lunes, 8 de febrero de 2016

Un cuadrado entre círculos








Nota: Este relato lo escribí para el concurso “Torneo de Escritores” de la web Tus Relatos. El tema era libre, pero ellos te daban un título y no podías escribir más de 1.500 palabras.


El ocho de enero, Rosa saltó de la cama en cuanto el despertador dejó oír su melodía a las siete de la mañana. Su marido entre gruñidos intentó que volviera a acostarse. ¿Qué hacía levantándose y haciendo un ruido de mil demonios tan temprano si se había tomado el día libre en la oficina? Pero, cuando Rosa quiso responderle, él ya se había dado la vuelta en la cama dejando oír sus ronquidos. 

No tenía Rosa mucho tiempo que perder si quería estar en la puerta de los Grandes Almacenes a tiempo para coger un buen sitio antes de que abrieran. En menos de diez minutos se duchó, se vistió y, sin detenerse a desayunar, salió como una exhalación del apartamento: ya tomaría algo más tarde. Si corriese tanto para ir a la oficina, pensó, se ahorraría muchas broncas de su jefa. Pero, bueno, esa era otra historia.

Enfiló la Calle de los Tulipanes y, al llegar a la esquina con la Avenida del Petirrojo, el enorme cartel sobre la marquesina la dejó sin aliento. Debajo del anagrama de los Grandes Almacenes, se podía leer a grandes letras rojas: ¡Rebajas al 70%! Se quedó extasiada contemplando el cuadrado entre los siete círculos de este anagrama, dispuesta a dejarse seducir con todas las ofertas. Mas, cuando bajó la mirada a la acera, vio tal multitud, que a punto estuvo de retroceder y tomar el camino de regreso a casa. ¡Puff!, ¡menuda mañana la esperaba! Respiró hondo, preguntó a una señora por el último puesto de la fila y se puso a la cola lista para aguardar las dos horas que aún faltaban hasta que se abrieran las puertas de aquel Edén. 

No llevaba cinco minutos de espera cuando una joven toda vestida de cuero negro con una cresta verde fluorescente llegó corriendo. Al principio, tal fue la sorpresa que Rosa aguantó sin rechistar los calificativos irrepetibles con los que la recién llegada la acusaba de haberle robado su puesto en la cola aprovechando los escasos minutos en los que ella había ido a fumar un canuto. Pero luego, le respondió con los mismos bríos. Alrededor de las dos mujeres se armó un enorme revuelo entre los que daban la razón a la joven y los que decían que ésta, al abandonar su sitio, había perdido el puesto en la cola. Entre gritos y gestos poco armoniosos, las mujeres en liza estuvieron al borde de enzarzarse en una pelea de lucha libre, pero un municipal se entrometió en medio de la contienda en un intento de hacer valer su autoridad y poner orden. Apenas se hacían entender unos y otros, tales eran las voces con las que se dirigían al oficial, pero, finalmente, Rosa, muy ufana, vio como este apuesto policía le daba la razón y, guiñando un ojo a su oponente, retomó su puesto en la fila detrás de una señora que había sacado su labor de ganchillo para engañar la larga espera. 

A pesar de haberle parecido una eternidad el tiempo que duró la pelea, aún tuvo que aguardar hora y media hasta que pudo adentrarse en aquella cueva de Alí Babá. De cuando en cuando, tenía que patear el suelo para evitar los calambres en las piernas y soplarse los dedos de la mano para que no se convirtieran en carámbanos. En un descuido, se abrieron las dos grandes cristaleras que daban entrada a los Grandes Almacenes. Rosa, entonces, tuvo que correr a toda velocidad para no ser arrollada por la estampida de los que, frenéticos, querían ser los primeros en cruzar el umbral. 

Tal era el ansia por hacerse con una ganga que, en menos de lo que dura un suspiro, se vino abajo el exquisito orden que presidía los anaqueles de los artículos en venta. Aquí y allá se veía a un señor tirando de la manga de un jersey; una señora que intentaba esconder su cuerpo voluminoso en un pantalón minúsculo; una joven pizpireta rociándose de perfume; dependientas que se enjugaban el sudor de la frente a pesar de no estar sino empezando la mañana; el encargado del departamento de moda juvenil que corría de un lugar a otro como si no supiera adónde ir... 

Rosa también corría de un lugar a otro sin saber adónde ir. ¡Había tantas cosas bonitas a su alrededor...!

De repente lo vio. Un maniquí esbelto lo lucía en lo alto de una escalinata construida especialmente para él. Era de un color luminoso, entre blanco y crema; tornasolado, con destellos que refulgían para tentarla. Parecía una aparición, la materialización de un sueño. Sólo de verlo, se le cortó la respiración y tuvo que tragar saliva para recuperarse de la impresión. Subió despacio la escalinata. Cada peldaño le descubría un nuevo detalle que la enamoraba más y más: encaje de chantillí, rosas de organza, una cenefa bordada en pedrería y, al culminar el ascenso, la larga cola de varios metros. 

Pero... ¡No!, ¡no podía ser!, ¡otra vez no! Subiendo a su lado dispuesta a arrebatárselo, la joven de la cresta verde fluorescente. ¿Cómo semejante esperpento osaba pretender algo tan delicado? 

Rodeó dos veces el maniquí para apreciar la belleza del vestido desde todos los ángulos posibles mientras lanzaba miradas asesinas a su rival. ¡A ver quién se llevaba tan codiciada presa! Tomó entre sus dedos el tejido de la falda y se dejó acariciar la mejilla por su dulce suavidad. A su lado, la joven de la cresta parecía no haber reparado en su presencia, pero de vez en cuando dejaba asomar a sus labios una sonrisa victoriosa como si diese por sentado que el vaporoso vestido iba a ser para ella. Llamó a la dependienta para que despojase al maniquí del traje y, así poder llevárselo. Pero Rosa no estaba dispuesta a dejárselo arrebatar: ella lo había visto primero. Aguardó firme frente al maniquí en tanto mostraba los dientes a la joven como si de un fiero buldog se tratara. La dependienta miraba a una y a otra sin decidirse por ninguna. El duelo podía acabar en sangre y no quería que la sorprendiera entre semejantes energúmenos. De manera que volvió a su puesto detrás del mostrador como si esperase a que ellas solas resolviesen el problema. 

Mientras tanto, Rosa repartía su atención entre el vestido y la joven de la cresta para adelantarse a cualquier argucia de su oponente por quedarse con aquel traje digno de una princesa. Las miradas de una y otra no podían ocultar los instintos asesinos. Los minutos pasaban sin que ninguna pareciera decidirse a dar el paso decisivo. Hasta que, en un descuido de la muchacha, Rosa agarró el desmañado maniquí por la cintura y, con él bajo el brazo, se dirigió al mostrador sin hacer caso de los gritos y epítetos que le dedicaba la joven a su espalda.

Como no tenía suficiente dinero en efectivo, lo pagó con la Visa haciendo caso omiso de su conciencia, que se empeñaba en recordarle una y otra vez el elevado precio del vestido Después, no se detuvo a mirar más cosas. Regresó a casa cargada con el voluminoso paquete engalanado con un gran lazo de color de rosa. 

Apenas podía dar un paso por las aceras abarrotadas de gente que entraba y salía de las tiendas. Sin aliento, subió por las escaleras los cuatro pisos hasta su casa: tal era su contento que parecía haber olvidado que podía coger el ascensor. Le temblaban las piernas, las manos. Tardó unos segundos en encontrar las llaves y otros más en conseguir que ésta entrase en la cerradura. Ya en el apartamento, se quitó los zapatos y abrió el paquete con la misma expectación que si ignorase lo que escondía la inmensa caja. Sacó el vestido y lo estuvo contemplando con arrobo. Se lo puso por encima mientras se miraba excitada en el espejo de cuerpo entero de su dormitorio. Sus ojos cayeron sobre el papel que envolvía el paquete y se perdieron en el anagrama de los Grandes Almacenes: un cuadrado entre círculos, siete círculos con los colores del arco iris. Sólo entonces se dio cuenta: se había vuelto a dejar tentar por el artístico anagrama. Angustiada, guardó presta el vestido de nuevo en la caja y luego lo ocultó en lo más profundo del armario. Tenía que apresurarse si quería hacerlo desaparecer antes de que su marido descubriera que había gastado una fortuna en comprar un traje de novia.