lunes, 7 de septiembre de 2015

Voto de Silencio




Cuando murió la madre Marcela fui yo la encargada de recoger los enseres que guardaba en su celda. Era ésta una de las estancias más pequeñas del convento, pese al destacado lugar que ocupaba la madre en nuestra comunidad. Limpia con la misma pulcritud que lucía toda su persona, parecía como si nunca hubiese entrado una mota de polvo en la celda que fue su refugio en los últimos treinta años de su vida. Dios la había bendecido llamándola a su lado mientras dormía, sin que ningún sufrimiento perturbase su último viaje y después de una larga jornada atendiendo a sus deberes con el mismo afán de una joven novicia, a pesar de que hacía tiempo que había dejado atrás los ochenta años. 

Acometí mi tarea casi con veneración. La madre Marcela había sido muy querida no obstante su temperamento hosco. Sabía ofrecernos consuelo sólo con un gesto cuando nos invadía el desaliento y su ejemplo era para nosotras más fructífero que miles de acertados consejos. Pero he de confesar que también me sentía animada por la pícara curiosidad. La madre Marcela había ingresado en nuestra orden ya mayor procedente de otra congregación que, a diferencia de la nuestra, estaba consagrada a la vida activa. Muy misterioso me parecía a mí aquel cambio de hábitos, por lo que esperaba encontrar entre sus pertenencias alguna señal que me explicase las razones de tan extraño proceder. Pero en el minúsculo habitáculo no encontré más que su viejo hábito, un crucifijo, cuya tosca madera estaba desgastada a los pies de la cruz, y dos libros: la Regla de nuestra comunidad y la obra de Kempis “Imitación a Cristo”, que la madre Juliana me entregó por ser éste un libro de mucha edificación.

No volví a acordarme del librito hasta meses después, cuando tropecé con él mientras buscaba mis lentes entre el batiburrillo de papeles que en divino desorden pululaban por la mesa de mi celda. He de decir que entre mis muchas obligaciones en este bendito convento se encontraba llevar mal que bien sus cuentas, de ahí que mi celda pareciera las más de las veces despacho de atolondrado escribano que no lugar de retiro y oración de monja contemplativa. Por ello, eran pocos los días que no extraviase entre el montón de documentos algún papel de importancia transcendental para el cumplimiento de mi labor o, como aquel día, mis lentes. Así que, como iba diciendo, entre aquella mezcolanza de cosas servibles e inservibles encontré el Kempis. Lo abrí y aspiré su aroma a libro viejo. En la sobrecubierta una dedicatoria: “A Águeda, nuestra hija querida, para que no olvide nunca el amor de sus padres y de su hermano”. Me pregunté si Águeda había sido el nombre que llevó la madre Marcela en el mundo antes de profesar como religiosa o se trataba del de alguna mujer querida por ella. En todo caso, me extrañó que le hubiesen permitido conservar en el convento un recuerdo de su vida anterior. Me adentré en el librito y, mientras leía aquí y allá una frase, una palabra, del agustino alemán, se cayó de entre sus páginas unos pliegos cuidadosamente doblados que llamaron mi atención. Con una apretada caligrafía femenina, se narraba el viaje de una dama en busca de un sabio que sanase la grave dolencia de su hija, que llevaba, para mi asombro, el nombre de nuestra madre: Marcela.

Los pliegos no llevaban fecha alguna, aunque debieron de ser escritos muchos años atrás, tan amarillentos estaban. He aquí lo que decían tales pliegos de papel:

Primera Jornada.
Hemos llegado a esta aldea después de la caída del sol y nos han dado posada en la casa de una familia de campesinos que apenas tiene qué dar de comer a los pequeños arrapiezos que salen de cada uno de sus rincones. Sospecho que los han sacado de la habitación en la que suelen dormir para darnos alojamiento a Marcela y a mí, confundiéndonos con personas de elevada condición. El cansancio del camino ha maltratado mis huesos y no hay parte del cuerpo que no me duela, mas no puedo quejarme, pues a mi pequeña la consume la fiebre: ¡Quiera Dios que lleguemos a tiempo a la ciudad para que ese sabio de la ciencia ponga fin a su mal! 

Al llegar a esta bendita casa, no nos han dado más que un mendrugo de pan y un poco de agua, mas tan parco alimento ha bastado para recuperar nuestras mermadas fuerzas. Bueno, las mías, que las de Marcela precisan de algo más que pan y agua. Antes de ir a dormir, he intentado abstraerme en mis oraciones pero los acontecimientos del día acosan mi mente una y otra vez sin permitirme parar a meditar los misterios gloriosos del Santo Rosario. Como no puedo ahuyentar tanto ir y venir de mi mente, he encendido un cabo de sebo que traigo entre mis escasos bultos, dispuesta a escribir, más para aclarar mis ideas que para dejar constancia de nada de importancia y, así, dar voz a la pluma para que vaya contando lo que nos vaya aconteciendo en este viaje tan isólito para mí.

Hemos salido del pueblo antes de que el alba anunciase el nuevo día para evitar ser vistas, pero parece como si llevásemos una eternidad en esta travesía por tierras desconocidas. Muchos escudos he debido ofrecer a un arriero que partía a la ciudad antes de convencerlo de que nos lleve en su carro; y eso que el buen hombre ignoraba que marchamos de forma clandestina. Ya en el camino y para entretener el tiempo, le he preguntado de dónde es, si tiene hijos, hijas, si lleva las bestias a vender a algún mercado; mas no he obtenido del arriero sino gruñidos y alguna que otra palabra que bien pudiera ser un sí como un no. Así que he pensado que lo mejor es guardar silencio y encomendarme a nuestra madre, la Virgen María, y pedirle su protección para que nos asegure un buen fin en este viaje. 

Marcela no se ha despertado en toda la mañana. En el camino polvoriento, su sueño agitado me ha llenado de inquietud. La he mirado una y otra vez, y, al verla tan quietecita, con esos círculos cárdenos que circundan sus ojos, me ha costado reconocer en ella a la niña vivaracha y risueña que sólo unos días antes corría tras las gallinas y los polluelos del corral, en tanto yo la perseguía casi sin resuello para que no se manchase el vestido color escarlata que le hicieron las niñas huérfanas de la clase de las mayores. Han bastado unas jornadas para que la agote la fiebre y sus brazos redondeados caigan lánguidos como si de un muñeco relleno de paja se tratase.

Cuando el sol ha alcanzado, brillante, su punto más elevado, le he pedido al arriero que se detenga para descansar del camino. Sólo he traído conmigo un cantarillo de leche para Marcela y con el traqueteo del carro no me he atrevido a ofrecerle a la niña ni un sorbo no fuera a derramarse tan preciado líquido. Pero el hombre se ha negado en rotundo a parar, diciendo que no tenía tiempo que perder, que ya encontraríamos descanso al anochecer. 

A media tarde, se ha despertado Marcela. Con su lengua de niña, ha ido apuntando excitada cada árbol, cada flor, cada recodo del camino. En una ocasión, he tenido que sujetarla para que no saltase del carro detrás de una ardilla que volaba de encina en encina. A la pequeña le brillan los ojos como luciérnagas, ignoro si por el gozo de la aventura o por la calentura que aún la consume. Para mi asombro, el arriero se ha tornado parlanchín, haciendo reír a Marcela con historias sobre el burro que tiraba del carro. En medio de estos cuentos, ha llegado sigilosa la anochecida, sin nosotros sentirla con el parloteo del buen hombre y la risa alborozada de la niña, que por un momento me ha hecho creer que ya estaba curada. Hasta que, apoyando su cabeza en mi hombro, ha vuelto a quedarse dormida, con el aliento entrecortado y su mano escondida entre las mías. Y así hubiese continuado si no la hubiera yo despertado al llegar a esta aldea.

Ahora que las tinieblas de la noche se han apoderado del mundo, me asaltan las dudas. ¿No me estaré dejando llevar por el pecado de la soberbia?, ¿cómo oso yo en poner en duda la sabiduría en las cosas santas del padre José y de nuestra madre superiora? Sufro al pensar que, tal vez, esté tomando el camino errado; que sea el maligno y no Nuestro Señor el que me esté guiando. Por ello, le ruego a María que no nos retire su protección.

Segunda Jornada.
Era ya noche cerrada cuando hemos llegado a la ciudad. El arriero nos ha dejado a las puertas de la que fuera la casa de mi difunto padre. Mi hermano Bernando nos ha recibido con grandes muestras de alegría, pese a su extrañeza por vernos aparecer sin haber dado antes aviso de nuestra llegada. Nos ha regalado con una cena suculenta que me ha hecho recordar las que deleitaban a la familia cuando aún vivían mi padre y mi madre. Sólo después de agasajarnos con tal festín, me ha apremiado Bernardo para que le contase el motivo de nuestra inesperada visita sin tener ni una pizca de piedad por la fatiga de mi cuerpo y de mi espíritu.

No le ha gustado nada cuando le he contado que veníamos en busca de Felipe de Oriente, como se hace llamar el sabio que dice poseer el remedio contra el mal que aqueja a mi Marcela. Bernardo me ha recriminado por querer tener tratos con un hombre al que quiere atrapar mejor vivo que muerto el Santo Oficio

—¡Águeda! —me ha interpelado como si aún fuésemos niños —una mujer de fe como tú no puedo mezclarse con semejante pecador. Jamás nuestra familia ha tratado con gente de semejante ralea ni ha dado lugar con su proceder a que se sospeche de su fidelidad a la verdadera fe. ¿Vas a osar tú a lanzar tal desafío? 

Mas no he querido atenerme a sus razones y le he ordenado de forma imperiosa que encuentre la manera de que pueda hablar con el hechicero. 

La discusión se hubiera prolongado hasta el alba de no haber sido por mi cuñada Teresa, que ha entrado en la estancia para poner paz.

Hemos terminado en tablas: veremos quién gana la contienda.

Sexta Jornada.
Llegamos hace ya cuatro días a la ciudad y aún no hemos podido ver al nigromante que tiene en sus manos el poder de devolver la vida a la hija de mi alma. Bernardo se ha negado a ayudarnos y no se ha dejado conmover ni por mis lágrimas ni por el triste estado de Marcela. Ha dicho no estar dispuesto a poner en peligro nuestras vidas y la salvación de nuestras almas. No me he atrevido a decirle que no creo que Dios nos castigue por buscar la curación de mi pequeña, no sea que crea que he abrazado la fe de los herejes y, asustado, me denuncie. Pero yo sigo confiando en que la misericordia divina me guiará hasta el hombre que pondrá fin a mi dolor. 

Sigo sin creer que quien busca la sanación de sus hermanos obre bajo la sombra del maligno. ¿O sí? Tengo que acallar las voces que hacen tambalear mi ánimo si quiero ver corretear de nuevo a mi Marcela. En mis labios se atropellan una tras otras oraciones a María. Ella, que fue madre doliente como yo, comprenderá mi sufrimiento e intercederá por mi niña.

Octava Jornada.
Viendo la dureza de corazón de Bernardo, me he decidido a hablar con Teresa. Mi cuñada se ha asustado mucho cuando le he pedido que desafíe los deseos de su esposo, tanto miedo le tiene a mi hermano. No se parece nada a mí. Ella es mujer débil, siempre temerosa de que le sobrevenga alguna desgracia. Mas yo he sabido atraerla con mis palabras. Teresa también fue madre y sabe lo que es sufrir la pérdida de un hijo: Tuvo dos niños que Dios se llevó consigo antes de que la nodriza dejase de alimentarlos con su leche.

Esta tarde, aprovechando la siesta de Bernardo, Teresa me ha conducido por unas calles estrechas y polvorientas de la ciudad que mis pies jamás habían pisado antes. No ha querido decirme adónde me llevaba, como si temiese que oídos indiscretos se hiciesen eco de sus palabras, pero me ha rogado que confiase en ella. Los rayos del sol caían inclementes por encima de nuestras cabezas, como si quisieran aplastarnos el ánimo; mas nuestro espíritu no se ha dejado abatir. Hemos llegado hasta una casa que hubiérase pensado abandonada de no ser por el hilo de humo que salía de su chimenea. Teresa ha golpeado la puerta con la aldaba y, seguidamente, nos ha abierto un anciano. Tras hacernos pasar al zaguán, nos ha pedido que esperemos unos instantes. Sólo entonces mi cuñada me ha dicho que nos encontrábamos en la casa de una hermana de su padre, repudiada por la familia porque se decía que practicaba la brujería. Ignoro lo que he pensado en ese momento. Un escalofrío ha recorrido mi espalda y por unos minutos he querido huir de la casa. Mas me he acordado de mi Marcela, cuya vida se apaga poco a poco, y me he obligado a aguardar, no sin antes santiguarme y elevar al cielo una oración, ignoro si pidiendo clemencia o misericordia.

El anciano ha venido a buscarnos al fin y nos ha hecho pasar a una sala ricamente amueblada. Una dama ataviada con elegantes vestiduras nos ha recibido y, tras besar a Teresa con cariño, nos ha invitado a que le contásemos el motivo de nuestra visita. He tenido que hacer un gran esfuerzo para reponerme de la sorpresa que me ha causado la señora. Una imagina que una hechicera ha de ser una vieja desdentada y no la bella mujer de porte distinguido y amables maneras que nos ha recibido en su casa. 

Cuando he logrado recuperar el ánimo, le he contado mis cuitas, sin mencionar al principio la manera furtiva en la que había dejado el pueblo, no fuera a negarme su ayuda. No he podido evitar abandonarme a la emoción cuando le he hablado de lo inútiles que resultaron los remedios del médico que la había asistido en el pueblo; cómo el docto caballero había perdido la esperanza en su saber para sanar la calentura que abrasaba el cuerpecito de mi niña; cómo había acabado diciéndome que sólo un milagro traería su curación. Una vecina del pueblo que tenía un hijo en la ciudad me había hablado de Felipe de Oriente, el sabio capaz de curar las dolencias más pertinaces. Al principio, no quise escucharla: aquello sonaba a obra del diablo. Pero el temor a perder a mi Marcela hicieron que la idea de partir en su búsqueda me persiguiese más y más. Hasta que, desobedeciendo por primera vez las órdenes de mi superiora y de mi confesor, lo dejé todo por encontrar la sanación de mi niña.

La dama ha prometido ayudarme y concertar un encuentro con el sabio. Nos ha pedido a cambio que no le contemos nada a nadie y esperemos a que ella nos llame. ¡Quiera Dios que llegue a tiempo su llamada!

Décimo tercera Jornada. 
Anoche mis besos recogieron el último suspiro de mi niña. Marcela subió al cielo en medio de un delirio que le impedía conocerme y eso que no dejaba de gritar bajito mi nombre. Un ángel de sólo tres años ha desplegado sus alas para emprender el vuelo, dejando mi corazón desolado. Cuatro días antes había experimentado una mejoría que me había devuelto la esperanza, mas mi soberbia acabó con mi hija del alma.

Hace dos días llamó a la puerta trasera de la casa la tía de Teresa. Venía disfrazada de campesina para no ser reconocida y tras pedir ser recibida por mi cuñada, nos dijo que, pasada la medianoche, acudiría el hechicero para poner fin a la enfermedad de la niña. Por un momento dudé. Marcela estaba mucho mejor y, tal vez, buscar remedio en aquel hombre no era sino dejarse tentar por el diablo. Pero el miedo a una recaída me hizo seguir adelante. ¡Ojalá no hubiera escuchado entonces a mi corazón!

Las horas de aquel día aciago se sucedieron con la lentitud de quien espera con impaciencia. Las carantoñas de Marcela no bastaban para calmar mi agitado espíritu. Los colores habían vuelto a sus mejillas y su lengua parlanchina caldeaba mi corazón. Aun así quise seguir adelante. Intenté rezar a la Virgen María, mas las palabras huían de mi memoria antes de llegar a mis labios. Con mucho trabajo, conseguí que Marcela se durmiese temprano, en tanto yo me quedé sola con mi conciencia. Mi hermano, creyendo voluble el temperamento de las mujeres, no se percató de mi estado, no sé si para mi fortuna o para mi desgracia. Y, cuando todos hubiéronse retirado a sus aposentos, yo permanecí junto a la ventana del zaguán con la mirada perdida en las estrellas celestes.

Las campanas de la iglesia de la Asunción anunciaron la medianoche y los latidos de mi corazón golpearon con fuerza mi pecho. Aún hube de esperar un tiempo, que para mí fue como una eternidad, antes de que me percatase de que el ruido que estaba oyendo no eran mis palpitaciones sino la insistente llamada a la puerta. Abrí presurosa mientras un sudor frío humedecía mi frente. Me encontré con un gigante de al menos siete pies de altura con unos ojos negros que refulgían a la luz de mi candil. Iba ataviado con una larga túnica oscura que no bastaba para ocultar unos brazos gruesos en los que, con horror, vi tatuados los signos del zodiaco. Me tragué como pude el espanto y lo hice pasar. Sin pronunciar una palabra, lo guié hasta el dormitorio donde descansaba mi niña. Y sin poder ahuyentar la aprensión, dejé que la examinase.

La estancia se había llenado de no sé qué aire maligno mientras el gigantón emprendía unos ritos misteriosos junto al lecho de Marcela. Lo oía entonar un extraño cántico en una lengua para mí desconocida, al tiempo que elevaba los brazos al cielo. Más tarde, sacó de su bolsa un recipiente de cristal con la forma de una lágrima que contenía un líquido del color del ámbar. No pude evitar dejar escapar un grito cuando me percaté de que se lo daba a beber a Marcela. Después se arrodilló junto al lecho y reanudó su salmodia. 

Un abundante sudor inundó el cuerpecillo de mi niña, que se sumergió en terrible delirio. Asustada, miré al nigromante buscando consuelo a mi angustia, mas el gigante no pareció verme y continuó recitando sus extraños versículos. Las horas iban pasando, mientras Micaela estaba más y más alejada del mundo y sólo yo me daba cuenta de ello. Intenté rezar, mas no pude. El arrepentimiento por no haber querido escuchar las palabras de la madre superiora se confundía con la angustia por lo que le pudiera ocurrir a la niña que me fue confiada por Dios al nacer.

El alba despuntaba cuando el sabio Felipe de Oriente abandonó la casa. Había permanecido horas en la misma estancia que yo sin dirigirme una palabra de aliento, entonando aquel extraño cántico. Se marchó sin que Bernardo se hubiese percatado de su presencia, dejando a mi Marcela consumida por la fiebre y a mí por la angustia y el arrepentimiento. Pasaba el tiempo y la niña no mejoraba. No quise moverme de su lado en todo el día ni pude probar más bocado que unas migajas de pan y dos cerezas que, cual si fuese yo un infante, me iba dando Teresa no sin esfuerzo. El tiempo pareció detenerse mientras la Parca se colaba por las rendijas de las contraventanas. Cayó la noche y, en lo que me pareció no sé si un segundo o una eternidad, el alma de mi niña voló hacia el cielo.

Ahora es a mí a la que consume la fiebre. Mas no es la calentura la que aviva mi ardor sino los remordimientos, que me colman de dolor. Yo, la madre Adoración, tan respetada en nuestra comunidad, había desoído las palabras de la madre superiora cuando me prohibió ir en busca de aquel hombre que desafiaba las leyes de Dios y las de los hombres con sus ritos de brujería. Pero, tal vez, mi desobediencia viene de mucho atrás. Cuando una mañana dejaron junto a la puerta del convento un cestillo en el que lloraba una recién nacida: ¡Hija de mi alma que te apoderaste de mi corazón haciéndome olvidar a las otras niñas huérfanas a las que nuestra orden da cobijo! Yo, que al entrar al convento, hice la promesa de dejar al otro lado de sus muros los afectos humanos, le había entregado mi corazón a mi Marcela. A mi memoria viene una y otra vez el momento en que empezó a dar sus primeros pasos y, cual patito que sigue a su madre, venía tras de mí convirtiéndose en mi sombra. Durante tres años, su dicha fue mi dicha; sus tristezas las mías. Y ahora pago el olvido de mis deberes como esposa de Cristo y me consumo de dolor.

***

La madre Adoración nunca logró deshacerse de los remordimientos por la muerte de la pequeña Marcela. Estaba convencida de que ésta se había producido por haber confiado antes en los poderes de un entregado a las ciencias del mal que en la misericordia divina; que era castigo venido del cielo por amar a la niña por encima de cualquier otra criatura. Durante días no hubo manera de hacerla abandonar su habitación; nadie pudo convencerla de que probase los exquisitos bocados que su cuñada le preparaba con mimo. Ni los ruegos cariñosos de Teresa ni el severo amor de Bernardo consiguieron que saliese de su postración. 

Una semana después de que muriese Marcela, llegaron a la casa de Bernardo dos hermanas del convento con un mensaje de la madre superiora en el que le ordenaba regresar sin demora. La madre Adoración se dejó conducir por sus hermanas de la congregación sin saber muy bien adónde la llevaban ni quién la acompañaba. Antes de partir, Teresa la abrazó con fuerza y aquel gesto hizo que se deslizase una lágrima por su mejilla, la única que la vieron derramar desde la muerte de la niña.

Nada más llegar al convento, la madre Adoración cayó enferma. Durante días, su alma vagó entre la vida y la muerte, pero su cuerpo vigoroso terminó venciendo y, dos semanas después, ya andaba enseñando las primeras letras a las niñas recogidas en el convento. Sin ganas, es cierto, pero sin abandonar ninguna de sus obligaciones. Ni las otras madres, ni las hermanas ni sus discípulas le hicieron pregunta alguna sobre su viaje o sobre la pequeña Marcela, pero a veces notaba miradas curiosas a su paso. Estuvo toda una mañana confesando sus pecados con el padre José y otra mañana hablando con la madre superiora de la orden. Nadie supo en el convento lo que le dijeron uno y otro, sólo que dos días después la madre Adoración dejaba el convento para no regresar jamás.   

Un mes más tarde, a muchas leguas de aquel pueblo, una mujer ya entrada en años cruzaba la puerta del convento de las Dominicas. Llegaba rodeada de misterio que dio lugar a miles de historias sobre ella. Se decía que procedía de una orden de religiosas dedicada a la caridad; que había dejado su congregación debido al pecado de desobediencia, eligiendo el convento de madres contemplativas para purgar su falta. Profesó con el nombre de Marcela y, hasta su muerte, vivió dedicada a la oración sin pronunciar jamás una palabra para no romper su voto de silencio.