domingo, 16 de agosto de 2015

Misa de Difuntos








Entró en el templo por una puerta lateral y permaneció unos instantes, sin atreverse a moverse, junto a las velas que prendían los fieles bajo la imagen de Santa Rita. Era alta y muy delgada, como también lo había sido su hijo. Llevaba el rostro oculto bajo un sombrero oscuro del que caía un pequeño velo del mismo color. Sus hombros ligeramente inclinados hacia delante revelaban su deseo de pasar desapercibida. No conocía a nadie de los allí presentes ni nadie la conocía a ella y, sin embargo, su mayor temor era que alguien advirtiera su presencia.

Sus ojos recorrieron la iglesia como si buscase un rostro amigo, aunque solo deseaba encontrar un lugar desde donde asistir a la ceremonia sin ser vista, ocultándose de los entrometidos hambrientos de su ración diaria de curiosidad malsana. Su mirada voló por encima de las cabezas de los asistentes. El templo ya estaba lleno pese a faltar aún veinte minutos para que diese comienzo el funeral. Planeando por encima de la gente, sus ojos se posaron en el altar. Abiertos, dos féretros mostraban a los fieles la quietud de la muerte: uno de color caoba y otro blanco, pequeño, casi una miniatura. Dos cajas que parecían interpelarla de manera acusadora. Carmen apartó la mirada y dirigió sus pasos hacia el final de los bancos, donde encontró un sitio vacío que permanecía oculto por la penumbra. Se arrodilló y, tras santiguarse, escondió su rostro entre las manos, como si rezase, a pesar de que su alma llevaba muda desde que ocurriera la tragedia. O tal vez fuese Dios el que se negaba a escuchar sus plegarias. Un señor elegantemente vestido y sentado al final del banco posó sus ojos en ella, como si quisiera buscarla entre las brumas de su memoria, mas, al no encontrarla, desistió en sus pesquisas y desvió la vista hacia el altar.

—Queridos hermanos, nos hemos congregados para honrar la memoria de Marisa y Raquel.

La potente voz del sacerdote la sobresaltó. Carmen se sentó en el banco y dirigió su mirada hacia delante hacia donde intuía que estaban el viudo y el hijo mayor: el adolescente que había sobrevivido a la tragedia, testigo impotente de la muerte de su madre y de su hermana de cinco años. El dolor de Carmen no era menor que el de aquellos dos sufrientes. ¿Cómo no iba a sentir su dolor cual si fuese suyo?, ¿no era ella también una madre que había sido golpeada por la brutal muerte de su hijo? Y en ella se unía la culpa al dolor de la pérdida. Si no lo hubiese animado a dar aquel paseo, tal vez hubiera evitado el océano de sufrimiento que se había llevado por delante tantas vidas: la suya, la de su hijo, la de la mujer que descansaba en su féretro, la de la niña, la del viudo...

Como tantas veces en los últimos días, los pensamientos de Carmen volvieron a Dani; de nuevo la memoria se llenó de mil y una imágenes que no hacían más que asediarla una y otra vez. No pudo evitar acordarse de los momentos en los que su hijo derramaba sobre los demás su bondad. Desde que fue capaz de hablar, demostró una sensibilidad exquisita muy alejada de los trágicos acontecimientos que los habían arrasado a todos una semana antes. A diferencia de otros niños, él estaba pendiente de los sentimientos de los demás y sabía qué pequeños detalles disipaban la tristeza de las personas a las que amaba. Recordaba como, con seis, siete, ocho años, al llegar de la escuela enseguida se daba cuenta cuando Juan, su padre, después de haber bebido, derramaba toda su frustración sobre ella con gritos y golpes que la dejaban más dolorida por la humillación que por los moratones que tatuaban su piel. Su hijo entonces no decía nada, pero la hacía sentar y se ocupaba de ayudarla con la cena, mientras le arrancaba una sonrisa con las historias que le contaba sobre la escuela. Y luego ella, le daba todo lo que le pedía. ¿Cómo no había de colmarle de mimos?, ¿cómo no iba a satisfacer sus deseos? Con su encantadora sonrisa conseguía que le prometiera la luna. ¿Cuántas veces se dejó convencer con besos, abrazos y hasta con cosquillas y lo llevó a ver los delfines del zoo en vez de ir a la escuela? Y es que, con sus ricitos castaños y el hoyuelo en la barbilla, Dani era irresistiblemente encantador. Hasta las vecinas lo decían.

—Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor más que el centinela a la aurora.

Una mujer joven leía el salmo ciento veintinueve mientras intentaba contener la emoción. Probablemente se trataba de una amiga de la madre que descansaba en el féretro. Todos los asistentes a la ceremonia podían ver el esfuerzo que hacía para no quebrarse en llanto. De vez en cuando la joven miraba a la niña que yacía junto a su madre: a Raquel, que no llegaría nunca a deleitarse con las mieles de la juventud ni probaría las alegrías y los sinsabores de la madurez ni descansaría en las cumbres nevadas de la vejez. Carmen suspiró e intentó atender a la joven que estaba leyendo pero los recuerdos la asediaban sin piedad.

En el colegio, Dani fue un niño solitario. No le gustaba formar parte de los juegos en los que tenía que depender de un equipo, prefiriendo mantenerse apartado mientras dibujaba coches y aviones que, durante su adolescencia, se convirtieron en maquetas de madera que causaban la admiración de sus profesores. A lo largo de los años del instituto, tuvo dos o tres amigos, no más: uno detrás de otro. Su concepción de la amistad era tan exclusiva y absorbente que vivía como una traición que el amigo de turno buscase compañía en otros compañeros de clase. A cambio, él tampoco derrochaba su afecto en otros jóvenes que le distrajeran de su amistad. Mas con todos los amigos que tuvo le ocurrió lo mismo: Cuando conocía a uno, se entregaba por entero. Lo ayudaba con las tareas escolares, lo invitaba a pasar unos días en la casa de la playa y estaba siempre dispuesto a prestarle cualquier servicio que precisase. Como contrapartida, exigía una lealtad férrea en la que no cabían otras lealtades. Si creía advertir un indicio de traición, por ínfimo que fuese, abandonaba al amigo y le retiraba la palabra para siempre sin darle ninguna razón de ello. Carmen sabía que aquel comportamiento de su hijo que a todos extrañaba no era sino la consecuencia de su corazón sensible y entregado. Aun así no podía evitar sufrir al ver a Dani, que, con el paso de los años, se iba quedando cada vez más solo.

La joven proseguía su lectura encogida tras el atril, aclarándose la voz que sonaba más y más ronca según se iba acercando al final del salmo. Carmen la escuchaba con el corazón afligido, conteniendo su propio dolor, reprimiendo sus lágrimas, sin comprender muy bien las palabras que salían de los labios de la lectora.

Con el paso de los años, su hijo se convirtió en un joven, alegre y divertido, igual que la madre que ya descansaba en su féretro: un joven que disfrutaba de la música tecno y de los deportes de riesgo.  Al terminar el instituto, no quiso seguir estudiando. Como se le daba bien trabajar con las manos, consiguió entrar en un taller de coches en calidad de mecánico. Pronto se hizo amigo de Rubén, el hijo del dueño, que también se manchaba las manos con la grasa de los automóviles que reparaba. Compartían el gusto por los coches y por las cervezas heladas que tomaban en un bar cercano a la salida del trabajo. Allí sus ojos se perdían entre las alegres muchachas que acudían con el buen tiempo a tomarse un refresco y, tal vez, alguna bebida algo más fuerte. De vez en cuando, cruzaba con alguna una pícara mirada, un guiño, o les lanzaba por los aires un beso. Al principio, sólo lograba ruborizarlas de vergüenza, pero su insistencia tuvo su recompensa y más de una dejó su teléfono anotado en las servilletas de papel.

Los fines de semana Carmen lo veía salir de casa lleno de contento al caer la noche en busca de su amigo para después recorrer una tras otra las discotecas de la ciudad hasta más allá del amanecer. Rubén había conseguido por un precio ínfimo un Mustang de mil novecientos cincuenta y tres, no de segunda, sino de cuarta o tal vez quinta mano. Entre los dos, lo compraron, pusieron a punto el motor y lo pintaron de color negro como homenaje a las antiguas películas americanas de gangters. Para ponerse a tono, le instalaron un equipo de música de gran potencia y sorprendieron a unos y a otros con canciones de Elvis y de Johnny Hallidays, que, pese a su aire retro, hechizaban a toda la ciudad. Pronto se hicieron conocidos entre los jóvenes que encontraban a su paso. Ellas se volvían locas por dar una vuelta en tan flamante automóvil; ellos disfrazaban la envidia con gestos despectivos hasta que eran invitados a conducirlo. En poco tiempo llenaron sus agendas con cientos de conquistas y se bebieron su juventud a largos tragos. Aquella vida se hubiera prolongado durante años y años de no ser porque Rubén se enamoró de una chica y, en menos de siete meses, se casó con ella.

La música del órgano llenaba el templo. Una vez más, Carmen hizo un esfuerzo por concentrarse en la ceremonia y dejar de lado sus recuerdos, su culpa y su dolor. Miró a su derecha y vio a una anciana que se había quedado dormida. Apenas se podía oír su respiración tranquila que, cual un susurro, se confundía con las notas de la Tocata y Fuga en re menor de Bach. En los bancos delanteros, se podía percibir cómo iba creciendo la emoción de los asistentes a la ceremonia. De cuando en cuando, el eco de un sollozo a duras penas ahogado resonaba en la bóveda de la nave principal y una cabeza se inclinaba avergonzada por su falta de pudor. En cambio Carmen hubiese querido poder llorar. Las lágrimas le ardían en su pecho pero se negaban a asomarse a sus ojos. Un joven volvió la cabeza desde la primera fila. Pese a la distancia, reconoció en él al hijo mayor de la mujer difunta. Por un momento Carmen creyó que el adolescente también la había reconocido, pese al velo que ocultaba su rostro, y el corazón le empezó a palpitar a gran velocidad. Desvió la mirada para esconderse aún más. Cuando el diácono comenzó la lectura del capítulo once de Juan, intentó poner toda su atención en las palabras evangélicas, pero los recuerdos no dejaban de acecharla.

Apenas mediaba la quinta década de vida, cuando el padre de Rubén sufrió una angina de pecho. Salió del hospital con el corazón maltrecho y el alma encogida, por lo que, en cuanto pudo arreglar los papeles, le traspasó el taller a su hijo. Dani creyó entonces que su amigo le iba a ofrecer participar en el negocio y así se lo decía a sus padres. Durante años, los dos amigos habían estado trazando miles de planes en los que se asociaban para abrir juntos un taller de reparación de coches. En aquel tiempo Rubén había formado unas familia y comprado una casa en el centro de la ciudad, en tanto que Dani había podido reunir un pequeño capital con el que esperaba poder comprarle la mitad del taller. Pero, cuando se produjo el traspaso de titularidad, Rubén no sólo no contó con él, sino que se negó a escuchar su oferta.

Después de aquello las cosas no volvieron a ser como antes. Carmen tenía la sospecha de que fue entonces cuando se fraguó la tragedia. La decepción colmó de amargura el corazón de Dani, que a punto estuvo de dejar el empleo al que había dedicado doce años de su vida, pero el miedo a tener que empezar de nuevo desde cero hizo que fuese demorando mes tras mes su decisión, hasta que llegó a olvidar que un día quiso irse.

El cambio de dueño trajo muchas novedades al taller: se ampliaron y modernizaron las instalaciones, se contrataron a tres mecánicos nuevos y, lo más doloroso para Dani, se enfrió la amistad entre los dos amigos.  Es cierto que Rubén le consultaba cada una de las innovaciones que iba introduciendo, también es cierto que le dio la misma autoridad que él, el dueño del taller, tenía con los demás empleados, pero las ocasiones en las que se veía fuera del trabajo eran más y más extrañas. Ni siquiera asistió a la primera comunión del hijo de su amigo pese a haber sido invitado y se excusó con un pretexto absurdo que sabía que no iba a creer Rubén.

—Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto...

Al término de las lecturas, el sacerdote comenzó la homilía. Con voz cautivadora, fue desgranando las bellas cualidades que habían adornado la esencia de Marisa. Habló de su carácter cariñoso; de su dedicación al trabajo, a su hijo, a su hija, a su esposo; de su alegría, de cómo repartía dicha a todo el que se acercaba a ella. Pese a la sobriedad de sus palabras, los asistentes, y con ellos Carmen, no pudieron evitar que se les derramara la emoción. Apenas dijo nada de la horrible muerte que le había sorprendido dos semanas antes al volver del colegio con la pequeña Raquel. Mas todos los asistentes al funeral pudieron entender las palabras que el sacerdote silenciaba. Un grito ahogado de alguien de los bancos centrales cortó la respiración del sacerdote, al que le costó por unos instantes seguir predicando. Después continuó hablando, aunque Carmen volvió a perderse entre los recovecos del pasado para ahuyentar el recuerdo de la trágica muerte de su hijo.

A Dani nunca le gustó la mujer de Rubén. Y sabía que ella tampoco le miraba con buenos ojos. Nunca la vio sonreír más que cuando se sabía el centro de atención. El joven estaba convencido de que contemplaba a todos, incluido a su marido, por encima del hombro, creyéndose alguien por haber estudiado magisterio mientras los demás no habían ido más allá del instituto. Dani la culpaba del distanciamiento de su amigo y de su traición cuando se quedó con el negocio de su padre sin ofrecerle siquiera la posibilidad de participar en él. Sabía que temía la influencia que siempre había tenido sobre su marido, su habilidad para convencerlo para emprender mil y un proyectos. Sólo Dani sabía envolver con palabras un plan que, por absurdo que fuera, se tornaba maravilloso en la imaginación de Rubén. Así habían recorrido media Europa un verano haciendo autoestop con apenas un puñado de pesetas en la mochila dos años antes de que Rubén conociese a su temerosa esposa. O habían participado en la bajada en piragua del río Sella. O... Siempre había sido Dani el que, con pícara astucia, había sabido vencer las reticencias de su amigo a las aventuras más fabulosas. Y era este don de convicción lo que más temía la mujer de Rubén, como si creyera que él, Dani, tenía el poder de colarse por las rendijas de su casa e interponerse en su vida familiar.

En aquel momento, mientras los fieles entonaban el Santus, Carmen se reprochaba una vez más por haber animado a su hijo a dar aquel paseo que precipitó la tragedia que le había arrasado el alma. Y la angustia que atenazaba su espíritu maltrecho estuvo a punto de ahogarla.

En los últimos meses, Dani se mostró inquieto y ansioso. Andaba por el mundo taciturno y cabizbajo sin dirigir apenas la palabra a quienes se cruzaban con él. En poco tiempo, perdió casi quince kilos de peso y sus hombros se encorvaron como si los de un anciano se tratasen. De la misma manera que cuando era un niño solitario sin más amigos que las maquetas de aviación que él mismo construía, se encerró en su mundo sin percatarse de lo que ocurría a su alrededor. Al llegar del taller, apenas daba las buenas tardes. Se dirigía a su habitación, donde permanecía sabe Dios haciendo qué hasta la hora de la cena. Carmen no se atrevía a decirle nada, temiendo despertar su ira, que no hacía su aparición sino en contadas ocasiones, pero que cuando estallaba, dejaba pequeña la furia de Ares en tiempos de guerra.

Un domingo Carmen le pidió que la ayudase a ordenar los armarios de la cocina. Sabía que, por muy mal que se encontrase, nunca se negaba a emprender una tarea que ahorrase un esfuerzo a su madre. Estuvieron toda la mañana faenando entre cazuelas, peroles y sartenes mientras ella le iba contando insignificantes historias de la vecindad. Cuando se le terminó el repertorio, un denso silencio se posó entre ellos que llenó de inquietud a la afligida mujer. Tras unos minutos, Dani empezó a quejarse del trabajo. Decía que Rubén nunca estaba contento de su desempeño, que siempre encontraba alguna pega a lo que él decía o hacía; que, desde que se había casado, no era el mismo y que la culpable de aquel cambio no era otra que su esposa. Ella intentó apaciguarlo, quitando importancia a lo que le estaba contando, mas aquello sólo sirvió para enfurecerlo. Salió de la cocina con un fuerte portazo y la dejó sola con su pena y sintiéndose culpable no sabía de qué.

A partir de aquel día, Rubén y su mujer se convirtieron en una obsesión para Dani. Aparecían en todas las conversaciones en las que intervenía sin importarle si venía o no a cuento para responsabilizarlos de haber destrozado su vida. Él, decía una y otra vez, les había ayudado a llevar adelante el taller de reparaciones de coches sin ganar con ello más que unos míseros euros. Y aquella idea que rumiaba su mente fue creciendo cual un alud en lo alto de las montañas y se precipitó con violencia y estrépito por las laderas del alma.

Dani no llegó a contar a su madre que Rubén había decidido poner en venta el taller. En los últimos años las pérdidas superaban con mucho a las ganancias y el joven dueño no podía hacer frente a las deudas que había ido contrayendo. El destino quiso que, poco antes de la venta, Dani hubiese comprado un piso gastando en ello todos los ahorros que había ido atesorando en los casi veinte años de trabajo. Que Rubén vendiese el taller cuando él ya no tenía medios para comprarlo, fue para Dani una nueva traición y le hizo caer en un estado de abatimiento del que apenas empezó a salir después de someterse a un tratamiento contra la depresión.

La mañana en la que ocurrió la desgracia, amaneció luminosa. El viento había soplado durante toda la noche barriendo el cielo de nubes. Atrás quedaron las lluvias de marzo, que dejaron el aroma a tierra mojada y a azahar. El sol llenó de luz el corazón de Dani, que aquel día se levantó radiante de alegría. Viéndolo contento por vez primera en muchos meses, Carmen le regaló con un suculento desayuno y, cuando terminó de degustarlo, casi con obstinación, lo animó a salir a dar un paseo: nunca llegaría a perdonarse haber insistido tanto para que saliera de casa aprovechando el tiempo templado; nunca se desprendería de la carga de la culpa que ahogaba su alma.

Durante la eucaristía, el coro entonó el “Lacrimosa” del Réquiem de Mozart. Los fieles se fueron levantando de sus asientos para acercarse al sacerdote a recibir la comunión. Carmen no se atrevió a ponerse en la fila. Le horrorizaba la posibilidad de ser reconocida y señalada con el dedo. Sabía que no tendría las fuerzas suficientes para enfrentarse a los murmullos que se oirían a su paso, a las miradas acusadoras de quienes no veían en ella sino al cómplice, involuntario, sí, pero cómplice al fin de lo ocurrido; las miradas de odio por haber engendrado a su hijo. Aprovechando que los fieles estaban distraídos mientras recibían la eucaristía, salió sigilosa del templo por la misma puerta lateral por la que había entrado. La luz del sol la deslumbró después de la penumbra que la había cobijado en la iglesia, por lo que dio un traspiés que casi la lleva al suelo. Una mano la sostuvo por detrás para evitar la caída. Carmen levantó la mirada para agradecérselo. Nada más verlo lo reconoció, a pesar de ir vestido de paisano. Se trataba del mismo agente de policía que una tarde, quince días antes, llamó a la puerta de su casa para decirle que su hijo se había suicidado tras matar a una mujer y a su niña de cinco años: la mujer y la hija de Rubén.