domingo, 30 de agosto de 2015

Mi nombre es Patricia





Todavía me cuesta comprender lo ocurrido hace ya cinco veranos en la casa que tanía mi familia en la sierra. Mis padres creen que todo fue fruto de la conmoción que sufrí después del golpe. ¿Cómo van ellos a sospechar que lo sucedido no tiene nada que ver con lo que los médicos y psicólogos entienden por un trauma?, ¿cómo van ellos a sospechar el espanto que aún me causa recordar aquellos meses?

Todo comenzó la tarde en la que mi hermana descubrió que le había cogido los zapatos de tacón de aguja para asistir a la fiesta que daba un amigo mío en el club. Con la resaca había olvidado guardarlos en su armario y andaban desperdigados por mi dormitorio entre la ropa que me había puesto la noche anterior. Cuando fue a buscarme para que la cortase las puntas de la melena después de lavarse el cabello, con lo primero que tropezó fue con el zapato del pie izquierdo. Y, claro, ya puede usted imaginar cómo se puso: hecha un basilisco. Sus voces debieron de oírse desde la casa de enfrente, y eso que había por medio un jardín y una carretera. Yo me escabullí como pude, corriendo hacia la terraza, mientras ella me perseguía con las tijeras en una mano y el zapato en la otra. La cristalera de la terraza estaba cerrada, pero yo no vi la puerta transparente, así que choqué con ella y, tan fuerte debió de ser el impacto, que caí desvanecida.

Y, entonces, sucedió. Me vi envuelta en una luz de un color que me cuesta definir. No era azulada ni blanquecina, ni anaranjada ni verdosa, pero tenía el brillo de esos cuatro colores. Cómo tonalidades tan dispares podían fundirse en una sola sin perder sus cualidades es algo que no me puedo explicar. Y, sin embargo, le aseguro que yo vi esa luz. No. No la vi: la sentí. A la luz le siguió un viento helado que me arrastró no sé si hasta elevarme a las más altas cimas o me hundió en las más oscuras profundidades. Lo siguiente que recuerdo fue un lento despertar y un fuerte dolor en la sien.

—Ya vuelve en sí —decía la voz de una joven para mí desconocida —Candela, Candela. ¿Cómo te encuentras?

Con mucho esfuerzo, abrí los ojos. Con la visión algo desenfocada, vi dos caras extrañas que se inclinaban hacia mí: la de una mujer entrada en años y la de una joven un poco mayor que yo, que tenía entonces veinte años.

—Candela, hermanita, perdóname —decía la joven entre lloros, una y otra vez.

—¿Dónde estoy? —pregunté con un hilo de voz que no reconocí como mía.

Las dos mujeres se miraron con cara de preocupación. La de mayor edad se inclinó aún más hacia mí para colocarme los almohadones sobre los que descansaba mi cabeza y, después de posar un leve beso en mi frente, me dijo que me había caido por las escaleras cuando escapaba de una pelea con mi hermana.

Yo no entendía nada. No me había caído por ninguna escalera, sino que me había precipitado contra la cristalera de la terraza de mi casa. Además, ¿qué significaban los besos y caricias con los que me atosigaban, si era la primera vez que veía a aquellas mujeres?, ¿por qué la joven se dirigía a mí como si fuese su hermana?, ¿y por qué se empeñaba en llamarme Candela si mi nombre era, es, Patricia? Me retraje hacia atrás como para huir de las dos mujeres que, obsequiosamente, me colocaban los almohadones y cojines.

—¿Quiénes sois? ¿qué sitio es éste? —pregunté con la extraña voz que salía de mis labios.

—Somos nosotras: mamá y Cristina, cariño —dijo la mujer —. Has sufrido un golpe muy fuerte y todavía estás un poco aturdida. No te preocupes, hija mía. Descansa, Candela.

—Pero, ¿qué está diciendo?, yo no soy su hija ni me llamo Candela —exclamé más y más asustada, sin poder reprimir las lágrimas —. Mi nombre es Patricia y a ustedes es la primera vez que las veo.

Con la angustia pintada en sus semblantes, las dos mujeres se alejaron del sofá en el que estaba tendida y se pusieron a hablar entre ellas, en susurros como si no quisieran que yo las oyera. De vez en cuando, me lanzaban miradas de soslayo como para cerciorarse de que seguía allí. Intenté incorporarme, pero, al levantar la cabeza, todo empezó a dar vueltas a mi alrededor. Cuando vieron que quería levantarme, se precipitaron hacia mí y volvieron a recostarme sobre el sofá. Después bajaron las persianas de las ventanas a media altura y me dejaron sola en aquel extraño salón para que descansara.

Permanecí unos minutos medio adormilada. Después, atesorando todas mis fuerzas, me levanté y me acerqué al espejo que colgaba en la chimenea. No puede figurarse el espanto que sentí cuando vi reflejada en el cristal la imagen de una joven que no era yo. Una joven rubia, de rasgos angulosos, muy distinta a la chica morena y algo gruesa que siempre había sido. Debía de estar viviendo una pesadilla, aquello no podía ser real aunque las sensaciones fuesen tan vívidas. Paseé la mirada por el salón y todo lo que encontraba me era ajeno. Nunca antes de ese día había visto aquellos muebles: el sofá de terciopelo marrón de estilo chéster, la mesa de cristal, la lámpara del techo que lloraba lágrimas como diamantes... Un salón señorial que nada tenía que ver con el de mi casa de la sierra, decorado con muebles de Ikea. En un aparador, vi una colección de fotografías expuestas en marcos de plata. En todas ellas se veía a la joven del espejo: sonriente, montando a caballo, esquiando, acompañada de la que decía ser mi hermana, de la mujer, de un hombre que tenía sus mismas facciones y que debía de ser su padre...

Más y más asustada, me volví bruscamente y, con mi movimiento, volqué un jarrón que estaba en precario equilibrio sobre un velador. Afortunadamente, lo pude alcanzar antes de que llegase al suelo y se hiciese pedazos, pero debí hacer mucho ruido porque casi al instante se abrió la puerta y entraron, asustadas, las dos mujeres que me habían atendido unos momentos antes. Para entonces, yo ya estaba histérica y no hacía sino gritar que quería irme a mi casa. Intenté salir del salón y alcanzar la puerta del vestíbulo, pero ellas me lo impidieron. Con palabras cargadas de afecto, trataban sin lograrlo de apaciguarme. La más joven de las dos no cesaba de llorar, mientras que la de más edad me rogaba que me calmase.

Viendo que no podía hacer nada, al fin, recobré algo de serenidad y pude atender a las palabras que me decían. Poco a poco, llena de estupor, pude averiguar que me encontraba en una ciudad al otro lado del país, a cientos de kilómetros de la mía. Según decía la mujer, yo era Candela, su hija pequeña, y la joven que no me soltaba la mano, mi hermana Cristina. Mi padre era un hombre de negocios que, en aquel momento, estaba de viaje por el país por razones de trabajo, pero al que ya habían dado aviso para que regresara lo antes posible. Al parecer, las dos hermanas habían discutido a cuenta de un CD, que la más pequeña le había quitado a la mayor. Candela, pues no era yo, pese a lo que ellas decían, había salido huyendo de la habitación y, al bajar las escaleras, había tropezado y se había caído, perdiendo la consciencia como consecuencia del golpe. Y, al volver en sí, no era sino yo la que había abierto los ojos.

Las extrañas coincidencias con lo que me había ocurrido me llenaron de inquietud. ¿Cómo había ido a parar a aquella casa?, ¿qué había ocurrido para convertirme en otra persona? Una ola de terror agarrotó mis huesos. Debía de estar soñando: no era posible otra explicación. Me removí en el asiento y respiré hondo para despertar de aquella pesadilla en la que me encontraba inmersa. Pero aquella absurda realidad persistía.

Poco podía hacer yo sino conformarme con la situación hasta que encontrase la manera de ponerme en contacto con mi familia. A media tarde, me llevaron a una clínica donde me hicieron una prueba tras otra para dictaminar, al fin, que no tenía ningún daño cerebral que justificase mi estado. El médico que me vio estaba convencido de que sólo se trataba de algo pasajero fruto de la conmoción que, con un poco de descanso, acabaría remitiendo. Pero, ¿cómo iba a remitir si yo no era quien ellos decían?

Cuando regresó el padre, que resultó ser, como sospechaba, el hombre que aparecía en las fotografías, me di cuenta enseguida de que se trataba de un hombre comprensivo. Se percató al instante de lo mal que lo estaba pasando; de que las caricias de mis supuestas madre y hermana no lograban sino exasperarme. Así que les pidió que nos dejasen a solas y se dispuso a escuchar lo que yo tenía que decir. Elegí con sumo cuidado las palabras. Por primera vez me di cuenta de lo absurda que tenía que parecer mi historia. Yo tenía la apariencia de Candela y no podía explicar cómo había ido a parar allí. Para ellos, yo era su hija. Me habían visto caer y perder el conocimiento. Fue, al recobrar la consciencia, cuando había empezado a decir que era otra. A mí misma me sonaba increíble aquella historia. Aun así, me arriesgué y se la conté todo, sin omitir ningún detalle.

Le hablé de mi hermana Teresa, dos años mayor que yo, de mi padre, hombre de negocios como él, y de mi madre; de mis estudios de enfermería, de Julia, mi amiga del alma, de la vieja gata sin nombre que nos había adoptado como su familia. Y a medida que iba hablando, me iba dando cuenta de la imposibilidad de ser creída. Un sentimiento en el que se entremezclaban la tristeza, la nostalgia y el temor se fue apoderando de mi alma. ¿Y si nunca recuperaba mi vida?

Los días siguientes, mientras mi nueva familia, que así la voy a llamar a partir de ahora, me llevaba de un especialista a otro, yo buscaba la manera de ponerme en contacto con mis padres y mi hermana. No era ésta una tarea fácil, pues no se atrevían a dejarme sola por miedo a que mi estado, como ellos decían, se agravase y me incitase a cometer una locura. Tras mucho cavilar, llegué a la conclusión de que lo mejor para mí era fingir ser quien ellos decían que era si no quería que acabaran conmigo las múltiples pastillas que me recetaban los psiquiatras que me vieron. Pero tampoco esto fue sencillo pues lo desconocía todo sobre Candela, la joven que supuestamente era yo. A menudo me encerraba en su habitación, ¿o debo decir la mía?, y rebuscaba entre sus cosas algún indicio que me dijese cómo era, qué le gustaba y, por tanto, cómo debía yo comportarme para ser cual ella era. Tuve suerte de que estuviéramos en periodo estival; así no tenía que enfrentarme a los compañeros de una universidad que no era la mía ni relacionarme con desconocidos como si fuesen amigos de siempre. Bastante trabajo tenía con fingir ante la familia que era su hija Candela.

El día que encontré el móvil de Candela fue una fiesta para mí. Lo encendí y la decepción al percatarme de que no tenía el PIN de acceso no fue menor que la alegría al hallar el aparato. Intenté varias combinaciones de números al azar sin éxito alguno, como cabía esperar. Probé con el año de mi nacimiento, que era también el de Candela; probé con el número de la calle y probé una y otra vez con el número de teléfono de la casa en la que me encontraba; pero todo fue en vano. Finalmente cuando estaba a punto de bloquearse el teléfono, sin ninguna esperanza ya, encontré debajo de la mesa, prendido con una chincheta, un papel en el que la joven había apuntado un código. Lo marqué en el teclado del móvil y una pantalla con mariposas de colores se abrió ante mí. Con la emoción, casi dejé caer el pequeño aparato al suelo. Marqué el número de mi casa y, al oír la voz de mi madre, creí derretirme en llanto.

—Soy Patricia, mamá —dije con una voz tan distinta a la mía —. Mamá, mamá, soy yo, Patricia.

—¿Quién?, ¿por quién pregunta?

— Mamá, soy yo, Patricia. Venid a buscarme, por favor.

Mi desesperación por hacerme entender iba creciendo a la misma velocidad que el enfado de mi madre.

—¿Qué broma es ésta? Mi hija Patricia está aquí conmigo.

Y, sin dejarme decir una palabra más, me colgó el teléfono.

Mis siguientes intentos fueron igual de infructuosos. Unas veces conseguí hablar con mi padre, otras, con mi hermana, otras con mi madre de nuevo, para no lograr de ellos sino gritos y amenazas. Finalmente, viendo el dolor que les causaba, dejé de llamar y comprendí que me había quedado sola.

Hasta que, una tarde, fui yo la que recibí una llamada.

—Candela, soy Patricia.

Me sobresalté al oír mi propia voz al otro lado del teléfono. Asustada como estaba, fui incapaz de pronunciar una palabra.

—Candela, no digas nada y escúchame, por favor. Te voy a contar una historia que, por increíble que te parezca, es cierta. Así que déjame terminarla, te lo ruego. Eres mi última esperanza.

Y me contó, con la misma angustia que me invadía a mí, que ella no era Patricia, sino Candela. Hacía un mes, como me había dicho una y otra vez mi nueva hermana, había tenido una fuerte discusión con Cristina y, tras salir corriendo, se cayó por las escaleras de su casa. Me habló de una luz que no era azulada ni blanquecina, ni anaranjada ni verdosa, pero que tenía el brillo de esos cuatro colores; de un viento helado que la arrastró hasta parecer elevarla a las más altas cimas y hundirla en las más oscuras profundidades; de cómo despertó aturdida en una casa que no era la suya, entre gente extraña y con un cuerpo en el que no se reconocía.

Con el corazón cabalgando desbocado en mi pecho, intenté interrumpirla en varias ocasiones para decirle que yo había sufrido la misma experiencia que ella, pero al final la dejé hablar. Hasta que no hubo terminado, no le pude contar mi historia y pudimos llorar juntas. Por alguna extraña razón, nuestras almas habían salido de nuestros cuerpos tras el golpe en la cabeza y, después, al emprender el camino de regreso, se habían intercambiado: esa es la explicación que nos dimos y, por primera desde que todo empezase, me sentí comprendida. Ya no estaba sola. Ninguna de las dos sabía lo que teníamos que hacer para recuperar nuestras vidas, pero a partir de aquel momento, nos abandonó la desesperanza. Ni ella ni tampoco yo nos separábamos un instante del teléfono móvil. Nos llamábamos constantemente, cada vez que no sabíamos cómo actuar ante las situaciones que se nos iban presentando: la llegada de un amigo, de un familiar, cuando teníamos que acudir a algún sitio sin conocer el camino y, sobre todo, cuando necesitábamos que nos consolaran el desaliento. Una simple llamada y allí estaba la solución, el consuelo.  

Gracias a la ayuda que nos prestábamos, las relaciones con nuestras nuevas familias mejoraron hasta casi normalizarse. Conseguimos engañarlas y convencerlas de que todo volvía a ser como antes de la fatídica caída. Así logramos también detener el carrusel de psiquiatras y psicólogos en el que ambas estábamos inmersas.

Mientras tanto, Candela, ¿o debería decir Patricia?, y yo nos enfrascamos en una búsqueda por Internet de algún indicio que nos pudiese indicar la puerta de salida. Lo leímos todo sobre parapsicología, viajes astrales, espiritismo, pero nada de lo que encontrábamos encajaba exactamente en lo que nos había sucedido a nosotras. ¿Sería el nuestro un caso único?

Cuando llegó el otoño, me uní a los alumnos de Arte Dramático en la escuela en la que había estudiado Candela, mientras ella seguía con mis estudios de enfermería. Aquello fue lo más duro que hicimos pues a ninguna le gustaba el camino emprendido por la otra y nos costaba seguir unos estudios tan ajenos a nuestros respectivos intereses. Pero anduvimos la senda marcada, pues en ningún momento perdimos la esperanza de volver a ser las que un día fuimos.

No fui yo sino Patricia la que encontró al Doctor Cebrián, experto en sucesos paranormales. Había escrito un montón de libros sobre los temas más diversos y contaba con el doctorado honoris causa de varias prestigiosas universidades de los cinco continentes. Entre las reseñas de sus muchas publicaciones que leyó Patricia, encontró la referencia a un opúsculo en el que se contaba un caso como el nuestro. Según el Doctor Cebrián, había conseguido que dos almas extraviadas regresasen a sus respectivos cuerpos y recobrasen sus vidas anteriores. Con la información que me dio Candela y la que yo misma encontré, lo llamé por teléfono: no en vano era la que residía en la misma ciudad que el experto en parapsicología. Y después de hablar con él, concerté una cita en su consulta.

Entre las dos, inventamos una historia más o menos creíble para que Patricia pudiese ausentarse una semana sin despertar las sospechas de la familia: la invitación a pasar unos días con una amiga a la que no veía desde mucho tiempo atrás. Una historia que no era del todo falsa, pero que escondía la verdad. Contábamos con la ventaja de que yo, desde muy joven, había sido muy independiente y estaba acostumbrada a ir con compañeras del colegio de acampada, por lo que a mis padres no les iba a extrañar que estuviese unos cuantos días fuera de casa. Por mi parte, le dije a mi nueva familia que había invitado a pasar unos días conmigo a una aspirante a actriz como yo para preparar juntas el papel de una obra de teatro de cierta complicación. No sé lo que hubieran pensado mis nuevos padres de haber conocido cuál era la obra que íbamos a representar.

La fui a recoger a la estación de autobuses en el coche que había sido de Candela y que se había convertido en mío. Cuando nos vimos, nos fundimos en un abrazo en el que se escondía la emoción por el encuentro y los recuerdos que despertaba hallarnos ante nuestro antiguo yo, la extrañeza de vernos en otra. La dejé conducir su coche mientras nos dirigíamos a la consulta del parapsicológo. En nuestro plan, cada minuto estaba medido y aquel mismo día teníamos nuestra primera cita. No me voy a extender en enumerar las mil y una pruebas a las que nos sometió para descartar un fraude, ni cómo se desbordó la emoción de Patricia, de Candela, cuando llegamos a la que fuera su casa o cuando le presenté a sus propios padres. Dejo esos momentos escondidos tras una cortina para que nadie mancille la intimidad de la que ya era mi mejor amiga: mi única amiga, a decir verdad.

Al día siguiente, muy de mañana, nos encaminamos a la consulta del Doctor Cebrián. Nuestro estado de ánimo oscilaba entre la esperanza y el miedo al fracaso. Antes de franquear la puerta del edificio, nos dimos un abrazo con el que queríamos infundirnos un valor que estábamos muy lejos de sentir y, tras una espera de veinte minutos, una enfermera nos abrió paso a través de un largo pasillo hacia el despacho del experto en parapsicología. Rondaba el Doctor Cebrián los sesenta años y no le faltaba más que un sombrero de copa para tener la apariencia de un caballero inglés de una novela victoriana. Sus modales suaves y afables mitigaron algo la impresión que nos causó su imponente despacho, cuyas paredes estaban tapizadas con cientos de diplomas y con fotografías en las que se le veía junto a personajes del mundo académico y de la farándula, también.

El Doctor Cebrián nos invitó a sentarnos en torno a una mesa redonda cubierta con un tapiz de terciopelo verde. Ignoro si nos quería sorprender con la puesta en escena o formaba parte del procedimiento a seguir, lo cierto es que me sobrecogí cuando cerró las gruesas cortinas de las ventanas y puso una música extraña que aún no sé si era de mi agrado, tal era las inquietud que me causó. Así, medio en penumbra, nos ordenó que nos tomáramos de las manos y cerrásemos los ojos. Nos hizo visualizar un cielo azul rasgado con una nube blanca. Desde aquellas alturas, convertidas las dos en aves de grandes alas desplegadas, nos hizo recorrer valles y montañas, atravesar las blancas arenas del desierto y las aún más blancas tierras cubiertas de hielo del Ártico. Hasta que noté como mi amiga me soltaba la mano al tiempo que mi respiración se hacía más y más pausada. Y, de pronto, la vi: la luz que no era azulada ni blanquecina, ni anaranjada ni verdosa, pero que tenía el brillo de esos cuatro colores. Después un viento helado me arrastró hasta elevarme a las más altas cimas y hundirme en las más oscuras profundidades. Perdí la noción del tiempo y del espacio y perdí también la noción de mí misma. Pudo pasar un segundo o tal vez una hora: no lo podría decir. De pronto, desperté medio aturdida, con el cuerpo tembloroso de frío.

Lo primero que vi fue la sortija con la piedra de rubí que me regaló mi madrina en mi primera comunión. Me quedé extasiada contemplándola. Luego, dirigí la mirada a mis dedos, los dedos gordezuelos que había tenido desde niña; contemplé mis manos, mi muñeca con el reloj que compré en un mercadillo de Navidad el año anterior, mis piernas redondeadas enfundadas en unos vaqueros... Una ola de alborozo me inundó el pecho: ¡Había vuelto a ser yo! Incliné la cabeza hacia un lado y miré a Candela. Aún no había vuelto del viaje que emprendimos unos minutos antes. Se encontraba en medio de un sueño agitado. Con la respiración entrecortada y moviendo los brazos, parecía inmersa en una extraña lucha. Me acerqué a ella y le acaricié la frente.

—¡Candela! —le susurré al oído —. Candela, despierta.

Entonces, entrábrió los párpados. Miró a su alrededor con la angustia asomando a sus ojos. Parecía aturdida, como si no supiese dónde se encontraba.

—Candela, soy yo, Patricia. ¡Lo hemos conseguido!, ¡lo hemos conseguido! —le decía una y otra vez, pero ella no parecía entender mis palabras. Seguía mirándolo todo asustada, atemorizada, diría yo, como si buscase algo o alguien al que aferrarse. Pasó la lengua por sus labios resecos y, después, dijo entre sollozos:

—¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? Y tú, ¿por qué me llamas Candela? Mi nombre es Ángela.