lunes, 26 de octubre de 2015

La historia que me hubiera gustado escribir






I
Cuando mi amiga Sagra me trajo la película, tuve que contener el gesto para que no se diese cuenta de lo poco que me apetecía verla. En inglés y subtitulada, “Searching for Sugar Man” era un documental que, según se explicaba en la carátula, contaba la historia de un cantante norteamericano de origen mejicano para mí desconocido. No era, por tanto, la película que tenía pensada para la sobremesa de un fin de semana. Pero no me atreví a decirle lo poco me seducía el plan, así que cogí el CD que me tendía y lo guardé en el bolso.

Aquel sábado después de comer mi familia andaba enzarzada en una de esas discusiones tontas que nos alborotan tanto y no nos conducen a ninguna parte. Mi padre se empeñaba en convencernos a mi madre y a mí de alguna cosa que no debía de tener mucha importancia pues no recuerdo qué era y, ante su poco éxito, subía más y más el tono de voz. Yo, para no quedarme atrás, también gritaba hasta que, cansada de nuestro parecido a una parodia de una familia napolitana, me fui al salón y puse la película de Sagra. 


  




En la pantalla, se veía discurrir por la ventanilla de un coche una carretera de Ciudad del Cabo paralela a la costa en tanto se oía una canción: “Sugar man, won't you hurry? / ‘Cos I’m tired of these scenes...”. En un primer plano, el conductor estaba contando que en el ejército le pusieron el apodo por el que se le conocía debido a la canción que se escuchaba a lo lejos. En ese momento no estaba yo muy atenta rumiando como andaba aún los argumentos que mi padre y yo habíamos esgrimido en nuestra disputa. En el televisor se sucedían distintos planos de una Detroit nocturna mientras mis pensamientos volaban distraídos. Dos productores discográficos se turnaban en la pantalla para hablar de cómo descubrieron a un cantautor de origen mejicano que regalaba su talento en un garito de mala muerte. Pero yo todavía tenía la mente perdida en las tonterías que nos habíamos dicho, que me iban pareciendo más y más absurdas. El que mi inglés no fuera muy bueno no ayudaba mucho a que prestara atención a la historia que se paseaba por la pantalla y que tuviese que estar pendiente de los subtítulos, tampoco.

Hasta que una de las canciones que se intercalaban con las entrevistas del documental, me atrapó. “I wonder how many times you've been had / And I wonder how many plans had gone bad...”. Y de repente, me encontré con la historia más fascinante desde hacía mucho tiempo: la historia que me hubiera gustado escribir. Todo lo que me rodeaba, mi padre, mi madre, las discusiones, todo desapareció y me quedé prendida a la guitarra de Sixto Rodríguez.





A finales de los años sesenta, Sixto Rodríguez se ganaba la vida haciendo chapuzas aquí y allá. Unas veces levantaba paredes como albañil de la construcción; otras era una pieza más de una cadena de montaje en alguna fábrica de automóviles. No tenía nada: ni casa ni coche ni perro. Dormía allí donde le encontraba el sueño. Se decía que más de una vez tuvo por almohada un adoquín y por edredón el cielo estrellado de Detroit. Pero por las noches llenaba con su voz bares y garitos. Las letras de sus canciones hablaban del lado oscuro de su ciudad, de esos rincones que tantas veces nos negamos a ver y que, tal vez, Rodríguez conocía bien.

Una de esas noches mientras rasgaba su guitarra en uno de los bares que frecuentaba, le escuchó un productor de una casa discográfica. Este productor, que produciría a Marvin Gaye, a Stevie Wonder o a Ringo Starr, creyó haber descubierto un nuevo Dylan. Se lo contó emocionado a su socio y unos meses más tarde, saldría a la luz el primer LP de Sixto Rodríguez, “Cold Fact”. Al año siguiente, grabarían el segundo, “Coming from Reality”. Pero ambos álbumes fueron un fracaso; apenas se vendieron unos cuantos discos. Nadie se explicó las razones por las que Rodríguez no caló en el público y mucho menos los dos productores que apostaron por él. Tal vez fuera por su origen mejicano, tal vez por la dureza de la letras de su canciones, lo cierto es que sus discos no se oyeron más que por un puñado de personas. Y, a pesar de todo, en 1975 se prepararon para sacar el tercer disco. En una de las canciones del nuevo álbum, como si de una premonición se tratase, se hablaba de alguien que era despedido de su trabajo dos semanas antes de Navidad: “Cause I lost my job two week before Christmas/ And I talked to Jesus the sewer”. Porque justo dos semana antes de Navidad, le rescindieron el contrato y Sixto Rodríguez se perdió en el olvido de los que no lo llegaron a conocer.






Y mientras Rodríguez volvía a levantar paredes como albañil de la construcción; mientras se convertía en una pieza más de una cadena de montaje en alguna fábrica de automóviles; sin nada: ni casa ni coche, ni perro; mientras dormía allí donde le encontraba el sueño; mientras volvía a ser un mejicano más en Detroit, sus canciones hacían furor en el otro lado del mundo.

No podría decir cómo fue la llegada de las canciones de Sixto Rodríguez a Sudáfrica, porque una llamada al móvil distrajo mi atención y aunque rebobiné la película, algo se me debió escapar. La llamada me dejó pensativa, por lo que de nuevo me sumergí en mis pensamientos. Cuando volví a la historia de Sixto Rodríguez, la juventud blanca de este país que se encontraba en las antípodas de Estados Unidos se volvía loca por las canciones de “Cold Fact”.

Eran los años más duros del Apartheid, los años setenta y ochenta. El régimen aplastaba con su bota cada florecilla que despidiera, aunque sólo fuera levemente, aromas a libertad. En las pocas casas en las que había un aparato de televisión no veían más que los programas censurados por el gobierno o la cara irascible del presidente. Y en este ambiente, el disco de Sixto Rodríguez atrajo a los jóvenes con hambre de rebeldía. Sus canciones grabadas en cintas de cassette circulaban de mano en mano mientras la juventud blanca sudafricana repetía las letras como si se trataran de mantras de liberación. Historias escritas a miles de kilómetros de allí parecían dirigirse a ellos, jóvenes blancos de aquella sociedad oprimida. No había fiesta en la que no sonaran sus composiciones y, a pesar de los esfuerzos por acallarlo, Sixto Rodríguez era en Sudáfrica más popular, más famoso, que Elvis o los Beatles.

Pero pese a ser el héroe de aquella juventud, Sixto Rodríguez era un desconocido. No se sabía de su vida sino lo que contaban las letras de sus canciones. Circulaban miles de historias sobre él. Todos daban por cierto que estaba muerto, que se había suicidado durante un concierto al no soportar la mala acogida del público; que se había inmolado ante la horrorizada mirada de los espectadores. Para los jóvenes sudafricanos, Sixto ocupaba un puesto de honor entre los héroes que abandonaron este mundo antes de claudicar a los convencionalismos.

Stephen Segerman era el dueño de una tienda de discos al que todos conocían como Sugar Man y Craig Strydom, un periodista que se volvía loco por las canciones del mejicano. No tenían en común sino el afán por descubrir la identidad de Sixto Rodríguez. Así que emprendieron una investigación para desvelar el misterio que rodeaba al cantante. Comenzaron sus pesquisas rastreando las letras de sus canciones buscando entre sus líneas alguna pista sobre su paradero. Así adivinaron que el admirado cantante procedía de Detroit. Gracias a la investigación de las relaciones entre las casas discográficas, se pusieron en contacto con Mike Theodore, uno de los productores de “Cold Fact´, el primer disco de Sixto Rodríguez. Y fue este productor el que les dijo que el cantante seguía vivo, que su suicidio no era más que parte de una leyenda forjada en la punta africana. Y, así averiguaron también que, mientras en Sudáfrica era el cantante más célebre, en Estados Unidos, el país donde había vivido desde niño, era un desconocido que vivía casi en la miseria.

Mientras tanto, Segerman había creado una página en internet con un Foro para conseguir más información. Un día encontró en ella el mensaje de alguien que decía ser la hija de Sixto Rodriguez. En la nota, dejaba su número de teléfono para que el dueño de la tienda de discos se pusiese en contacto con ella.

A partir de entonces, la historia contada en el documental, que hasta entonces pertenecía al género del misterio, se transformó en un cuento de hadas. 

En Sudáfrica se pusieron en marcha y organizaron una gira de conciertos para Sixto Rodríguez. El cantante que, hasta entonces se había movido en la marginalidad, se vio envuelto en un mundo de lujo desde que pisó suelo sudafricano con sus tres hijas: limusinas, suites en hoteles de cinco estrellas, grandes restaurantes... Y a cada paso, gente enfervorizada por verlo, por oírlo.

Creí que se me salía el corazón del pecho cuando las imágenes recogieron los primeros minutos de uno de sus conciertos. Un estadio a rebosar de admiradores gritando y llorando. ¿Es posible imaginarse lo que debió sentir aquel obrero de Detroit cuando subía las escaleras que le llevaban hasta el escenario? El bajo arrancaba las primeras notas de “I wonder” pero los gritos de la gente no permitían empezar a cantar a Sixto, que contemplaba incrédulo las gradas repletas de admiradores. Durante minutos que debieron de parecerle una eternidad, el bajo repetía una y otra vez los acordes de la canción mientras yo, casi dos décadas después, me contagiada de la emoción desbordada. Y es que a veces se concitan las estrellas del cielo para hacer realidad los sueños.

Después de la fabulosa gira por Sudáfrica, Sixto Rodríguez volvió a Detroit, a su vida oscura de siempre. Todo lo que ganó lo repartió entre sus seres queridos y él continuó con su modesta existencia.

Cuando terminó la película, me sentía tan emocionada que la puse de nuevo para apreciar los detalles que me había perdido. Hacía mucho tiempo que una historia no me había impactado tanto. Busqué sus canciones en You Tube; envié los enlaces por correo electrónico a todos mis amigos. Y las escuché una y otra vez hasta aprendérmelas casi de memoria.





II
Llevaba varios meses rompiéndome la cabeza en busca de una historia distinta. Pero, por más que lo intentaba, todos los cuentos que escribía me parecían variaciones sobre la misma historia. Personajes femeninos y masculinos se intercambiaban los papeles sin gracia y no conseguía que saltase la chispa de la originalidad. Tenía empezados varios relatos pero todos me parecían de cartón, sin vida. Me leía páginas y páginas de Wikipedia buscando alguna historia que me inspirase, pero en ninguna encontraba nada especial que me encandilase. Teresa, siempre tan entusiasta, se transformó en la más feroz de las críticas. No hacía más que repetirme que probase nuevos registros, pero yo no lograba escribir una línea que me satisficiera. 

Entonces recordé la historia de Sixto Rodriguez. Pero, ¿cómo enfocarla para no caer en el plagio?

Pasé varios días leyendo todo lo que circulaba por la Red sobre el cantante de “I wonder”. Y, así, me encontré la historia de la película “Searching for Sugar Man”, la historia de Malik Bendjelloul, su director.

Malik era un joven de mirada curiosa y amables maneras que había nacido en Suecia tres décadas antes de dirigir la película que cambiaría su destino. Su espíritu escondía la pasión de un padre argelino y la sensibilidad de su madre, una pintora sueca. Desde muy joven, su vida estuvo marcada por la música y la necesidad de contar a su manera las historias que encontraba a su paso. En la universidad formó parte de una banda de música y antes de encontrar al Hombre de Azúcar, ya había dirigido otro documental sobre un cantante.

En 2008 durante un viaje a Sudáfrica, conoció a Segerman, el dueño de una tienda de discos de Ciudad del Cabo al que todos conocían como “Sugar Man”. Segerman le contó la historia más alucinante que había oído hasta entonces. Le habló de una joven norteamericana que había viajado desde Estados Unidos al país del Apartheid para visitar a su novio. Llevaba en la maleta un disco titulado “Cold Fact” que se convertiría en el más escuchado de la juventud blanca de los años ochenta mientras el cantante y autor de sus canciones era un paria desconocido en su propio país.

Malik quedó fascinado por aquella historia que más parecía una leyenda de otros tiempos que el relato sobre un hombre de carne y hueso. En una decena de postales le fue desgranando a una amiga la historia que le bullía en la cabeza y, a su regreso a Suecia, emprendió la aventura que le llevaría a ser galardonado con un óscar al mejor documental.

Durante cinco años recorrió Sudáfrica y Estados Unidos documentándose, entrevistando aquí y allá a quien le pudiese dar una pista sobre Sixto Rodríguez. Durante mil días y con apenas un puñado de coronas suecas, él mismo dirigió, editó y montó la película; él mismo escribió la música incidental, los títulos y los créditos. Habló con decenas de personas que habían tenido relación con Sixto Rodríguez y tuvo que desplegar todas sus dotes de seducción para convencer al cantante de origen mejicano para que participase en su película, pues, celoso de su vida anónima, se negaba a dejarse ver en la cinta. Cuando a Malik le abandonó el productor, tuvo que buscarse otro. Un documental que no iba a durar más que unos pocos minutos se convertió en un largometraje; un documental que parecía destinado a dormir en el olvido como los discos de Sixto Rodriguez dio la vuelta al mundo al ritmo de la guitarra del Hombre de Azúcar.  

Primero fue la acogida de la crítica. Como muestra, el “USA Today”, que la calificó de cautivadora y estimulante. Después el público, que también quedaría cautivado con la trama desvelada mientras se intercalaban entrevistas, canciones de Sixto Rodríguez e imágenes fascinantes, algunas de archivo, pero otras grabadas con un simple iPhone. Finalmente, fue la sucesión de premios que recibió dentro y fuera de su país. Desde el Premio a la Mejor Película Independiente Internacional (2012), otorgado por el cine independiente británico hasta el Oscar al mejor documental largo (2013).

En una entrevista concedida a Televisión Española cuando vino a nuestro país a promocionar “Searching for Sugar Man”, Malik dijo de su película: "Es inspiradora y está llena de esperanza. Es una historia optimista". Pero a él, que la historia de Sixto Rodriguez lo inspiró para hacer un gran documental, no le ofreció la suficiente esperanza para seguir viviendo.

Según contó su hermano, Malik llevaba tiempo arrastrando una fuerte depresión, pero ni siquiera sus amigos más cercanos se dieron cuenta de ello. Lo tenía todo. Compartía su vida con Brittany Huckabee, una directora de cine independiente norteamericana y disfrutaba del reconocimiento de la crítica y del público. Sin embargo, la esperanza y las ganas de vivir lo abandonaron: el 13 de mayo de 2014 se quitó la vida con tan sólo treinta y seis años.

Las historias de Malik y Sixto Rodríguez parecen salidas de una de esas películas que se llevan los grandes premios, como las que encandilan al público. Podían inspirar cientos de historias pero las de ellos tienen por sí solas todos los ingredientes de una buena novela sin necesidad de adornarlas con los artificios de la literatura. Nos cuentan que, a veces, un capricho del destino puede poner el mundo en tus manos; que los sueños, hasta los más extravagantes, se pueden hacer realidad. Aunque, a veces esos mismos sueños se quiebren, como se quebraron los de Malik.

Me hubiera gustado que estas historias hubiesen salido de mi imaginación. Si así hubiese sido, estarían repletas de descripciones de ambientes llenos de colorido: Los bajos fondos de Detroit, los tejemanejes de la industria discográfica, la vida en Sudáfrica en los años ochenta, los viajes de Malik para recopilar material y hacerse eco de tantos testimonios... Pero creo que las historias tal como fueron son tan elocuentes que no tengo derecho a estropearlas con aderezos novelescos de mi fantasía. Aun así, he querido compartirlas con ustedes.

Para terminar, y como si con ello se cerrase el círculo, les contaré el último episodio de esta historia. El 15 de mayo de 2014, dos días después de que Malik se quitase la vida, Sixto Rodríguez ofreció un concierto en homenaje al hombre que le había rescatado del olvido. Sonaron las canciones que lo encumbraron en Sudáfrica: “Sugar Man”, “I wonder”, “Forget it”... Al final del espectáculo, el cantante dirigió unas palabras a su amigo: 

—La muerte de Malik ha sido un shock. Era un artista muy talentoso y muy trabajador. 

Tan talentoso y trabajador, como él, Sixto Rodríguez, añadiría yo.