban lo mismo. Y no pudo evitar sentirse invadida por el desaliento y todo a su alrededor pareció teñirse de gris.

Durante meses, se obligaba cada mañana a levantarse con la aurora y, tras una ducha de agua helada para ahuyentar al espíritu del sueño, se sentaba ante el ordenador con una taza de negro y humeante café que le diese fuerzas para enfrentarse al escritorio abarrotado de archivos de word con relatos a medio empezar. Un involuntario suspiro precedía siempre la apertura de uno de ellos, elegido casi al azar. Y, cuando empezaba a leerlo, las letras le bailaban como si se tratase de una escritura desconocida para ella. Entonces, sobrepasada por el esfuerzo, se levantaba, se ponía sobre los hombros el abrigo y salía a la calle no sabía si en busca de historias o huyendo de sí misma. Día tras día, inventaba nuevas excusas para justificar su demora ante Natalia, la directora de la revista, excusas que se le estaban agotando como las historias que antes creara. Así que desconectó su teléfono móvil para no tener que enfrentarse más a su jefa y sólo los domingos lo volvía a encender para hablar con sus padres. 

Y fue su padre quien le sugirió que pasase una temporada en la casa donde había pasado sus últimos años el abuelo. Era ésta un antigua casa de pescadores levantada con las maderas desvencijadas recuperadas de un barco holandés que había naufragado cincuenta años atrás. El mimo con el que la había cuidado el abuelo permitió que se mantuviera en pie y fuese un confortable refugio durante la última década de vida del anciano, que la construyó para olvidar el dolor de la ausencia de su esposa. Marina había pasado largas temporadas en aquella casa en su adolescencia, sin hacer otra cosa que disfrutar de la animada conversación de su abuelo y de los baños de mar.

Aquel día, cuando entró en la casa, le asaltaron los recuerdos de su primera juventud. El olor a cerrado se mezclaba con un suave aroma a tabaco de pipa que hizo que, por un momento, atisbara en la mecedora la figura del abuelo con su sonrisa cargada de sorna. Abrió los postigos de las ventanas y dejó que la brisa del mar se llevase los fantasmas, antes de dirigirse con su equipaje al que antaño fuera su dormitorio. El tiempo parecía haberse detenido y ella se sintió dichosa. La noche la sorprendió yendo de habitación en habitación mientras comprobaba que nada había cambiado en la vieja casa: sólo ella se sentía envejecida, más por las ilusiones que había dejado atrás que por los años transcurridos, que no eran tantos.

Los días siguientes, se dejó llevar por el deleite de no tener que hacer nada. Muy de mañana, se sentaba en el porche a leer las novelas de Henry James que, de muy joven, le enseñaron a disfrutar del placer de la lectura: “Retrato de una dama”, “Otra vuelta de tuerca”, “Las alas de la paloma”... Su abuelo tenía todas las obras del escritor americano guardadas tras el cristal de una vitrina para que no las estropease el polvo y la humedad. A Marina le gustaba aquella hora temprana en la que el sol todavía no abrasaba la piedra de la escalinata del porche y un leve viento del sur intentaba pasar las hojas de los libros. 

A mediodía, se acercaba al pueblo en bicicleta a comprar las provisiones y el periódico del día en la única tienda que había en muchos kilómetros: una nave que olía a café recién hecho, donde se podía comprar pescado traído de la mar horas antes o los objetos de la cerámica típica del lugar y tomarse un suculento desayuno por un puñado de monedas. Después, regresaba por el paseo marítimo deteniéndose en una cala medio oculta, donde se daba un baño de mar. Por las tardes, cogía el coche y salía a descubrir rincones ocultos de los alrededores. Tuvo suerte los días que permaneció en el pueblo, pues, pese a mediar julio, el tiempo era templado, lo que le permitió dar largos paseos sin que le importunase el calor.

Pronto se familiarizó con los rostros que encontraba a su paso: una pareja de veraneantes, unos pescadores, una familia con un montón de hijos... Llamó su atención un hombre joven, que siempre bajaba a la playa con un niño de dos o tres años. Solía pasear con el pequeño de la mano a la orilla del mar y de vez en cuando se metía con él en el agua para que chapotease entre las olas. Nunca hablaba con nadie más que cuando se acercaba al puesto de helados para comprar un cucurucho o un refresco. Los encontró en varias ocasiones vagando por las calles del pueblo: el niño mirándolo todo con el asombro de quien despierta a la vida, el padre, con la mirada perdida sabe Dios en qué parajes. Marina inventaba para ellos mil y una historias que, tal vez, algún día trasladaría al papel, pero que en ese momento no nacían sino de la curiosidad que le suscitaba la pareja. 

Marina creía ver alrededor del joven un halo de misterio que atraía sus miradas. ¿Por qué andaba siempre solo con un niño tan pequeño?, ¿dónde estaba la madre? Desde la cala en la que iba a darse un baño y a dejarse dorar por el sol, divisaba el rincón de la playa donde el padre y el niño construían castillos en la arena. Mientras el pequeño recibía con carcajadas los avances de la edificación y pasaba suavemente su dedo índice por las almenas, a Marina le parecía descubrir en el joven una mirada en la que quería ocultarse la melancolía. Tal vez, pensaba la escritora, añoraba a su esposa fallecida después de una dolorosa enfermedad. El viudo, pues ya era viudo para Marina, observaba la inocente alegría del pequeño y se preguntaba cómo sería su infancia sin madre. Los días siguientes, Marina espiaba los movimientos del padre y el hijo al tiempo que enriquecía la historia que su mente tejía y su alma ya creía cierta. Veía a una joven cuyas facciones, delicadas como las del pequeño, se iban marchitando hasta no quedar de ella sino la triste sonrisa con la que se despidió de los que más quería.

Llevaba ya diez días en la casa del abuelo cuando una fuerte tormenta estival le impidió bajar por el camino de grava hasta su cala. Todas las nubes del cielo se habían dado cita en la población pesquera para descargar su ira en forma de un fuerte chaparrón acompañado de rugientes truenos y violentos relámpagos. El viento del este arrancó las ramas más jóvenes de los eucaliptos y se llevó por delante los geranios de color salmón que colgaban de las jardineras del porche. Ante tal furia celeste, Marina no salió en todo el día de casa. Anduvo revolviendo por los armarios y escondrijos de la casa en busca de secretos ocultos. Debajo de la escalera que daba acceso al desván, en un armario que no era sino un simple agujero en la pared con una cortinilla,  desempolvó los aparejos de pesca del abuelo y evocó las excursiones a la montaña, donde acampaban junto a un riachuelo que les alimentaba con sus truchas. En el fondo de un arcón, dormitaba el traje de Peter Pan que confeccionó su madre cuando, a los ocho años, Marina asistió a una fiesta de disfraces. Luego entró en una habitación que, según su recuerdo, siempre había permanecido cerrada y se halló ante las pertenencias de su abuela.  El armario despedía un olor a naftalina que apenas conseguía ahogar un leve perfume a violetas. Marina apenas conservaba un confuso recuerdo en la memoria de su abuela: una mujer menuda que, detrás de su aparente fragilidad, escondía un férreo temperamento que a ella, de niña, le asustaba. 

No fue la ropa pasada de moda lo que atrajo su atención, ni las viejas fotografías que, en imágenes desvaídas, hablaban de otros tiempos desde sus marcos forrados de terciopelo. Fue un grueso cuaderno desvencijado que reposaba sobre la mesita de noche: un cuaderno de espiral con los bordes de la cubierta descoloridos por la humedad. Se adentró entre sus páginas y se dejó llevar por las palabras escritas con una caligrafía inglesa de antiguo colegio de monjas. Rimas de Becquer, citas de personajes conocidos y de otros desconocidos, anécdotas sobre sus hijos, recetas de cocina... La abuela había dejado constancia de las pequeñas cosas que llenaban su vida sencilla. Entusiasmada con su descubrimiento, pasó la tarde saboreando cada frase mientras pasaba con cuidado las hojas para que no se deshojase el cuaderno. Entre sus páginas, encontró la receta del bizcocho con moras y frambuesa que solía hacer su madre cuando Marina era una niña. La copió en un papelucho que encontró entre sus libros y, cuando el sol se abrió paso entre las nubes, salió en la bicicleta hacia el pueblo para comprar los ingredientes.

Estaba entreteniendo el tiempo de conversación con el dueño de la tienda, en tanto éste buscaba entre los anaqueles los artículos que le había pedido, cuando por una ventana vio al padre y al hijo recorriendo de arriba abajo la acera. El joven iba hablando por el móvil mientras gesticulaba de manera iracunda. Aunque Marina no pudiera oírlo, se veía en su semblante el disgusto que le causaba la conversación. Azuzada por la curiosidad, Marina salió de la tienda. Sólo tuvo tiempo de oír un “¡ven pronto!” antes de que el padre cruzase la calle y subiese en un todoterreno con su hijo.

De pronto, lo comprendió todo. Sacó una libreta que siempre llevaba en el bolso y empezó a tomar notas de forma frenética. Su cabeza hilaba una historia que no sólo era para ella más y más verosímil, sino que era el reflejo de la verdad. El joven no era un viudo afligido por la pérdida, sino que estaba sufriendo el abandono de su esposa. A punto de sobrepasar los treinta años, había conocido a una mujer mucho más joven que él, casi una niña. Un espíritu libre que, por amor, se había dejado atrapar para acabar viviendo en la jaula de la rutina matrimonial. Tal vez se tratase de una bailarina cuyos pies emprendían el vuelo cuando alguna melodía acariciaba sus oídos. Los primeros años, el amor hacia su esposo impidieron que viese los barrotes de la jaula en la que estaba encerrada. Él, siempre que su trabajo se lo permitía, la llevaba a recorrer el mundo: París, Roma, Londres, Viena... Ninguna capital quedó sin explorar por ellos. La llegada del niño iba a ser la culminación de su amor, pero la alegría se vio pronto eclipsada por una inmensa melancolía que invadió a la joven madre. Le abrumaba pensar que la vida de aquel ser tan pequeño dependiese de ella. Muchas noches se despertaba sobresaltada y, con el corazón palpitante, se apresuraba a acercarse a la cuna para comprobar que el bebé aún respiraba. Y, cuando no pudo más con la presión, dijo que necesitaba tiempo y los dejó. Él, no pudiendo soportar la soledad de la casa que compartió con ella, alquiló una junto al mar y, desde entonces, esperaba su regreso.

Durante días, Marina fue añadiendo nuevos detalles a su historia: cartas de amor que él escribía y no enviaba, la tristeza de la joven madre, el llanto del niño al anochecer... La mirada ausente que a veces creía ver en los ojos del padre, sus ademanes impacientes cuando hablaba por el móvil, el mimo con el que regalaba al niño, todo ello la reafirmaba en su historia, de manera que, si no era cierta, tampoco estaba muy lejos de la realidad. Mientras pedaleaba hacia la cala o cuando se dirigía al pueblo, imaginaba una escena tras otra, a cual más romántica, en las que el rostro de la joven desconocida tomaba los rasgos que su abuela mostraba en las viejas fotografías que se guardaban en la casa.

Hasta que todas sus fantasías se hicieron añicos como un cristal al caer al suelo.

Hacía varios días que no se veían al padre y al hijo por la playa. Marina salía en su busca todas las tardes recorriendo las calles del pueblo en su bicicleta sin hallar ningún rastro de la pareja. Un sentimiento de tristeza empezó a hacer acto de presencia y a cosquillearla. Durante semanas, había vivido mil historias con aquellos desconocidos que, pese a no haber cruzado una palabra con ellos, consideraba formaban parte de ella. Imaginó que la joven madre, al fin, había vuelto y con aquel desenlace, consoló su pena. 

Una mañana le preguntó al dueño de la tienda: 

—¿Sabe usted qué ha sido de un joven que veraneaba en el pueblo con su hijo pequeño?

Al tendero le costó al principio comprender a quién se refería, pero, cuando lo hizo, soltó una carcajada.

—No era su hijo —dijo sin dejar de reír—, sino su sobrino. Él es Juan, un pariente de mi esposa. Hasta ahora, no ha habido mujer que haya podido pescarlo, aunque no deja pasar una sin antes romperle el corazón. Tiene una hermana casada, que es la madre del niño. Todos los años el matrimonio hace un viaje y deja al niño con los abuelos maternos, pero este verano los padres de ella también estaban fuera y ha sido Juan el que se ha hecho cargo del pequeño. Y no vea lo que ha protestado porque no podía moverse. Alguna noche lo dejaba con mi mujer y conmigo para irse de juerga. Hace unos días volvieron los padres del niño y el pájaro voló.

Marina no quiso oír más. Dijo que tenía prisa y se marchó con la decepción asomada a su semblante. ¡Con lo románticas que eran sus historias! Durante días, anduvo enfurruñada sin querer fijar su mirada en los veraneantes que se cruzaban con ella. Hasta que una tarde se tropezó con una pareja de ancianos que paseaban de la mano por el malecón. La dulce mirada de ella, que adaptaba su paso al lento ritmo de él, aguijoneó su imaginación. Seguro que se conocieron unos días antes de que él partiera a la guerra. Ella hacía poco que había dejado el colegio y pasaba unos días en casa de unos tíos. Él era un amigo de su primo: alto, apuesto, con su uniforme de alférez, enseguida la enamoró... Y siguió enhebrando historias al ritmo del pedaleo.