lunes, 21 de septiembre de 2015

Ocho picas rojas






Desde niña no había vuelto a ver una máquina tragaperras como aquélla. A María le trajo el recuerdo de su abuelo, cuando éste le pedía que lo acompañase a la tasca que había al otro lado de la calle de su casa para comprar un paquete de tabaco. En un rincón del local se encontraba la máquina: reclamo de adolescentes tempranos y tardíos que buscaban un golpe de suerte. A ella le llamaban la atención las luces de colores: rojas, amarillas, azules, verdes; el sonido de la campanilla que anunciaba un premio y el clong, clong del máximo galardón. Casi siempre la contemplaba desde lejos, unos minutos apenas, en tanto su abuelo compraba el ansiado paquete. Pero a veces la visitaba la Fortuna y podía escabullirse para acercarse a la máquina. Ocurría esto cuando el abuelo se encontraba con alguno de sus amigotes y se entretenía con la charla mientras se tomaba una o dos cervezas. Entonces ella daba unos cuantos pasos, muy lentamente, y, poco a poco, se iba aproximando a aquel armatoste. Poniéndose de puntillas, se agarraba al borde de la máquina y no se perdía ni una jugada. Con los ojos muy abiertos, miraba las luces de colores y su corazón saltaba con el tintineo de la campanilla. Sufría con cada pérdida; se entusiasmaba con cada ganancia. Su abuelo tenía que llamarla con insistencia para apartarla de allí, pues el tiempo parecía detenerse junto a la fabulosa máquina.

Ahora los videojuegos y las video consolas habían retirado de la circulación aquellas máquinas recreativas. Por ello atrajo tanto su atención la que vio en un bar años después.

María hacía muchos meses que había perdido su empleo de dependienta en una zapatería. Desde entonces, su vida giraba en torno a una rutina a la que no le veía ningún sentido. Cada mañana llevaba a sus hijos a la escuela y, después, se perdía entre las calles del barrio antes de volver a su casa. Se le caía el alma a los pies, le decía a sus vecinas, al entrar por la puerta y encontrarse con el mismo desorden que había dejado unas horas antes. Con sólo treinta y dos años era muy joven para encerrarse entre cuatro paredes con el único objeto de luchar con el polvo y la suciedad. Desde que cerró la zapatería, Antonio, su marido, apenas la ayudaba en casa pues pensaba que tenía tiempo más que suficiente durante el día para arreglarse ella sola. Pero a María le costaba más y más enfrentarse a las tareas domésticas y le causaban una inmensa tristeza los pensamientos que le venían una y otra vez sobre su juventud desperdiciada. Así que se perdía por el laberinto de calles que circundaban la escuela de sus hijos intentando acallar el sentimiento de inutilidad que, con tanta insistencia, la perseguía.  

Aquel día, oyó el sonido de la campanilla que tanto la seducía de niña mientras deambulaba sin rumbo fijo. Clong, clong: se anunciaba el máximo galardón. El sonido procedía de un bar del que salía un intenso olor a aceite refrito. Vaciló unos instantes antes de entrar. Después de todo, pensó, nadie la esperaba en casa. El local estaba medio en penumbra. Un hombre limpiaba unos vasos en la barra, mientras un chico de dieciséis o diecisiete años pasaba la escoba entre las mesas y una mujer salía de lo que debía de ser la cocina con unas fuentes de ensaladilla rusa que iba dejando en el expositor. En la pared adyacente a la puerta se hallaba la máquina recreativa: más pequeña de la que se guardaba en la memoria pero tan imponente como la de su infancia. Un hombre remoloneaba junto a ella en tanto se guardaba en el bolsillo trasero del pantalón unas monedas.

—¿Todavía funciona? —le preguntó María.

—¡Oh! Sí. Perfectamente, si no te importa perder un montón de euros para ganar un puñado de chatarra.

 —¿Por cuánto se juega?

—Por un euro ya puedes jugar una partida. Es la apuesta mínima que acepta este trasto —le respondió el hombre tras tirar al suelo la colilla del cigarrillo que bailaba en la comisura de sus labios. Luego, inclinó hacia un lado la cabeza a modo de saludo y salió a la calle.

A María le pareció que hacer realidad un sueño de la infancia le traería un poco de alegría a su tediosa vida. Rebuscó en el monedero pero no encontró ninguna moneda de un euro. Ya iba a salir del bar, cuando se lo pensó mejor. ¿Por qué no había de darse un capricho? Le pidió al hombre de la barra que le cambiase un billete de cinco euros y con las monedas en la mano, se dirigió a la máquina. Una gran emoción la invadió cuando, tras introducir una de ellas en la ranura, oyó el timbre que indicaba el inicio de la jugada. El joven adolescente que momentos antes barría el local dejó la escoba para orillarse junto a ella y le estuvo explicando las sencillas reglas del juego. En la parte frontal de la máquina había tres filas en las que iban apareciendo ocho figuras distintas entre las que destacaban los símbolos de los palos de la baraja francesa pero con los colores invertidos: los corazones y los diamantes aparecían en negro mientras que los tréboles y las picas lo hacían en rojo. Y eran estos cuatro símbolos los que tenían premio: diez euros, una fila del mismo palo; cinco, dos filas; diez, tres filas; y el máximo galardón, veinte euros por tres filas de picas.

Una campanilla le anunció su primer premio: ocho picas rojas. La emoción la hizo saltar de alegría. ¡No podía ser! Al primer intento, había obtenido un premio de cinco euros. Guardó un euro para no gastar más de lo que había traído y lo volvió a intentar: esta vez, dobló la apuesta. Las luces de colores y las campanillas parecían heraldos de la Fortuna. Otra fila más del mismo palo y otra más. El chico que estaba con ella mostraba el mismo entusiasmo que ella y el hombre de la barra, que debía de ser el del dueño del bar, tal vez viendo en ella una posible cliente, la invitó a un café. A la quinta jugada, perdió los tres euros que acababa de apostar, por lo que pensó que sería mejor retirarse para no tentar a la suerte.

De camino a casa, con el contento por las ganancias, entró en una pastelería y compró una bandeja de éclair de crema, los dulces que tanto le gustaban a la pequeña Julieta. Un sentimiento de optimismo la acompañó todo el día. Abrió las pesadas cortinas del salón para que la luz de abril se llevarse la pesadumbre que desde hacía meses invadía la casa. ¡Con qué poco podemos ser felices!, pensó. Apenas unas monedas y un grato recuerdo del pasado bastaban para que la tristeza se esfumase. Arregló la casa y preparó con esmero un guiso de carne para contentar a sus dos Antonios: su esposo y su hijo. Sabía que últimamente no había sido muy amable con su marido. La desazón por no encontrar un empleo la volvía impaciente y pronta al enfado. Pero lo compensaría en cuanto regresara de su trabajo. Aquella mañana ni siquiera le pareció tan tediosa la búsqueda por internet de un trabajo acorde a su experiencia.

Así que, tras muchos meses de malhumor, su marido y sus hijos se encontraron esa tarde con una María alegre y complaciente.

No volvió a probar suerte hasta semanas después. La noche anterior había reñido con Antonio porque había ido a casa de un amigo a ver un partido de fútbol y se había olvidado de llevar consigo las llaves de casa pese a saber que no regresaría hasta bien entrada la noche. Despertó a los niños con estruendosos golpes en la puerta y con su vozarrón ronco de la ebriedad. No hubo manera de hacerlo callar y los dos esposos acabaron enzarzados en una pelea que se alargó hasta poco antes del amanecer. Así que, al día siguiente, agotada por la frustración, María volvió al bar en busca de unos momentos de evasión de la realidad.

El dueño la reconoció nada más verla entrar en su local. Le preguntó si quería un café, que María se apresuró a pagar para que no la tomaran por una mujer que se aprovechaba de la generosidad de los demás. Después, como la vez anterior, se dirigió a la máquina recreativa seguida del muchacho, que aquel día estaba limpiando las mesas. No tuvo mucha suerte en el juego. Permaneció junto a la máquina hasta el mediodía llamando a la Fortuna, que se hizo esperar. Perdió una y otra vez los euros que iba apostando. Sólo al final de la mañana los pudo recuperar y aún ganó uno o dos euros más antes de dar por finalizado el juego. Salió del bar con menos alegría que la primera vez que franqueó su puerta y con la vaga sensación de que aquel juego entrañaba más peligros que la simple evocación del pasado para huir del presente.

Pero unos días más tardes tomó de nuevo el camino hacia el bar. Dejó a los niños en la escuela y entró en un Ahorra Más a comprar una docena de huevos y el pan para la comida. Pagó con un billete de diez euros y, cuando le devolvieron el cambio, se quedó mirándolo con aire ausente. No fue consciente de su decisión hasta que no se vio ante la máquina recreativa con una taza de café con leche en una mano y las monedas en la otra. Aquel día había un grupo de hombres sentados en una mesa. Cuando la vieron iniciar el juego con el muchacho pisándole los talones, ellos también la rodearon para ver como cautivaba a la suerte. Cada jugada ganada era recibida con ruidosas carcajadas y las pérdidas con no menos ruidosos silbidos. La alegría reinante le hizo olvidar el paso del tiempo y sólo cuando miró a su alrededor y vio el bar medio lleno de comensales que habían llegado para hacer su almuerzo, se percató de que debía salir corriendo si no quería que su marido y los niños se presentaran en casa antes que ella.

Después de aquel día, casi todas las mañanas acudía a su cita con la máquina recreativa tras dejar a los niños en la escuela. Unas veces, para sacudirse de la frustración de la vida diaria. Como aquella vez que Julieta vomitó sobre la alfombra del salón recién estrenada. La pequeña de cinco años se había empeñado en comer una croqueta tras otra sin hacer caso de las advertencias de María y el revuelto de besamel, atún y rebozado acabó entre las flores azules y malvas de la alfombra comprada unos días antes para el hueco que había junto al sofá. Hubo de pasar dos horas frotando con una bayeta impregnada de detergente y amoniaco hasta que la mancha se confundió con el dibujo del tapiz mientras aspiraba el fuerte olor del preparado de limpieza, que le causó un fuerte dolor de cabeza. O cuando su hijo de diez años se peleó con el más robusto de la clase y tuvo que ir a recogerlo al colegio para llevarlo al centro de salud a que le curasen la brecha que le hicieron en la cabeza. O cuando...

Pero también se presentaba ante la recreativa cuando quería celebrar pequeñas alegrías. Así lo hizo al día siguiente de su aniversario de bodas. Antonio la sorprendió con una cena en un restaurante que semanas antes habían inaugurado no muy lejos de donde vivían. Antonio había contado con la complicidad de la hermana de María, que recogió a los niños y se los llevó a su casa hasta el día siguiente. Esa noche, olvidaron los problemas que acechaban sus vidas, como las dificultades para que María encontrase un empleo o las que tenían para pagar la hipoteca del piso. Como si de una cita amorosa se tratase, no hablaron sino de ellos mismos y, después, ya en casa se amaron hasta bien entrada la noche con una pasión que hacía tiempo que parecía haberlos abandonado.

Al principio, después de sus visitas a la máquina recreativa, se sentía invadida por un sentimiento de euforia. Las ganancias nunca fueron tan suculentas como las del primer día, pero bastaba con ver una sola vez las ocho picas rojas para recuperar el optimismo, que permanecía junto a ella hasta la llegada de la noche. Incluso las pérdidas eran para María un acicate para volverlo a intentar. Cuando llegaban los niños del colegio, se encontraban con una madre contenta que se sentaba con ellos en la mesa de la cocina para ayudar al pequeño Antonio a hacer las tareas escolares mientras le probaba artísticos peinados a Julieta, niña presumida desde que nació. Mas, con el tiempo, el trébol, el diamante, la pica y el corazón se fueron apoderando de sus pensamientos hasta el punto que, en muchas ocasiones, tenían que llamarla una y otra vez para que volviera a la realidad.

A menudo, se sorprendía a sí misma recordando las combinaciones de símbolos y colores mientras preparaba la comida. Su falta de atención fue la causa de que se le quemase el guiso en más de una ocasión: afortunadamente su torpeza nunca llegó a males mayores. Aún asustada, lograba arreglar el destrozo antes de que hiciesen acto de presencia su marido con los niños.

Con el tiempo, empezó a acudir al bar también por las tardes, después de que Antonio regresara al trabajo y ella dejase de nuevo a los niños en la escuela. Tenía entonces ante sí dos horas, suficiente para embarcarse en tres o cuatro partidas hasta el momento en que debía recoger a los pequeños a la salida de su última clase. Un sentimiento cercano a la ansiedad se iba apoderando de ella a medida que se aproximaba al bar. La boca se le secaba, un sudor frío le humedecía la nuca y las manos le temblaban ligeramente. Pero el malestar desaparecía con el solo sonido de la campanilla.

Perdió la prudencia que al principio no le permitía gastar más allá de un puñado de monedas. Y con la prudencia, perdió la sensación de peligro. Empezó a arriesgar cantidades más y más elevadas. Un día vació su monedero y, sin fijarse en su valor, fue sacando de su cartera un billete tras otro para cambiarlos en monedas de un euro. Cuando se dio cuenta de que había gastado todo el dinero que tenía para la semana, se asustó. Extrajo una cantidad similar de un cajero automático y se prometió a sí misma que no pisaría más el peligroso bar. Pero, al día siguiente volvió. Tal vez la Fortuna la estuviera esperando a la vuelta de la esquina para devolverle lo que antes le quitara.

A María la abandonó la alegría cuando el juego se hizo dueño de su vida. Tuvo que pasar mucho tiempo para que se diese cuenta de que sus hijos temían su presencia. Sus gritos se oían desde el otro lado del descansillo de la planta donde se encontraba su piso. Los niños, asustados, bajaban la cabeza y no se atrevían a pronunciar una palabra que soliviantara el genio de su madre. Julieta temblaba cuando oía su voz y, paralizada de espanto, era incapaz de hacer o decir nada. La torpeza de María para llevar a cabo las tareas más sencillas, la tornaron descuidada. Cuando al mediodía llegaba Antonio con sus hijos, se encontraban con la comida sin hacer, la casa revuelta y, en más de una ocasión, el único rastro que quedaba de ella eran sus zapatos campando por la habitación.

Lo peor eran los fines de semana. No podía ir al bar a jugar sus partida y la devoraba la inquietud. Su atención volaba si tenía que concentrarse en alguna cosa, mientras sus pensamientos se volvían supersticiosos: "Si jugara hoy, estoy segura de que sería mi día de suerte", se decía a sí misma. Así que inventaba mil excusas para salir de casa. Un litro de leche que le hacía falta para la cena, la llamada de una amiga... Y lograba escabullirse media hora, el tiempo de apenas una jugada que calmase la ansiedad. En alguna ocasión se llevó a Julieta diciendo que había organizado un plan sólo para chicas y sobornaba a la niña con helados de fresa para que no contara lo que habían estado haciendo. Pero, con el tiempo, le costaba más y más zafarse de la vigilancia de Antonio que fue perdiendo la confianza en su esposa. Y cuando no encontraba la manera de salir de casa, una fuerte migraña la torturaba hasta hacerla enloquecer. Latidos persistentes le golpeaban la sien, mientras se sentía martirizada por unas tenazas que le presionaban con inquina a los lados de la cabeza.

Pero ella no se daba cuenta de cómo se iba desmoronando su vida. Las cada vez más frecuentes discusiones con su marido eran, según decía, por culpa de Antonio, que le exigía ser perfecta sin darle nada a cambio; con los gritos a los niños sólo quería arrancar las malas influencias de la escuela, que los había vuelto indómitos; si se le quemaba la comida era porque la cocina vitrocerámica no funcionaba bien; y las mentiras no eran sino un modo de preservar la paz familiar. Así se justificó ante sí misma cuando le dijo a su marido que la habían robado en la calle ocultando que se había jugado el dinero que tenían para pagar la luz.

Hasta que, un día, estalló la crisis.

El pequeño Antonio formaba parte del equipo de balonmano del colegio. En junio, unos días antes de finalizar el curso, se organizó un campeonato entre varios colegios. El niño estuvo varias noches sin dormir debido a la emoción que le causaba haber sido elegido para jugar como titular. El partido iba a jugarse un miércoles al mediodía en un colegio situado al otro lado de la ciudad. El marido de María, orgulloso de su hijo, pidió permiso en la gasolinera en la que trabajaba para poder presenciar el partido. Y ella se comprometió en recoger del colegio a Julieta a la una para llevarla a casa a comer. Mas la buena Fortuna hizo que se olvidase de todo lo que no fueran picas, corazones, diamantes y tréboles.

La mañana comenzó con un mal augurio: los tres primeros euros los perdió en tres jugadas. Pero, de pronto, la Fortuna la regaló con una racha de buena suerte: una fila de ocho picas rojas, que le hicieron recordar la primera vez que degustó el sabor de la victoria. Después, una y otra y otra fila del mismo palo. El tiempo se detuvo de nuevo; dejó de ver y oír lo que sucedía a su alrededor. Acostumbrados a verla cada día absorta en su juego, ya nadie se acercaba a corear sus ganancias y a silbar sus pérdidas; por eso nadie la avisó de que su teléfono móvil no dejaba de sonar. Y nadie le dijo tampoco que hacía tiempo que había pasado la hora de cierre del colegio. Frenética, sólo atendía al tintineo de las campanillas que le anunciaban una victoria más.

Hasta que un cliente se percató de la quincuagésima llamada al móvil. Cuando el joven la llamó, María se sobresaltó como quien despierta del más profundo sueño. Le costó dar con el móvil que tenía guardado en lo más profundo del bolso, pues aún la dominaba el aturdimiento. Sólo cuando vio las llamadas perdidas de la escuela y las de su marido, se acordó de Julieta. Con la angustia atenazándole la garganta, echó un vistazo al reloj antes de responder la llamada de Antonio: eran las cinco y media. Hacía más de cuatro horas que tenía que haber recogido a la niña. El corazón enloquecido le martilleaba el pecho. Apenas fue capaz de pulsar el icono que le ponía en contacto con su marido y, cuando logró hablar con él, no pudo entender las palabras que, entre gritos y llantos, le dirigía.

En la escuela, le gritaba Antonio, la estuvieron esperando durante horas después de que cerraran las puertas del centro educativo. La maestra que se quedó con Julieta la entretuvo con cuentos y canciones para que no se diese cuenta de la falta de su madre, mientras en la secretaría intentaban, en vano, ponerse en contacto con ella. Pero María no respondía a las llamadas. Ante la imposibilidad de localizarla, probaron con el teléfono de Antonio, que acudió sin demora al colegio. Él también había intentado hablar con su esposa. Había llamado a su madre, a la de María, a las amigas... sin que ninguna le supiera decir cuál era su paradero. Desesperado, preguntó en el centro de salud y en el hospital central, sin poder dar con ella. Y, mientras tanto, llamaba una y otra vez al teléfono de María, que perdida entre las picas rojas, no oía la sintonía del móvil.

Aquella noche, María lo contó todo. El miedo a caer en el abismo se había despertado al darse cuenta de que su vida estaba prisionera de ocho picas rojas. Habló de la fascinación que le causaba una máquina recreativa cuando, de niña, acompañaba a su abuelo a comprar tabaco a una tasca; de lo inútil que se había sentido tras perder el trabajo; del hastío que presidía su vida; de la emoción que sentía en los momentos en los que dejaba atrás sus problemas para hacer algo que le gustaba, para ser ella misma, no sólo la esposa de Antonio, la madre de dos niños. Pero también habló de la manera en la que el juego iba devorando su vida hasta convertirla en nada; le habló de las mentiras que inventaba para engañarle, las que inventaba para engañarse a sí misma. Le habló hasta que se quedó sin palabras y se vació de sí misma. Le habló hasta que se deshizo en lágrimas y sintió como la amparaban los brazos de su marido, que también lloró con ella, como si no creyese que aquello le estaba ocurriendo a su familia.

Al día siguiente, Antonio la acompañó al centro de salud para que el médico de familia los orientase sobre los pasos que debían seguir para salir de aquel abismo. La senda trazada fue sinuosa y escarpada. Abrir el corazón ante extraños violentaba el elevado sentido del pudor de María. A lo largo de meses y meses, hubo avances que la colmaron de dicha y retrocesos que la cubrieron primero de vergüenza y de desesperación, después. Pasó por un tratamiento tras otro; conoció a médicos, psicólogos, jugadores empedernidos y ex jugadores temerosos de una nueva recaída; profesionales de célebre prestigio y charlatanes que jugaban con las esperanzas de sus pacientes. Y transcurrió mucho tiempo antes de que pudiera decir que estaba en camino de dejar atrás la pesadilla del juego.

Era una mañana de abril. El sol había hecho su aparición después de muchas semanas en las que el viento y la lluvia se habían enseñoreado de la Tierra. La gente había abandonado el abrigo de las casas para pasearse por las aceras de la ciudad. Los niños correteaban por el parque sin que pareciese importarles ensuciarse con el lodo de los charcos; los ancianos volvieron a sentarse en los bancos y en las puertas de los comercios se arremolinaban hombres y mujeres comentando los precios de los artículos que en ellos vendían. María se dejó llevar por el alborozo de la mañana. Conociendo lo coquetuela que era Julieta, le propuso un día de compras. A sus diez años, la niña ya gustaba despertar la admiración con sus vestidos. En la calle, les salieron al encuentro el aroma de la tierra mojada y la fragancia de los lirios. Anduvieron por las calles perezosas antes de decidirse a entrar en una tienda. Se probaron pantalones, faldas y blusas de vistosos colores. María levantaba una ceja cuando Julieta elegía alguna prenda que la hacía parecer mayor y la niña protestaba si su madre le mostraba ropa demasiado infantil. Salían de una tienda para entrar en otra que estaba más allá y doblaban una calle para desembocar en una avenida.

En una callejuela cercana a la escuela a la que asistía Julieta, María se detuvo. El aire le trajo el olor a aceite refrito. Desde la otra acera se oía una campanilla que anunciaba un premio. El sonido la embrujó sin dejarla atender las palabras de su hija. Como si su voluntad se escondiese agazapada en lo más profundo de su ser, sus pasos tomaron el camino hacia la puerta del bar. Entonces, una mano le tocó levemente el hombro. Volvió la vista atrás justo en el momento en que una lágrima se deslizaba por la mejilla de Julieta. Secó la gota rebelde con un beso y, tomándola de la mano, siguió su camino dejando a sus espaldas las ocho picas rojas.