lunes, 1 de febrero de 2016

Perseguida por el miedo




I
Cuando María bajó del autobús, se vio sorprendida por un golpe de calor que casi la hizo retroceder después del frescor que, a causa del aire acondicionado, se respiraba en el interior del vehículo. Esperó a que el semáforo le diese permiso antes de cruzar la calle y dirigirse a la calle en la que se encontraba la guardería de su hijo. Estaba cansada tras la larga jornada laboral y el peso de la bolsa con las naranjas y la barra de pan no contribuían a disminuir su fatiga; mas ello no impedía que su paso juvenil fuese acelerado y anduviera casi corriendo.

Al alcanzar la acera que la conducía a la escuela infantil, subió el escalón casi de un salto, torciéndose levemente el tobillo izquierdo. Se detuvo un instante para recuperar el aliento y se inclinó para darse un pequeño masaje en el pie dolorido. En ese momento, las vio. Pese a los más de diez años que la separaban de la última vez que se había encontrado con ellas, no tuvo ninguna duda: se trataba de ellas; allí estaban, a menos de cien metros de ella, frente al escaparate de una tienda de artículos deportivos, hablando con otras chicas que María no conocía. La marcha de su corazón se aceleró hasta hacerla sentir como cada latido golpeaba con fuerza en su pecho. Un zumbido como de un enjambre de abejas le susurraba al oído; las manos le temblaban ligeramente y sentía seca la boca, resecos los labios. Se cubrió la cara con la melena para, así, esconderse de ellas. Si hacía algún movimiento brusco, podía llamar la atención de alguna de las dos y, entonces, estaría perdida. Tenía que encontrar con rapidez una forma de esquivarlas; pensar con lucidez antes de que el pánico se apoderase de ella. Pero sus pensamientos, volátiles, se le escapaban antes de poderse hacer con ellos.

Tras unos segundos en cuclillas, que fueron una eternidad para María, se incorporó. Lo mejor sería darse la vuelta despacio, ir en la dirección opuesta y rodear la manzana, aunque ello la retrasase un cuarto de hora: tal vez las cuidadoras recriminaran su demora, pero aguardarían su llegada. Al comenzar a caminar, un fuerte dolor en el tobillo atravesó su cerebro como un trallazo. El pánico hizo que su frente se perlara de sudor frío: lo peor que le podía pasar en aquel momento era que la vieran cojear. Respiró hondo y cambió de mano la bolsa con las compras que, en aquel momento, parecían haber doblado su peso. Con paso lento y no muy seguro, comenzó a recorrer los doscientos cincuenta metros que faltaban hasta la siguiente calle, alargando más y más la distancia que la separaba de las dos jóvenes. Tuvo que dominar el impulso de volver la cabeza y mirar para comprobar si la seguían. Se acercó a la pared del edificio y, así, caminar con mayor estabilidad. El miedo se convirtió en una bola que le obstruía la garganta, impidiéndola tragar saliva con facilidad. Al fin, una señora que iba paseando un perro se acercó a ella, se ofreció a acompañarla y a llevarle la pesada bolsa. Le dio el brazo y la dejó sana y salva en la puerta de la guardería. Después de darle las gracias y despedirse de ella, respiró hondo, mientras cruzaba la puerta y se dirigía a la sala de juegos en la que le esperaba su hijo. Había logrado burlarlas.


II
Cuando María empezó a estudiar en el instituto, tenía catorce años, aunque quien no la conociese no veía en ella sino una niña de apenas diez. Era, entonces, de baja estatura y su aspecto menudo la hacía parecer aún de menor talla. La ropa colgaba de su cuerpo sin gracia debido a la delgadez de su cuerpo todavía infantil; y unos correctores dentales afeaban su sonrisa. Tal vez si no hubiese sido tan tímida; si su miedo a aquella clase para ella desconocida no la hubiese hecho titubear cuando los profesores se dirigían a ella; tal vez, digo, si no hubiese parecido un ratoncillo asustado; tal vez, Amparo y Pilar, las niñas más populares de la clase, no se hubiesen fijado en ella. Pero no fue así: Se fijaron en María e hicieron de ella el blanco de sus burlas.

No llevaba ni un mes en el instituto y ya la tenían atemorizada. La seguían a la salida de las clases llamándola “ratona”, primero en susurros, mas, poco a poco, iban elevando la voz hasta convertirla casi en un grito. Y esta cadencia de voces no era más que el reflejo de como iba creciendo su miedo. Pasado un tiempo, empezaron a amenazarla con hacer público aquel infame sobrenombre si no les daba dinero; le pedían que les hiciese las tareas que les ponían en clase o que les dejara copiar las respuestas a las cuestiones de los exámenes. Se dieron cuenta de que la hacían llorar si ridiculizaban su forma de vestir y no dejaron de hacerlo cada vez que se presentaba la ocasión. Para entonces, ya no era sólo ratona, sino “ratona llorona”. 

Las exigencias se tornaban más y más osadas y el miedo a ser llamada ratona, se burlasen de ella o abusaran de su mayor fuerza física la llevó, incluso, a sustraer dinero del cajón del escritorio de su padre. Su padre: tanto confiaba en sus hijos, que jamás cerraba con llave ni armarios ni cajones. Durante días, María se debatió entre la posibilidad de traicionar la confianza de sus seres queridos o arriesgarse a provocar a Pilar y Amparo. Finalmente, se dejó vencer por el pánico. Aun así, no pudo evitar que, mediado el curso, toda la clase conociese aquel apelativo que servía para que se sintiese más y más humillada. Consiguieron las dos amigas que ningún compañero se atreviera a ofrecerle su simpatía no fueran a convertirlo en otro apestado de la clase. 

Cada vez más despreciada y con menos defensas, lloraba al menor gesto de los demás, tomándolo como indicio de burla. Adelgazó aún más y tenía pesadillas tan reales que la dejaban asustada durante varios días. Sorprendía a los demás con sus explosiones de llanto sin causa aparente o con enfados repentinos cuando cuidaba a sus hermanos más pequeños. Las calificaciones escolares, siempre brillantes, bajaron y llegó a suspender en varias asignaturas. Los días que no tenía que ir a clase se refugiaba en su habitación, negándose a salir de casa por miedo a encontrarse con algún compañero que propagase fuera de las aulas aquel horrible sobrenombre. Incluso se escabulló más de una vez de las clases. Esperaba el paso de las horas escondida en algún rincón del parque que había cerca de su casa y, poco antes de la hora de salida del instituto, se dirigía a casa fingiendo que regresaba de su jornada escolar. 

Fue su madre la primera en darse cuenta de que los cambios en el comportamiento de María no eran debido a la rebeldía propia de la adolescencia. Intentó que le contase lo que le ocurría con los trucos más diversos: con mimos, con enfados, la invitó a comer, la llevó de compras... Después de mucho insistir sin hacer caso de las negaciones de su hija, logró que le confesase todo entre llantos. Las revelaciones de María, que, una vez que empezó a hablar, no omitió nada, la dejaron horrorizada. Se acercó al instituto para hacérselo saber a los profesores. Los que accedieron a hablar con ella le quitaron importancia al asunto o negaron que en el instituto hubiera comportamientos tan crueles: no se trataba sino de bromas a una niña demasiado mimada y susceptible. Tras infructuosos intentos de que tomasen alguna medida punitiva sobre Pilar y Amparo, los padres de María la cambiaron de instituto.

Diez años después, María creía haber despertado de la pesadilla en la que vivió sumergida al final de su infancia. Se sentía protegida por el amor de su marido y el de su hijo de apenas seis meses. Pasaba casi todo el día trabajando como dependienta en la floristería que tenían sus suegros y había alejado el miedo de su vida hasta aquella tarde en la que, en unos instantes, lo revivió todo.

A la salida de la guardería con su hijo dormido en su sillita de bebé, no se atrevió a ir caminando hasta su casa, pese a que estaba a sólo dos manzanas de la calle de donde vivía. Sacó el teléfono móvil del bolso y llamó a su marido para que fuera a recogerlos. Se había torcido el tobillo, le dijo, y no podía caminar por el dolor.