viernes, 5 de mayo de 2017

El aroma de la tierra después de la lluvia. Primera parte







  Cuando mi memoria se remonta a los primeros años de mi niñez, apenas puedo evocar el rostro de mi madre. En cambio, si cierro los ojos, me viene muy vivo el aroma del magnolio florecido y de la tierra mojada por la lluvia que resbalaba por los cristales de la ventana de mi dormitorio en la casa de mis tíos. En el final de mis días, cuando casi toda la gente que he querido hace tiempo que ha muerto, mis pensamientos vuelven una y otra vez a aquellos años de la infancia y primera juventud en una pequeña ciudad de provincias. 

  Llegué una cálida tarde de julio, tres meses después de que mi madre hubiera fallecido al dar a luz a un niño prematuro que la siguió a los dos días de abrir los ojos por primera vez. No sé qué hubiera sido de mí, una niña de siete años, de no haberme acogido un tío paterno y su esposa. Fue tal la desolación de mi padre al verse de pronto viudo, que olvidó que le quedaba una hija y, si sobreviví entonces, fue gracias a los tarros de miel y a las galletas que encontré en una alacena. Tengo un vago recuerdo de aquellos días que tal vez no sea sino las imágenes que forjaron mi fantasía con las historias que me contaron mis tíos después. Para mí la vida comenzó a la llegada a la ciudad y mis padres no fueron los que me dieron el ser sino los que hicieron que me sintiera querida. A mi verdadero padre apenas si le vi en los años que siguieron unos días en cada Navidad. Su trato conmigo era el de un pariente lejano que intenta granjearse la simpatía de los niños con un puñado de caramelos pero que luego se aburre y los aparta lejos.

  En la casa de mis tíos no había niños con los que jugar. De mis tres primos, el más joven pasaba de los veinte años cuando llegué. Pero nunca me sentí sola. Desde el primer día, unos y otros se disputaban mi cariño desviviéndose por satisfacer mis deseos y borrar todo atisbo de tristeza que pudiera asomar a mis ojos. En poco tiempo pasé de ser una especie de animalillo raquítico y enclenque a una niña que despertaba la admiración de los viandantes cuando salía a pasear con mis tíos. Debo decir que mi sangre irlandesa por parte de madre me dejó un pelo ondulado del color de la corteza del pan recién horneado y unas pupilas turquesas que cuando atrapaban la luz del sol dejaban ver unas pintas doradas. Todo a mi alrededor parecía haberse conjurado para hacer de mí una niña malcriada y voluntariosa; pero mi belleza fue efímera y las monjas del colegio al que me enviaron en octubre me despojaron de cualquier tentación de engreimiento.

  Tenía quince años cuando se manifestaron los primeros síntomas de mi enfermedad. Al principio pasaron inadvertidos escondidos tras los vaivenes del espíritu propios de la adolescencia. Pero, ¿cómo no confundirse? Los súbitos desmayos, las palpitaciones, los latidos que se detenían sin un motivo aparente, la palidez de mi rostro, venían acompañados de tristezas repentinas, unas ganas locas de cantar, de reír, llanto que se desataba solo o anhelos por algo que no sabía definir. Un día me despertaba queriendo a todo el mundo y al día siguiente no soportaba la compañía de nadie.

  Fue mi tía la que me encontró una mañana sin sentido en el suelo de mi habitación. Me había estado llamando para el desayuno y, al no obtener respuesta, había ido en mi búsqueda. A pesar de sus insistentes intentos por reanimarme, tardé en volver en mí y, cuando lo hice me sentía tan débil que no podía dar un paso sin ayuda. Enseguida me vi rodeada de todos los que vivían en la casa, incluida la anciana Naná, que ya había sido niñera de mi tía. Mi aspecto en aquel momento debía de ser más que lamentable. Alguien propuso llamar a don Ovidio, el médico de la familia, y mi primo Santiago se apresuró a ofrecerse a ir hasta su casa para recogerlo. 

  Al buen doctor le bastó su ojo clínico y unos minutos de conversación conmigo a solas para emitir un diagnóstico. Mujer de corazón delicado, dictaminó. Nada grave, dijo, si no lo forzaba demasiado. No me prescribió sino mucho descanso y pocas emociones, que procurase no fatigarme ni exaltarme. Pero mis tíos, temerosos, dictaminaron ir más allá de las recomendaciones del doctor. Ante el temor a que el esfuerzo de los estudios me cansase en exceso, me persuadieron para que dejase el colegio. Debo decir que era toda una exageración hablar de fatiga provocada por las tareas escolares. En aquellos años en los que principiaba el siglo veinte apenas se enseñaba a las niñas a leer, a escribir, a tocar el piano y a dar unas cuantas puntadas con la aguja. No obstante lo cual, mis tíos creyeron que incluso tales tareas podían ser excesivas para mí. De manera que unas semanas después del síncope abandoné a las madres ursulinas para siempre.

  Me vi así de pronto con un montón de horas en el día en las que no tenía otra cosa que hacer que contemplar los cambios de color de la luz del sol que entraba por la ventana y deleitarme con la fragancia del jardín cercano a nuestra casa. Evocar aquellos años es traer a la memoria el aroma del magnolio florecido y de la lluvia que resbalaba por los cristales. 

 Al principio me dejaba llevar por el ambiente de conmiseración que me rodeaba. Ya no era solo la niña sin madre a la que había que colmar de cariño. Era también la jovencita de corazón delicado que tenían que cuidar para que no enfermara. Si hasta entonces había sido el objeto de los mimos de todos, desde que apareció mi dolencia me convertí en una figurita de cristal, una figurita frágil a la que proteger para que no se rompa. En torno a mí no encontraba más que palabras susurrantes, caricias, besos. Nadie gritaba si yo estaba presente y, si hubo algún problema en la familia, no me enteré porque me ocultaban todo aquello que pudiera causarme disgusto.

  Hubiera muerto de tedio de no ser porque descubrí el placer de la lectura, el poder embriagador de la poesía. Mi tío tenía un gabinete con una enorme librería de nogal donde solo entraba para guardar las facturas. Tenía tan poco interés por aquella habitación que dudo que supiera siquiera los libros que descansaban en los estantes. Pero yo sí lo supe.

  Fue idea de mi tía que pasara las mañanas en el gabinete. Mediaba el invierno y en aquella habitación había una chimenea que empezó a encenderse para mí. Al principio, me sentaba en el butacón de cuero y dejaba volar la imaginación. Pero aquel juego pronto me cansó. La curiosidad se alió con el aburrimiento y para matar el tiempo que se alargaba más y más me dio por registrar estantes, cajones y armarios. Imaginaba que encontraría secretos ocultos entre los pliegues de los viejos legajos. Como pasaba sola la mayor parte del tiempo, nadie se interpuso en mi camino. Mi tío no guardaba nada bajo llave quién sabe si por temor a perderla o por ser confiado en demasía. Abría un cajón, otro. Desplegaba un trozo de papel, que resultaba ser un listado de objetos sin interés. En el secreter había una pipa, una escribanía de cuero sobre el escritorio. Cogía un libro de un estante cualquiera. Lo abría por una página elegida al azar. Leía dos líneas. Lo volvía a dejar en su sitio. Cogía otro atraída por el color de su encuadernación, su título, el nombre del autor, el aroma que desprendían al pasar las hojas. Luego tomaba en mis manos otro volumen. Y otro. Ninguno tenía el suficiente atractivo para hacerme leer más que unas cuantas palabras. Hasta que di con los célebres versos de Quevedo. 



“Es hielo abrasador, es fuego helado,

es herida, que duele y no se siente,

es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado”.



  ¿No era aquello lo que sentía mi corazón? Frío y, al instante, calor. Tristeza, alegría, miedo, esperanza. Pasé las páginas. Leí. Seguí leyendo.

“Torcido, desigual, blando y sonoro,

te resbalas secreto entre las flores,

hurtando la corriente a los calores,
cano en la espuma, y rubio como el oro”.



  Se me escapaba el sentido de buena parte de las palabras pero no su fuerza. La pasión que desprendían me hacía estremecer. Yo no estaba enamorada mas sentía el mismo anhelo. Me dejé resbalar hasta la alfombra y tendida boca abajo me olvidé por unas horas de todo lo que no fueran los sonetos del poeta madrileño.

“Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra, que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía,
hora, a su afán ansioso lisonjera”.


  A partir de aquella mañana, mi vida giró en torno a la poesía. Los sonetos de Quevedo me llevaron a las rimas de Bécquer y éstas a los dulces versos de Rosalía. Luego vinieron Lope, el gran Rubén, Espronceda y tantos otros. El canto de la alondra me traía los versos más queridos y me dormía a la noche arrullada por su recuerdo. Entre uno y otro momento me consumía en suspiros y exaltaciones que no creo que hiciesen mucho bien a mi delicado corazón. No encontraba descanso ni para comer. Para disgusto de mi tía, me sentaba a la mesa con un libro que dejaba junto a la servilleta sin hacer caso de las reprimendas que me llevaba por ello. Debo decir en mi descargo que no estaba en mi ánimo ningún afán de rebeldía. Ni mucho menos. Me causaba horror solo pensar que pudiera ocasionarle el menor disgusto. No era sino el encantamiento en el que vivió mi espíritu en aquellos años.

  Una noche, me desperté con un verso nuevo. Embriagada de tanta poesía, yo misma estaba componiendo un poema. Faltaban unas horas para que llegase la mañana pero las palabras que danzaban en mi cabeza me azuzaban para que me levantase. Me eché una pañoleta por encima del camisón y encendí la luz de la lámpara de la mesa que había bajo la ventana de mi habitación. En el silencio de la noche, con la pasión de mis quince años, emborroné una hoja tras otra del montón de papel de cartas que me traían mis primos para que escribiera a mi padre. Pocas veces he sentido la emoción de aquellas horas. Me parecía que un ser de otro mundo, una musa tal vez, me dictaba al oído. Cuando releía lo que iba escribiendo, me maravillaba de que aquellos versos salieran de mi mano. He de decir que años después, al leerlos, me causaron mucha vergüenza, un poco de pena y algo de ternura. No eran más que pálidas sombras de los poemas que me habían fascinado, malas copias de los otros. Mas ¿de qué podía escribir yo una joven de quince años que no conocía nada de la vida, de la muerte, del amor, del dolor? 

  Así viví dos años, entre el sueño y la fantasía. Buscaba la soledad para revivir los sentimientos que me suscitaban la poesía, las novelas románticas que descubrí más tarde. Llenaba cuadernos y cuadernos con dibujos y poemas en los que desahogaba un corazón de maquinaria defectuosa y dado a la exaltación. Llevaba una vida insulsa pero la poesía me ofrecía la sazón que a mí me faltaba.