jueves, 1 de diciembre de 2016

Il Castrato. Segunda Parte












IV


     Tenía diecinueve años cuando tuve el honor de cantar por vez primera ante el Gran Fernando de Medici. Atrás quedaron los tiempos en los que compartía mis dichas y mis desdichas con el dulce Marco; en los que huía de la tiranía del gordo Pippo. El uno había muerto desangrado en el sillón del barbero; el otro había acabado siendo el criado de un rico mercader genovés después de perder su bella voz por un ataque de garrotillo, que, para asombro del galeno, se hizo presa de él a edad tardía.

     De manera que allí estaba yo. Solo con mi voz. Ante el Gran Príncipe de la Toscana y su desventurada esposa, Violante Beatriz de Baviera. Mientras cantaba Lascia ch'io pianga, una ola de tristeza rebasaba mi corazón. Las palabras de la composición de Haëndel parecían escritas ex profeso para mí. 




Lascia ch'io pianga 

mia cruda sorte…

e che sospiri

la libertà

e che sospiri...

e che sospiri...

la libertà




Il duolo infranga

queste ritorte

de'miel martiri

sol per pietà;

de'miel martiri

sol per pietà*















*“Deja que llore / mi cruel suerte / y que suspire / por la libertad / y que suspire / y que suspire / por la libertad.

Que el dolor quiebre / estas cadenas / de mis martirios / sólo por piedad; / de mis martirios / sólo por piedad.”






     Así me sentía yo: encadenado a un cruel destino encarnado en la persona de mi maestro.

     La muerte de Marco y la pérdida de la voz de Pippo habían sido golpes muy duros para Nicola Priamo. Su prestigio había descendido tanto que ya no llamaban a su puerta los padres de las voces angelicales. ¿Quién iba a confiar en un maestro al que se le morían sus discípulos o se le volvían de voz ronca para siempre? Sin pupilos a los que transmitir sus saberes, decidió dedicarse en cuerpo y alma a mí, el único que le quedaba y, me temo, no el mejor dotado. O más bien debería decir que se dedicaba a mi voz. 


    El miedo al fracaso se apoderó de él hasta el punto de metamorfosearse en un tirano sin piedad alguna hacia mis defectos, que eran muchos. Me hacía levantar en plena noche, ensayar una y otra vez ante el espejo, corrigiendo los altos y los bajos de mi voz, exasperándose con mis gestos: la caída de los párpados, el movimiento de una mano, la cabeza hacia atrás. Nada escapaba a su escrutinio. Cualquier error azuzaba su impaciencia. Su temperamento, de suyo manso y bondadoso, tornose arisco e irascible. Con los grandes se abajaba tanto que besaba los suelos; mas, con los insignificantes como yo era impaciente, imperioso y poco dado a la benevolencia. Se enfurecía por naderías y el que encendía su cólera con mayor celeridad era yo, que acabé cogiéndole miedo hasta hacerme temblar el solo sonido de sus pasos por los corredores de la casa.

     Sin intercesor alguno que mediara, se presentaba en las grandes casas ofreciendo sus servicios, los míos, a decir con mayor propiedad, como cantante de música sacra, mas también profana. En los primeros tiempos, sólo los burgueses de reciente fortuna le abrían, nos abrían, las puertas de sus casa con el afán de emular a la nobleza y despertar la envidia de sus iguales. Mas un día tuvo a bien escucharme el Deán de la Catedral de Florencia, amigo íntimo de Fernando de Medici, al que quiso homenajear en su onomástica con una velada musical en su villa a las afueras de la ciudad del Arno. Encantado con mi ejecución, me contrató para participar en tan extraordinario acontecimiento.

    Y allí estaba yo. Solo con mi voz. Ante el Gran Príncipe de la Toscana y su desventurada esposa, Violante Beatriz de Baviera. Solo yo con mi voz ante ilustres personalidades que hacían parecer un pordiosero al maestro Priamo. Me sentí cohibido sobre todo por la presencia de las damas, tan elegantes que parecían salidas de un sueño. Damas que resplandecían con los destellos que desprendían las sedas, los brocados, los rasos y los terciopelos de sus vestiduras. La blancura de sus pieles competían con las perlas que adornaban sus escotes. Sus cinturas, de tan finas, parecían a punto de quebrar en dos las esbeltas figuras. El revoloteo de los abanicos de encaje me producían vahídos. Y hasta la esposa del anfitrión, anciana ya y afamada en su juventud por su fealdad, me pareció un hada con sus fabulosos ropajes. No es pues de extrañar que, al verme ante semejante audiencia, un temor formidable se hiciese presa de mí.

     Mas, cuando empecé a cantar, todo desapareció como por un hechizo: damas, caballeros, el Gran Príncipe de Florencia, el Deán de la catedral, el maestro Priamo y hasta yo desaparecí ante la belleza de la música. Me sentí transportado por las notas que marcaban las palabras; desgarrado de dolor mientras cantaba. Lascia ch'io pianga / mia cruda sorte. Mi voz se impregnó del sentimiento de la melodía y mi corazón lloró ante la tristeza de la letra. E che sospiri / la libertà. La música no era de Häendel; la música era mía. Il duolo infranga / queste ritorte. La letra no era de Feustking; la letra era mía. De'miel martiri / sol per pietà. Las palabras brotaban de mi alma solas sin que interviniese la voluntad. Todo mi ser vibraba de emoción. De'miel martiri / sol per pietà.

    Cuando la canción llegó a su fin, el silencio que recorrió la sala hizome estremecer. Abrí los ojos y lo primero que vi fueron las lágrimas de una joven dama que se aferraba con la mano crispada al brazo del que supuse sería su esposo. Después, se oyó un suspiro. Luego, un sollozo. Y, finalmente, un aplauso tan estruendoso que la araña de cristal que pendía del techo empezó a balancearse y por un momento temí que se me cayera encima.

    Tras mi triunfal entrada en el gran mundo, empezaron a llamarme de las cuatro esquinas de la península italiana. Canté en Milán, Venecia, Génova. Traspasé fronteras. Visité Londres, Viena, Berlín, Madrid. Desperté la admiración de príncipes y reyes. No importaba el idioma que hablasen mis oyentes; a todos conseguía arrancar lágrimas de emoción. Las mujeres, hasta las más virtuosas, desafiaban las normas del decoro y la decencia cuando llamaban a mi puerta a altas horas de la noche anhelantes por compartir mi lecho. 

     Después de todo, unas horas de pasión no entrañaban los peligros a los que se ven abocadas las mujeres con otros amantes. ¿Acaso un castrato puede comprometer el honor de una mujer con un hijo inoportuno?


V



     La frente del señor Da Murotti se había perlado de gotas de sudor. Después de dos horas de interrogatorio al acusado, no había conseguido de él más que llantos y protestas proclamando su inocencia. Repasó las notas que había tomado el día anterior, cuando testificaron un hombre y una mujer en contra del reo.

     »─Era la una de la madrugada cuando salí a dar un paseo para que el aire frío del norte me aliviara de las fatigas del día ─había contado el hombre, mayordomo de una villa cercana a la mansión en la que residían Carlo Bernacci y su familia─. Poco antes de llegar a la verja de la casa del marqués, vi que algo se movía entre las sombras. Me asuste al pensar que pudiera ser el perro de los ingleses que viven allí cerca. Es un perro enorme y ya ha atacado a más de un incauto que, como yo, sale a pasear a altas horas de la noche. Me iba a dar la vuelta con mucho sigilo, ágil como un saltimbanqui, saltó la verja y se puso a correr por el jardín del marqués.

   »─¿Podría decir con seguridad si la persona que vio era el acusado? ─había preguntado el señor Da Murotti.

   »─Bueno, era menudillo y delgaducho como él. Y todo el mundo sabe que los comediantes son capaces de subirse a las alturas sin miedo a caerse. Ya sabe, vuesa merced, las acrobacias que hacen en la Feria de San Juan.

   »─Pero, ¿podría decir que se trataba del acusado?

   »─No le vi la cara, porque estaba oscuro, pero yo diría que era él.

   La declaración de la mujer, la cocinera de Carlo Bernacci, aún era más débil. Dijo haberla despertado un ruido en el jardín y al salir fuera, había visto a alguien vestido de carmesí entrar a la casa del marqués por una de las ventanas. Asustada, cogió un candelabro y recorrió la casa en busca del intruso. Pero, antes de encontrarlo, oyó el grito de la señora Bernacci, que había encontrado a su marido muerto en su despacho.


   Pese a la inconsistencia de los testimonios, el señor Da Murotti estaba seguro de la culpabilidad de Luigi Burlleschi. Era de dominio público que el acusado estaba enamorado de Lucrecia Bernacci desde hacía años. Se decía que, estando soltera ella, él la asediaba y que el caballero Pastrani, padre de la viuda, la había casado con el entonces heredero del Marqués de Travento para protegerla de las habladurías. Mas, el celoso cantante no se había resignado y, después de dejarla por un tiempo tranquila, había vuelto a incordiar a la bella dama. El señor Da Murotti porfiaba que, al ser rechazado por la marquesa, Luigi Burlleschi se había vengado matando a su esposo.

   El fiscal dirigió miró con pena al abogado defensor. Era éste un joven inexperto que dudaba de cada decisión que tomaba. Su rostro barbilampiño de facciones delicadas le hacía parecer una madonna de Perugino. El alegato de la defensa se basaba en la declaración de Peruso, el criado de Burlleschi, que afirmaba que su amo se había ido a dormir a las ocho y media y no lo había visto salir de su dormitorio en toda la noche.

   Y, pese a la falta de pruebas contundentes, el señor Da Murotti confiaba en el buen juicio del señor Gordini y esperaba la pena máxima para il castrato.







VI




    La primera vez que la vi fue en París, en una velada organizada por el príncipe de Soubise, biznieto de Ana de Rohan-Chabot, la que fuera más que amiga del Rey Sol. El anfitrión, buen súbdito del monarca reinante, quería ser el primero en celebrar el nacimiento de la princesa María Adelaida, ocurrido unos días antes en Versalles. Aunque la velada estaba pensada para unos pocos allegados de la familia del príncipe, entre los invitados figuraba el caballero Pastrani, su esposa y dos de sus hijas: Giovanna y Lucrecia.
    Lucrecia parecía una madonna entronizada. Estaba sentada junto a la ventana y las gruesas cortinas de terciopelo rojo festoneadas en dorado enmarcaban su figura como en un sagrario. Fue su casta apariencia la que llamó mi atención. La mayoría de las mujeres que había conocido en mis viajes hacía tiempo que habían perdido la inocencia y no les importaba retorcer los preceptos morales en los que fueron educadas con tal de satisfacer sus más insignificantes caprichos. Mas Lucrecia conservaba el aire virginal de una niña. Sus pupilas, de un azul transparente, parecían suplicar amor cuando se posaban en alguien. ¡Cuántas veces sus ojos, inundados de lágrimas, me hicieron creer en la ternura de su corazón que decía reservar sólo para mí! Su boca era pequeña, de labios finos y rosados, que cuando la vi por vez primera, aún no coloreaba con rojos artificios. Rosadas eran también sus uñas, botoncitos que embellecían las puntas de sus largos y blancos dedos. Y rosado era su vestido de seda, con una banda de terciopelo negro que resaltaba la galanura de su talle. Era como una miniatura de mujer y, no obstante, cuántas de las que allí estaban hubiesen querido tener su donaire al moverse, su serena y límpida mirada cuando permanecía en reposo.

    ¿Puede alguien imaginar lo que sentí cuando Lucrecia, que aún no tenía nombre para mí, posó su mirada en mí? El aire se negó a entrar en mis pulmones y aun así me creí el hombre más dichoso de este valle de lágrimas. Canté como nunca lo había hecho sólo porque ella me escuchaba. Y, no obstante, mi memoria se negó a conservar las baladas de amor que para ella canté. Lo que sí recuerdo son sus pupilas navegando en lágrimas de emoción. 

  Cuando finalicé mi actuación, la busqué entre los invitados a la fiesta pero parecía haberse esfumado. A nadie pude preguntar sobre su persona. ¿Quién era yo, un simple cantante, poco más que un sirviente, para indagar sobre su persona? Mas, al final de la velada, el destino fue clemente conmigo y me permitió verla, aunque sólo fuera en el momento en que abandonaba la reunión acompañada de sus padres y su hermana.
   No volví a verla en mucho tiempo; no obstante lo cual tampoco la olvidé. Cada noche entraba en mis sueños y, por unas horas, me hacía creer que el amor entre nosotros no era una disparatada quimera.

   Y, cuando había ya perdido la esperanza de contemplar su bello rostro más allá de mi imaginación, apareció en otra velada ataviada con las negras vestiduras reveladoras de la tristeza de un luto. Por su abuela paterna, oí decir a alguien. Sus ojos habían perdido un tanto de la inocencia de la primera vez. Y, aún así, qué gozo llenó mi pecho cuando, al cruzarse con los míos, vi que me reconocía. Esa noche fue ella la que me buscó. Yo no osaba sino contemplarla y adorarla en la distancia. Mas ella, Lucrecia, mi Lucrecia, se las ingenió para burlar la vigilancia de sus mayores y, en un descuido, acercarse hasta el rincón donde me encontraba y, sin que pudiera advertir cómo, me estrechó la mano desde mi espalda.

   ¡Ángel mío!, ¿será posible que tú, la más adorable de las criaturas creadas por la providencia, sintieras una brizna de ternura por este ser despreciable? No. De sobra sé que no.

   Después de aquella noche, no hubo velada, concierto o función en los que yo cantase que no estuviera ella. Salía a escena y lo único en lo que reparaba era en sus ojos azules. Y, al acabar mi intervención, siempre conseguía escabullirse del cuidado de sus mayores para estar conmigo y hacerme miles de promesas de amor. Mas, si ello no le era posible, inventaba alguna argucia para hacerme llegar una esquela que rubricaba con un beso que dibujaba con el carmín que había empezado a darse en sus labios.

   Fue en su decimonoveno aniversario cuando Lucrecia me habló por primera vez de Carlo Bernacci. El caballero Pastrani había organizado una fiesta para homenajear a su hija y celebrar también el final de casi dos años de luto. Entre las atracciones organizadas para agasajar a la bella joven, no podía faltar yo, el cantante predilecto de la nobleza si se deja de lado al gran Farinelli. Lucrecia aquella noche resplandecía. Era la primera vez que se sentía el centro de atención de una congregación tan numerosa y se solazaba en ello. Podría haber sido esa la razón por la que no me dirigió una mirada de entendimiento sino en el momento en que me despedí de ella, cuando me dijo que su padre quería esposarla con el futuro Marqués de Travento.

   Debo decir que mi Lucrecia era la cuarta hija del caballero Pastrani, un ilustre señor emparentado lejanamente por parte de su esposa con la casa de Este, regente entonces del ducado de Módena. No obstante el predicamento del que gozaba esta familia, el caballero Pastrani no disfrutaba de una buena posición económica. El gusto por el buen vivir y la intervención en negocios poco afortunados le habían llevado a dilapidar una fortuna ya mermada cuando la heredó de su padre. Era conocido, entre otras cosas, por la rapidez con las que casaba a sus numerosas hijas con caballeros adinerados sin importarle mucho la procedencia de tales dineros. En ese sentido, Lucrecia iba a ser más afortunada que sus hermanas al prometerla con el sobrino nieto del viejo solterón Marqués de Travento. La codicia y no otra era la razón de que el caballero Pastrani eligiese como futuro esposo de su hija a un caballero que frisaba los cuarenta años, viudo y con dos hijos ya crecidos.

   Lucrecia me contó esto a su manera, sin poner en duda el juicio de su padre. Eso sí, con lágrimas de espanto en sus bellos ojos. Pretendía que yo encontrase algún modo de la pusiera a salvo del triste futuro sin contrariar los deseos de su padre: imposible paradoja. Durante días, estuve trazando un plan tras otro, buscando salidas a aquel callejón; mas Lucrecia los iba rechazando uno a uno por disparatados. Mas, pese a tales menosprecios, no me esperaba la contestación que me dio cuando tuve el atrevimiento de proponerle que fuese mi esposa. Una carcajada sacudió todo su cuerpo. Durante unos minutos no paró de reír. Luego posó sus bellas manos en mis hombros y me besó con pasión en los labios. 

   ─Mi dulce Luigi ─me dijo en medio de su risa jovial─. Nosotros no podemos casarnos. Si tú ni siquiera eres un hombre. Pero gracias, amor mío, me has hecho olvidar mis penas.

   No sé si me dolieron más sus crueles palabras o el tono alegre en el que fueron dichas. Hasta aquel día había creído que Lucrecia me amaba. Mas la ternura que reservaba para mí no era muy diferente que la que le suscitaba su perrita Lulú.

   El trece de mayo de mil setecientos treinta se celebró en la iglesia de San Vicenzo de Módena el enlace de Lucrecia Pastrani con Carlo Bernacci. Tras la ceremonia religiosa, el padre de la recién esposada ofreció a sus numerosos invitados una fiesta fabulosa de la que se habló en todas las cortes europeas. En la celebración no faltaron músicos que tocaron el clavecín, la viola a la gamba y el laúd, actores que recitaron pasajes de La Divina Comedia y yo, que canté por el amor perdido de mi dulce Lucrecia.























Nota: El video pertenece a la película Farinelli (1994), basada en la historia real de un castrato.