viernes, 14 de agosto de 2015

Luz de noviembre III







Viene del Capítulo II


III. Salvador
Abandoné la población de*** con el corazón hecho añicos. Atrás quedaron mis esperanzas de compartir los días y las noches con Camila. Pero también dejé roto en mil pedazos el espejo en el que me había estado contemplando casi desde la niñez. El traqueteo del tren era como una voz que me dictaba al oído palabras insidiosas para robarme la esperanza. Cada vez que nos deteníamos en alguna estación, tenía que recordarme a mí mismo la promesa que le había hecho a mi amada para no saltar al andén y coger un tren de regreso. Mas, antes de que el deseo se impusiese a la voluntad, venía a mi memoria el dulce rostro de Camila suplicándome que confiase en ella y esperase su llamada.

Vagué en los meses siguientes sin darme cuenta de lo que sucedía a mi alrededor, aguardando una carta que nunca llegaba. En “El Búho Avizor” me esperaba la silla, la mesa y el fabuloso artículo sobre Don Agapito de la Vera que no me atreví a escribir por no ser desleal a Camila. A las pocas semanas de mi regreso, mi gris existencia se confundía con la gris monotonía de lo que allí nos ocupaba a unos y otros. Ahogaba mi tristeza en aguardiente cuando acudía con los pocos amigos que tenía al café donde en otro tiempo floreciera la excelsa tertulia de los mejores hombres que había dado la ciudad y donde en vano había intentado hacerla revivir cuando mi espíritu aún rebosaba de ilusiones.  En el escritorio de mi casa se secaba la tinta con los versos que no llegaba a escribír.

Llegó noviembre y Camila no había dado razón de su existencia. Apenas sin una brizna de paciencia, a punto estuve de romper mi promesa y enviarle unas letras para recordarle lo vivido justo un año atrás. Mas, en el último momento, me arrepentí y en vez de sorprenderla con mi inesperada visita, le compré un libro de versos, que le envié en un paquete sin remitente.

El año murió sin noticia alguna y el invierno dio paso a la primavera. Un verano excesivamente cálido agostó las cosechas y de nuevo el otoño tiñó de carmesí las hojas de los árboles. Y al llegar noviembre sin traer otra cosa que su silencio, le envié otro libro de versos. Veía pasar las hojas del calendario con el corazón dividido: una voz me decía “ve en su búsqueda si no quieres perderla”;  mientras otra me susurraba “confía y espera”. Y, según pasaban los meses, la tristeza se tornaba en melancolía y ésta en añoranza, esperando y esperando una carta que no llegaba, atado a un juramento que me desgarraba por dentro. Sólo al llegar otro noviembre le enviaba un libro de versos, confiado en que ella recorrería con sus ojos las palabras que en él se guardaban, esperando que los versos le hiciesen recodar su promesa y me llamase a su lado.

Cubría la nieve mis cabellos cuando por fin llegó una carta. Pese a no haber recibido nunca una misiva de Camila, nada más ver la letra picuda y elegante del sobre, supe que era de ella. Me demoré unos instantes antes de decidirme a abrirlo, como si temiese el poder de sus palabras para matar la esperanza. Al fin me decidí a rasgarlo esperando encontrar su llamada. Mas la carta no era una llamada sino una queja expresada en mil palabras. En apenas dos pliegos me hablaba del cansancio que le causaban los constantes cuidados que requería la grave enfermedad de su padre. En una línea tras otra desgranaba con ácidas palabras cada una de las tareas que había de atender pues Don Agapito no quería que nadie más que ella se ocupase de él. En el momento en que escribió la carta que tenía en mis manos, el médico le había asegurado que le quedaban días, semanas tal vez, para abandonar este valle de lágrimas y ella no se sentía con fuerzas para enfrentarse sola a la muerte de su padre. Esa era toda la carta: la carta más esperada. Ni una palabra de afecto, ni una alusión al pasado. Sólo la orden prerentoria de que acudiese a ayudarla a sobrellevar el tránsito de esta vida a la otra de su padre. Y, aún así, sus palabras supiéronme a ambrosía y al día siguiente, tomé el tren que me llevó a su lado.

Me apeé en una vieja estación de una ciudad lejana y no tuve que hacer ningún esfuerzo para reconocer en la mujer que esperaba junto al andén a Camila. El tiempo había sido más generoso con ella que conmigo y sólo unas hebras plateadas en su pelo delataban el transcurso de los años. Y sin embargo, no era la misma que dejé. Un rictus de amargura sobrevolaba sus labios y en sus ojos se asomaba una mirada de hielo. Pensé que aquellas señales no eran sino consecuencia del cansancio por las muchas noches velando a su padre y me dejé llevar por la alegría del reencuentro. Tomé sus manos en las mías y quise besar sus labios, mas ella volvió la cara y mi boca apenas rozó su cabello.

En el camino a la casa en la que vivía con su padre quise recordarle los dulces momentos que habían deleitado nuestro primer encuentro, pero ella no parecía oírme y volvía una y otra vez sobre la dureza del cuidado de un anciano que había olvidado el significado de la palabra amabilidad. Aún así no permití que me invadiese el desaliento y me dispuse a esperar que el momento me fuera propicio.

Encontré un Don Agapito consumido por los años al que el velo de la edad le había nublado el entendimiento. Yacía en una pequeña alcoba en la que apenas entraba la luz. Como un anticipo de la muerte, las pesadas cortinas de terciopelo estaban cerradas y sólo una vela junto al lecho permitía distinguir vagamente su rostro. Allí pasaba las horas Camila, sentada en una silla a los pies de la cama devanando madejas de lana y, sin atreverse a confesárselo, esperando la llegada de la Parca. Y allí también permanecí yo sin atreverme a moverme siquiera durante tres largos días y tres largas noches hasta que se produjo el triste desenlace.

En esos días, el alma del antiguo genio de las letras vagó por lejanos lugares sin dar muestras de conocer ni siquiera a su hija. Ésta, cual si no creyese en la posibilidad de una recuperación del sentido de su padre, vertía sobre mí toda la hiel que albergaba su corazón. Estaba llena de resentimiento contra su padre, al que acusaba de haberle truncado la vida. Sus palabras volvían una y otra vez a su primera juventud, cuando hubo de romper su compromiso matrimonial con un hombre que no era yo. Oyéndola, añoraba la dulzura de otro tiempo, la ternura con la que nos regalaba a Don Agapito y a mí.

Las comidas eran aún más tristes. En la mesa acostumbraba a permanecer en silencio y sólo de vez en cuando dirigía alguna reprimenda a la criada por no estar el guiso a su gusto. Yo la contemplaba sin atreverme a pronunciar una palabra intentando vislumbrar en la mujer resentida a la Camila que en otro tiempo amé.

Cuando murió el que antaño fuese un genio admirado de todos, no le acompañó a su última morada más que su hija y yo. El sacerdote leyó un frío responso a los pies de su sepultura y nos dejó solos para que le dijésemos el postrero adiós. De regreso a casa, nos sentamos en la sala mientras un denso silencio gritaba a nuestro lado. Quise preguntarle cuándo lo tendría todo dispuesto para partir conmigo. Mas no me dejó terminar. Para mi asombro, me reprochó el abandono al que la había condenado durante aquellos años en los que había consumido su juventud esperando. Intenté recordarle la promesa que nos hicimos años antes al despedirnos, hablarle de los libros de poemas que cada noviembre le enviaba y que nunca llegó a recibir. Mas ella no atendía a razones y toda la amargura que antes mostrase hacia su padre, era aquella tarde resentimiento contra mí. Sólo cuando recuperó la calma pudo contarme lo que escondía su corazón.

Después de nuestra despedida siete años antes, dejaron la casa donde parecía que habían encontrado su hogar definitivo. Su padre temía que una palabra mía indiscreta se deslizara en alguna conversación que llegase a oídos de periodistas y curiosos ansiosos por hacerse con su historia, como era mi intención cuando los visité por primera vez. Así que la arrastró de nuevo a través de una huida sin sentido. Recorrieron pueblos, ciudades y villas sin que Camila supiese si era de día o de noche, sumida como estaba en la melancolía. Desde la ventana del tren, veía pasar campos arrasados por una pertinaz sequía que parecían ser reflejo de su corazón asolado. Cuando al fin se establecieron en la ciudad, ya había enfermado de tristeza y nada de lo que la rodeaba conseguía despertar su curiosidad.  Don Agapito se asustó al verla y, temeroso al imaginar una nueva pérdida, claudicó en su obstinación. La animó a escribirme y dio su consentimiento a nuestro matrimonio, sin poner más condición que no lo abandonase y le permitiese seguir viviendo con ella. Mas, por razones que escapan a nuestro entendimiento, la carta tanto tiempo esperada por mí nunca llegó a mis manos. Tal vez se perdiera por los caminos de hierro que unían su ciudad y la mía; tal vez el destino se disfrazó de ráfaga de viento y confundió la senda que había de tomar la misiva. Nunca sabremos lo sucedido. Lo cierto es que Camila, mi amada Camila, no se apartó durante meses del balcón de su casa acechando mi llegada. A medida que pasaban las semanas sin que diese señales de vida, la esperanza se le iba muriendo. Perdido el miedo a malograr la salud de su hija, Don Agapito la azuzaba con insidiosas palabras hasta hacer anidar en su corazón la sospecha de que había sido engañada por mí. El desencanto la tornó rencorosa y su corazón se colmó más y más de amargura hasta que desaparecieron sus ilusiones y esperanzas. Se juró a sí misma borrarme de su recuerdo y lo cumplió: no volvió a pensar en mí hasta que, al enfermar su padre, se sintió sin fuerzas para ayudarle ella sola a emprender el último tramo del camino y su hermano se negó a hacer un viaje tan largo.

Cuando terminó de hablar, un inmenso dolor me atravesó el alma impidiéndome decirle nada. La imaginé sentada en el balcón aguardando mientras pasaban los días, las semanas, los meses... Con el llanto atravesado en la garganta, le conté mis años de espera y evoqué los libros de versos que cada noviembre le enviaba. Se deshizo en lágrimas por el tiempo malogrado, que intenté enjugar renovando mis antiguas promesas. Mas Camila no quiso escucharme y, levantándose, salió de la sala dejándome solo con mis ilusiones rotas.

Al día siguiente dejé para siempre aquella casa. Partí poco antes de que el sol asomase su cabeza por el horizonte sin esperar a que Camila se despertase. El día anterior nos lo habíamos dicho todo y una despedida sólo hubiese servido para poner ante nosotros el abismo que nos separaba. Aunque me produjera un dolor reconocerlo, una noche en vela me había mostrado que la mujer que un día amé ya no existía, que el uno para el otro no era sino un extraño. Aún así, al abandonar aquel lugar, llevaba sobre mis espaldas el peso de la tristeza y la decepción.

Los años han cubierto ya toda mi cabeza de nieve y mi paso se ha vuelto vacilante. Cual un infante, necesito ayuda para vestirme y sostener la pluma con la que trazo estas líneas. También mi memoria se ha vuelto frágil y de un día para otro olvido cosas que, por otra parte, ya no tienen importancia para mí. Mas cada noviembre acuden a mi memoria las palabras de Camila: "espera y confía" y no olvido de enviarle un libro de poemas recordando la promesa que un día nos hicimos.