viernes, 19 de febrero de 2016

El sol sobre las dunas del desierto








Salem se levantó a las seis menos veinte de la mañana, mucho antes de que sonase el despertador. La evocación de los últimos años no le había dejado dormir sino un par de horas en toda la noche. Pasó la lengua por sus labios resecos; sentía la lengua pastosa. Aquel iba a ser su último día y en su corazón se confundían el deseo de ponerse en camino y la pena por dejar atrás los años vividos en el país en el que nacieron y crecieron sus hijos. A su lado, su esposa Yasmina hablaba entre sueños. Su respiración era entrecortada. De vez en cuando dejaba escapar palabras sin sentido o pronunciaba un nombre: Salem, Yusuf, su hijo, Fátima, la niña. Pero no llegaba a despertarse.

─Está tan nerviosa como yo ─pensó con ternura olvidando la fuerte discusión del día anterior─. Yo me he pasado la noche en vela excitado por la cercanía del próximo viaje y Yasmina tiene sueños agitados por la misma razón.

Dejó la habitación de puntillas, sin atreverse apenas a respirar no fuese a despertarla. Al salir del dormitorio, estuvo a punto de caerse al tropezar con un bulto: la casa estaba llena de ellos; paquetes por aquí y por allá que anunciaban la inminencia de un largo viaje. Cerró con cuidado la puerta del dormitorio y la de los niños para no perturbar su sueño con el ruido. Casi sin tocar el suelo entró en la cocina. Al encender la luz, le costó reconocerla al verla ya desmantelada. 

No encontró el paquete de té verde: debía de estar sepultado en alguna de las cajas que esperaban en el suelo el momento de la partida. Así que echó mano del bote de Colacao de los niños. Mientras se preparaba el desayuno, su mente revoloteaba alrededor de los recuerdos. Regresó al momento en el que, dieciocho años antes, conoció a Yasmina en la tienda de comestibles árabes que tenía el padre de la joven al otro lado de la calle en la que vivía Salem. Por aquel entonces, se sentía a menudo atrapado por la añoranza de su pueblo. A pesar de llevar en España cinco años, no se había acostumbrado al frenesí de la vida en la gran ciudad. El ruido de los coches lo aturdía, la altanería con la que le trataban algunas personas le indignaba y las maneras desenvueltas de las mujeres le conhibían. A menudo le asaltaba la sensación de estar solo en aquel mundo donde muchos de sus compatriotas se mimetizaban con el entorno y adoptaban costumbres extrañas. 

Pero su soledad desapareció el día que traspasó el umbral de la tienda de comestibles del señor Jalil. En el mismo momento que entró en el comercio, se sintió como si hubiese vuelto a la casa de su padre. Se convirtieron en costumbre las visitas al finalizar su jornada laboral, aunque no tuviese nada que comprar; sólo por pasar un rato de charla con el anciano señor; que a él le parecía un anciano pese a no tener sino unos pocos años más de los que ahora tenía Salem. Cuando entraba en la tienda, le gustaba perderse entre los mil y un productos que el viejo tendero ofrecía a sus clientes: embriagarse con el aroma a té y a yerbabuena, enterrar las manos en los sacos de semillas de sésamo, pasear la vista por los alegres colores de la alfombra que le daba la bienvenida mientras sus oídos se deleitaban con la música de su infancia que salía de un tocadiscos que debía de tener aún más años que el viejo señor Jalil. La tienda ofrecía tantos artículos, que Salem se creía en la Cueva de Alí Babá: Cuscús de Marruecos, leche fermentada del Líbano, limón seco de Persia, verduras del Kurdistán, ocra de Turquía... Salem siempre acababa dejándose tentar y llenaba su bolsa de delicias exquisitas. Es cierto que su mayor tentación no eran las golosinas que se le ofrecían a la vista sino la amena charla del señor Jalil. Al anciano le encantaba la charla, perder la noción del tiempo mientras evocaba sus años de juventud en un pueblo muy parecido al que recogió la infancia de Salem. Así no era de extrañar que uno por el gozo de ser escuchado y el otro por el afán de sacudirse la soledad esperasen ambos con impaciencia las tardes de conversación.

Una mañana, de camino a la casa en la que trabajaba como pintor, entró en la tienda engolosinado por unos dulces saudíes que se exponían en el escaparate. Estuvo a punto de salir del comercio cuando vio que detrás del mostrador no le recibía la estruendosa carcajada del viejo Jalil sino los apacibles ojos negros de una joven. Invadido por una repentina timidez, se le enredaba la lengua y no acertaba con las palabras. La joven, que parecía sorprendida por la turbación del muchacho, se cubrió de rubor. Las miradas de uno y otro se buscaban y, al encontrarse, huían azoradas. Ninguno de los dos se hubiera decidido a hablar si no hubiese entrado en la tienda un cliente. Salem, entonces, avergonzado de su apocamiento, cogió un paquete de té de menta y salió del comercio prendado de la belleza de la joven tendera.

A partir de aquel día, se dejaba caer en el comercio cada mañana antes de ir a a trabajar sin importarle si tenía que dar un rodeo en su camino hacia la casa que había de pintar. Traspasaba el umbral de la tienda de comestibles con el corazón danzando en su pecho y la respiración entrecortada anticipando el encuentro con la muchacha de los ojos del color de una uva tinta madura; mas la esperanza se desvanecía como un azucarillo en un vaso de agua cuando, tras el mostrador, no le daba la bienvenida sino la sonrisa del viejo Jalil. Salem no quitaba ojo de la cortina de colores que separaba la tienda de la vivienda buscando sorprender a la joven. Pero en aquellas visitas matinales nunca la vio. Tuvo que esperar unas semanas para encontrarse con ella en casa de su amigo Ahmed.





Salem tomó un sorbo del Colacao. No pudo reprimir una mueca de asco; le causaban repugnancia las bebidas con leche tibia: tenía que tomarlas o muy frías o ardiendo para que fuesen de su agrado. Pero su mente distraída en el pasado le había hecho perder el tiempo en tanto se le enfriaba la leche chocolateada. Echó un rápido vistazo a su reloj. Ya pasaba de las siete. Tenía que darse prisa si no quería llegar tarde. Se había comprometido con el señor que le había contratado en terminar de pintarle la casa aquel día. Cogió la tartera del almuerzo que Yasmina le había preparado la noche anterior y salió a grandes zancadas a la calle.

A aquella hora tan temprana el metro ya iba abarrotado de viajeros. Como si se tratara de una Babel moderna, se confundían a su alrededor gente venida de todos los rincones de la Tierra. Por aquí y por allá se veían personas de distintos colores, blancas, negras, cobrizas, amarillas... Personas hermanadas por el mismo fin: llegar a tiempo a sus trabajos. Por fortuna, Salem no hubo de esperar mucho para subirse al vagón que lo llevaba a su destino. No había ningún asiento libre por lo que buscó un lugar cerca de las puertas de salida y, agarrado a la barra, dejó que el recuerdo de la joven Yasmina le hiciese compañía en el largo trayecto de quince estaciones que tenía ante sí.




No volvió a ver a la hija del señor Jalil hasta que la encontró en casa de Ahmed. Su amigo y él habían compartido una habitación alquilada cuando de llegaron su pueblo natal pero, desde que la hermana de Ahmed y su marido llegaron a España, cada uno vivía en un sitio distinto. Aun así, se veían casi todos los días. Como amigo de la familia, Salem era invitado con frecuencia a comer o a cenar en casa del cuñado de Ahmed. El domingo en que conoció a Yasmina la excusa para la invitación fue un partido de fútbol entre el Real Madrid y el Barcelona. Salem se había convertido en forofo madridista desde que vio a su equipo ganar un partido contra el Chelsea al poco tiempo de llegar a España, mientras que Ahmed y su cuñado presumían de culés, no sabía si por convicción o para pinchar al joven quisquilloso. 

Ante lo especial de la ocasión, la casa se llenó de compatriotas que llegaron cargados de golosinas que endulzaron a la cena que se improvisó con motivo de tan importante acontecimiento deportivo. El cuñado de Ahmed se preciaba ser el más próspero de aquella comunidad con su negocio de mantenimiento del hogar en el que tenía contratado a Salem como pintor de brocha gorda. No era, pues, de extrañar que fuera el único que tuviese un canal de televisión de pago para ver los partidos importantes de fútbol.

Entre los invitados, no podía faltar el señor Jalil, que, por su edad, era uno de los más respetados de la comunidad. Apareció cuando ya había comenzado el partido acompañado de su familia. Yasmina, que así se llamaba su hija, era la misma joven que lo atendió en el comercio días antes. Salem la vio un instante mientras saludaba a la hermana de Ahmed rodeada de su madre, sus tías y sus primas. Pero la perdió de vista cuando se formaron dos grupos en la casa: el de los hombres, que ocuparon el salón para ver la televisión, y el de las mujeres, reunidas en la cocina. Salem sabía que por ser tan rígida la separación por sexos, no le iba a ser fácil acercarse a la joven pero ello no le impedía ir una y otra vez a la cocina con el más insignificante pretexto: que si se les habían terminado los pistachos, que si querían más té... Cualquier excusa era buena con tal de ver un momento a la joven de ojos de color uva tinta. Pero no logró de ella más que unas cuantas miradas de soslayo.

Debió de despertarse el instinto de casamentera de la hermana de Ahmed al darse cuenta de las fugaces miradas que se intercambiaban Salem y Yasmina porque, después de aquel día, no había tarde de domingo que no fuese invitado el joven sin que se encontrase con la bella muchacha. La hermana de Ahmed, contraviniendo todas las reglas de su pueblo, se las ingeniaba para sentarlos juntos, pero la timidez de uno y la modestia de la otra no ayudaban a animar la conversación y hubieran permanecido en silencio hasta el Día del Juicio de no ser porque la dueña de la casa hacía de intermediaria dirigiendo su charla y sus preguntas unas veces a Salem, otras a Yasmina. Aquella situación se prolongó durante semanas hasta que un día, alentado por su amigo, la pidió en matrimonio al señor Jalil.





A pesar de la aglomeración del metro y de haber perdido el autobús que le llevaba a su destino, Salem llegó a la casa que tenía que pintar con media hora de antelación. Estuvo remoloneando en torno al edificio para hacer tiempo hasta el momento de la cita. La mañana estaba fría y no le bastaba con soplarse entre los dedos para que las manos le entraran en calor. Tal era el frío que, cuando le abrió la puerta la dueña de la casa, parecía un perro asustado. 

Pasó la mañana pintando las habitaciones que le quedaban del día anterior; para la tarde, tenía previsto dar una segunda mano al resto. A la una y media, ya había terminado de dar la capa de pintura a las paredes del dormitorio de los niños. Miró a su alrededor satisfecho del resultado. La habitación parecía bañada por la luz del sol debido al color albaricoque recién dado. Cuando se secaran, pensó, el color perdería buena parte de la intensidad hasta adquirir un tono desvaído, casi blanco, pero a él le gustaba más aquel color entre anaranjado y rosáceo. Era como si estuviera en mitad del desierto, a pocos pasos del pueblo donde nació. Si aguzaba el oído, podía oír al viejo muecín convocándolos a la oración. Durante unos minutos, se dejó llevar por los recuerdos de la infancia y se vio correteando descalzo por las calles polvorientas del pueblo detrás de Ahmed, el chico más valiente de la escuela. 

Ahmed, con trece años, le había enseñado a sacar propinas sustanciosas de los turistas europeos que pasaban por el pueblo camino de la capital para pernoctar una o dos noches y gozar de una verdadera experiencia en el desierto. Como hijo de camellero, su amigo aprendió pronto los caminos que más apreciaban aquellos extranjeros. Los llevaba hasta el valle desde donde se podía contemplar un sol como una hogaza de pan deslizarse entre las dunas hasta desaparecer en la noche. 

Una vez, llegó al pueblo un primo de la madre de Salem. Era mayor que su padre pero parecía mucho más joven. Venía de España, donde unos años antes había emigrado en busca de una vida mejor. En Europa, decía, todo el mundo se hacía rico por poco que trabajase. Traía un coche azul cielo, más grande que las casas de adobe, que despertaba el asombro y la admiración no sólo de los niños, también de los adultos que pensaban que tales vehículos no eran cosas sino de los turistas extranjeros. Viéndose rodeado de la admiración del pueblo, gustaba fanfarronear de su vida más allá del desierto. Decía ser un hombre rico y respetado en toda España y amigo de los más poderosos del país. Los dos amigos adolescentes se sentaban con él a la puerta de la barbería del padre de Ahmed para que les contase una y otra vez las mismas historias sobre el país europeo. Maravillados le escuchaban sin mover ni una pestaña mientras les hablaba de ciudades iluminadas con luces de colores durante toda la noche, edificios que tocaban el cielo y coches al alcance de cualquiera. Ante oyentes tan rendidos, el emigrante se dejaba llevar por la imaginación y él mismo se creía sus exagerados cuentos. Y al terminar la charla, los dejaba soñando con tales maravillas.

El día que se despidieron del emigrante, Salem y Ahmed subieron hasta la mezquita. Allí, con la vista hacia la Meca, juraron que, en cuanto llegaran a la edad adulta, atravesarían el desierto y surcarían el mar para conquistar las tierras maravillosas de aquel país extranjero.

Pero a Salem nunca le gustó del todo aquel país tan alejado de su pueblo. Añoraba el aire del desierto, las tormentas de arena, el silencio de las noches roto únicamente por el ladrido de los perros, a su madre cuando lo llevaba de la mano a coger agua del pozo... Por ello, desde que pisó tierra española, se prometió regresar tan pronto reuniera el dinero necesario para llevar una vida digna en su tierra, con los suyos. No obstante, pareció olvidar su promesa en sus primeros años de matrimonio, cuando su familia daba los primeros pasos y la vida giraba en torno al barrio en el que tenía su casa y la escuela de sus hijos en tanto crecía la consideración en que le tenía la comunidad de musulmanes. Y, así, el tiempo pasaba mientras él iba retrasando su partida.



A las dos de la tarde hizo un alto en su trabajo. Se sentó en el hueco de la escalera que separaba una planta de otra del edificio y fue sacando de la tartera las delicias que le había preparado Yasmina. Pero su mente se hallaba tan lejos de allí que no se daba cuenta ni del exquisito zaalak de berenjenas que, sabiendo su esposa que se trataba de su plato favorito, había guisado para complacerlo como signo de paz entre los dos después de la horrible discusión de la noche anterior.




Yasmina y Salem se casaron en verano, aprovechando unas vacaciones en las que fueron a su país. No hubo viaje de luna de miel como lo entienden los europeos, pero en el recuerdo de Salem se confunden los días de aquel mes de julio en el que recorrieron el querido Marruecos de Norte a Sur, de Este a Oeste, visitando a los parientes de ambos. Asistían entre asombrados y envanecidos a las muestras de cariño de mujeres que veían por primera vez y recibían los besos de niños que los miraban con reverencia. Yasmina, tímida como era, le decía a su esposo que se sentía como una impostora cuando la trataban como si fuese una actriz venida de Hollywood. 

Se despidieron de las dos familias y del país que los vio nacer con el equipaje cargado de parabienes y deseos de un próximo reencuentro, pero habrían de pasar años antes de que Salem pudiera preparar el viaje de regreso a su país natal.

En cuanto llegaron a Madrid, se sumergieron en el trajín de la ciudad sin que les quedase apenas tiempo para recordar el país que habían dejado atrás. Eran los años de esplendor de la construcción. A Salem no le faltaba nunca trabajo en la empresa del cuñado de Ahmed e incluso le salía aquí y allá alguna chapuza que le proporcionaban buenas pesetas primero, un puñado de euros después. Yasmina también ayudaba haciéndose un nombre con un pequeño negocio de costura a domicilio. 

Desde el principio de su matrimonio, se creó entre ellos una relación muy distinta de la que Salem recordaba que habían tenido sus padres. Yasmina, pese a su temperamento reservado, en la intimidad con su marido siempre se mostraba alegre y parlanchina. Cuando, al caer la tarde, llegaban a casa, lograba sacudirle la fatiga de la jornada contándole anécdotas divertidas sobre las clientas para las que cosía y, con su dulzura, le hacía olvidar la añoranza por el desierto. Los viernes iban juntos a la mezquita y los sábados por la tarde, si el tiempo era benigno, les gustaba pasear cogidos de la mano, como hacían los españoles, mientras se deleitaban con un helado de vainilla por el Parque del Retiro; pero, si el tiempo no les era propicio, visitaban a los vecinos de la comunidad marroquí que vivían en el barrio.

Al año de su boda, nació Yusuf, el orgullo de Salem, y, antes de empezar a dar los primeros pasos, ya estaba de nuevo embarazada Yasmina. Esos primeros años de su matrimonio los recuerda Salem como los más dichosos de su vida. No sólo veía crecer a sus hijos alegres y sanos, sino que tenía más trabajo del que podía abarcar. 




A las cinco de la tarde, Salem terminó de pintar la casa: la última que había de pintar en España. El español que le había contratado le pagó por su trabajo y él recogió sus cosas con la parsimonia de quien sabe que no va a repetir los mismos gestos ya más. En la calle lo esperaba una lluvia tan fina que, pese a calar enseguida, apenas se notaba. Enfiló la calle hacia el metro con paso rápido para mojarse lo menos posible y bajó las escaleras a saltos como si tuviera quince años menos. A esas horas, los vagones estaban llenos de madres con niños cargados con sus mochilas, aun así vio con alivio que había un asiento libre. Se bajó dos estaciones antes de llegar a la que le correspondía y subió por la callejuela que conducía al instituto en el que estudiaban sus hijos: le daría una sorpresa a Fátima que no esperaba que fuera a recogerla en su último día de clase. Por el camino, lo iban saludando personas que, a lo largo de los años, se habían convertido en parte de su familia. A medida que se aproximaba al centro escolar iba aminorando el paso. No estaba seguro de ser bien recibido: aunque su hija era la que menos oposición le había mostrado en su proyecto de regresar a Marruecos, él sabía que tampoco estaba conforme.

La vio desde lejos hablando con dos chicas de su clase antes de que ella se diera cuenta de su llegada. Era mucho más menuda que sus amigas; vista desde la distancia nadie pensaría que tenía casi trece años. Sus gestos delataban una gran agitación. Tal vez se estaba despidiendo y las otras niñas la estaban consolando. Salem dejó que asomara una sonrisa a sus labios: Fátima enrabietada regresaba a sus primeros años de la infancia, cuando, si no podía salirse con la suya, se refugiaba en sus brazos buscando la complicidad a sus caprichos. Pero esta vez, su niña no lo recibió con el mismo alborozo que de pequeña. Cuando Fátima se percató de su presencia, se colgó al cuello de una de sus amigas y, anegada en llanto, se negó a irse con su padre. Salem, compadecido, la dejó quedarse con ellas después de hacerle prometer que no llegaría muy tarde a casa. Hizo como si no se diese cuenta de su aspecto tan poco decoroso: la cabeza medio descubierta, el hiyab a medio desanudar, el vuelo de la falda subido dejando entrever el inicio de la rodilla. Ya habría tiempo de enseñarla a comportarse con decoro.

De camino a la que había sido su casa desde hacía tantos años, la tristeza iba apoderándose de Salem. ¿Es que nadie en su familia comprendía que había tomado aquella decisión por el bien de todos?, ¿que en España siempre serían vistos como extranjeros?, ¿que en Marruecos nadie los miraría con desconfianza? ¿Cómo era posible que Yusuf, un joven musulmán inteligente, hijo suyo, dijera que se sentía antes español que marroquí?, ¿que Fátima tuviera más en consideración a sus amigas del instituto que a sus primas del otro lado del mar?, ¿cómo era posible que Yasmina no lo apoyara en aquel momento, que no comprendiese sus sentimientos después de tantos años de vida juntos?






Salem empezó a hablar del regreso a Marruecos poco antes de que sus hijos entrasen en la adolescencia. Después de diez años de prosperidad y de felicidad, no paraba de hablar de su infancia en una aldea del desierto y de su deseo de volver a algún día. Como le ocurriera a él y a su amigo Ahmed de niños con las historias sobre Francia que contaba el primo de su madre, Salem encandilaba a sus hijos hablándoles de las casitas de adobe, de la luz del sol sobre la arena del desierto... y los ilusionaba con un fabuloso futuro en un país salido de un cuento de las Mil y una noches. Al principio sólo era eso: un sueño del que se habla sabiéndolo inalcanzable. Yasmina alimentaba este fantástico sueño cuando, al caer la noche, se sentaba a su lado con una labor entre las manos y bordaba para él planes de un futuro en Marruecos.

Pero aquella fantasía para entretener a sus hijos y soñar con su mujer se convirtió en una obsesión tras los atentados terroristas del once de marzo de dos mil cuatro.

La noticia corrió como la pólvora entre los pasajeros que viajaban en el autobús que le llevaba a la casa que iba a pintar aquella mañana. Todo el día unos y otros especularon sobre la autoría de tan horrible crimen y, cuando se descubrió que los responsables eran de Marruecos, Salem rompió en llanto. ¿Cómo era posible que hermanos suyos cometieran tal atrocidad? Por un instante, se sintió culpable y en medio de la calle en la que se encontraba estuvo a punto de arrodillarse y pedir perdón a Dios, al mundo y a las familias por tanto dolor. Durante un mes guardó silencio como señal de duelo. Su mente no comprendía lo sucedido y andaba como perdido sin atender a lo que sucedía a su alrededor. Luego, poco a poco fue volviendo a la realidad aunque no le abandonó la tristeza que permaneció acurrucada en sus ojos.



Ante Yasmina y sus hijos, Salem escondía su pesar para no contagiarlos de su desdicha, pero, a veces, mientras degustaba una taza de té, su mirada se perdía en el vacío y su mente regresaba a la infancia donde la inocencia lo protegía de la maldad que andaba suelta en el mundo.

A menudo, le parecía sorprender en la gente que se cruzaba en su camino miradas recelosas y creía ver en los ojos de aquellos desconocidos una acusación. Nunca como entonces se sintió tan extraño, un extranjero, en aquella tierra tan lejana del desierto. Y cuando se lo contaba a Yasmina, siempre acababa diciendo:

─No nos quieren, Yasmina, no nos quieren.

Ella intentaba cada mañana levantarle el ánimo haciéndole recordar los muchos momentos felices que habían pasado en España. ¿Cómo no amar el país en el que se habían conocido y enamorado?, ¿cómo no amar el país en el que habían nacido sus hijos? ¿Acaso no habían prosperado en los años que habían vivido en España?, ¿acaso los que lo conocían, españoles y marroquíes, no apreciaban su bondad y laboriosidad?


Por un tiempo, Salem pareció resignarse. Aunque los negocios de la construcción ya no eran tan prósperos, su nombre era conocido e inspiraba confianza, por lo que pocas veces le faltaba trabajo. Con el paso de los años, fue volviéndose más y más silencioso. Ya no entretenía a sus hijos con las historias sobre la vida del desierto ni les contaba los cuentos que oyera de niño; sólo en raras ocasiones le hablaba a Yasmina de sus planes de regresar a Marruecos. Mas, al llegar la noche, cuando todos dormían y la casa se quedaba en silencio, dejaba que su mente volviera a los años de la infancia y que su corazón se colmase de añoranza.


Hacía poco más de un año que una carta llegada de su pueblo le había despertado de la apatía. La misiva había estado dando vueltas por España y sólo el azar la había puesto en manos de Salem. La dirección del sobre estaba incompleta y la habían escrito unas manos inexpertas con unos rasgos muy rudimentarios: la letra de alguien que se había puesto al dictado de su madre que no sabía leer. Salem abrió el sobre con inmensa aprensión. Sabía que la buena mujer no le escribiría si no era para comunicarle malas noticias. Y así era, porque en la carta le rogaba que regresase al pueblo a ver a su padre que estaba gravemente enfermo.


Salem nunca se perdonó no haber llegado a tiempo para despedirse de su padre. No pudo permanecer en el pueblo más que una semana pues ese fue el permiso que le dio el cuñado de Ahmed. A su regreso, no contó mucho de los días pasados en su querido país. Apenas podía recordar el rostro surcado de arrugas de su madre, las visitas de condolencia de unos cuantos parientes y el aire seco que venía del desierto. Pero, a la semana de su vuelta, ya había resuelto que retornaría a Marruecos con su familia para hacerse cargo de la barbería de su padre.


A Salem le cogió desprevenido la oposición de su familia, pero lo que más le dolió es que Yasmina no se pusiera de su parte. Yusuf dejó claro que era español; musulmán, pero español. 


─¿Qué pinto yo en un desierto donde no hay más que arena y cuatro camellos? ─le gritaba su hijo como si no supiese que le estaba rompiendo el corazón─ Mi vida está aquí, con mis amigos, mi instituto, mi grupo rapero. Mi gente es ésta, ¿qué tengo yo que ver con esos extraños por más primos que sean?


Fátima, desde niña muy unida a su padre, era la que menos le replicaba, pero no podía reprimir las lágrimas cuando la intentaba convencer de las maravillas de la vida en el pueblo. Y Yasmina, primero con dulces palabras, con más y más airadas después, trataba de disuadirlo de lo que calificaba horrible plan. Por primera vez desde que se vieron en la tienda del señor Jalil tantos años atrás, se perdieron el respeto diciéndose lo que más daño les hacía. Pero ninguna discusión fue tan fuerte como la que tuvieron la noche anterior, dos días antes de la partida hacia una nueva vida en Marruecos. Salem la acusó de mala esposa y la amenazó con imponer su autoridad por la fuerza, si fuese necesario. Asustada por ver a su marido dominado por la ira, Yasmina silenció sus reproches. No volvió a insistir en lo infelices que serían sus hijos tan lejos del hogar en el que habían nacido y crecido ni le abrumó diciendo que el Marruecos que buscaba no existía más que en su imaginación ni volvió a decirle que hacía mucho tiempo que había dejado de ser el joven que veintitrés años salió su pueblo en busca de una vida mejor; que ya no era sino un hombre acostumbrado al ajetreo y las comodidades de una gran ciudad. No. Yasmina no dijo nada. Bajó la cabeza y, en silencio, le ayudó a guardar en cajas las pertenencias que iban a llevar.


Salem pasó la noche atormentado. Por su mente se paseaban los recuerdos de sus años en España entrelazados con las palabras de Yasmina y las de sus hijos. Ahora que se iba a hacer realidad su sueño de regresar a Marruecos, lo asediaban las dudas. ¿Y si ellos tenían razón?, ¿y si estaba condenando a Yusuf y a Fátima a un exilio en el que los acosara la misma nostalgia que a él le había impedido ser feliz durante tantos años?, ¿y si el futuro que les dejaba era convertirse en extranjeros en el país que deberían llamar suyo? El sueño lo abandonó mientras naufragaba en un mar de incertidumbres y a las seis menos veinte, mucho antes de que sonara el despertador, Salem se levantó.





Salem abrió la puerta de su casa pasadas las nueve de la noche. Había estado durante horas vagando por las calles del barrio mientras le perseguían los recuerdos. Al entrar al dormitorio para cambiarse de ropa, oyó las voces de Yasmina y sus hijos que debían de estar preparando la cena en la cocina. La risa de Fátima llenaba toda la casa. ¡Niña al fin, qué pronto se olvidaba de las penas! Se sentó en la cama y sus ojos descansaron en una fotografía perdida en la mesilla. En ella se veían las dunas del desierto bañadas por un sol esplendoroso, redondo como una hogaza de pan. Sintió su alma vacía. En él no había alegría por ver al fin alcanzado su anhelo ni pesar por dejar el país que le había acogido durante más de veinte años ni temor por los años venideros. No sentía sino vacío en el alma. Vacío, sólo vacío.