sábado, 7 de octubre de 2017

Apoyado en la baranda del malecón












   El domingo te volví a ver. De lejos. Desde la distancia. El domingo te volví a ver después de tantos años. Estabas apoyado con displicencia en la baranda del malecón. El pie derecho firme sobre el suelo empedrado y el izquierdo apenas posado sobre la punta, la cabeza ligeramente ladeada y un hilo de humo del cigarrillo ascendiendo al cielo mientras dibujaba ondas que se desleían en el aire. Supe que eras tú aunque me dabas la espalda. Sin necesidad de que te volvieras; sin necesidad de verla a ella, que recostaba la cabeza en tu hombro. Supe que eras tú y, por un momento, pensé en abandonarme al deseo de acercarme. Pero me reprimí a tiempo. Reprimí mis ganas de dejar descansar mi mejilla en tu espalda; de abrazarme a tu cintura y envolverme en tu aroma a madera quemada, tu olor de antes. Por un momento me vi rodeada por tus brazos en tanto se iba derritiendo la escarcha que cubre mi alma. Qué fácil hubiera sido tomarte de las manos y persuadirte de que olvidásemos el pasado; que borrásemos los momentos de amargura y nos quedásemos con los más dulces. Qué fácil hubiese sido alisar las arrugas que debían de surcar tu rostro con solo pasar el dorso de mi mano por ellas. Qué fácil hubiese sido, amor mío. Pero me reprimí a tiempo. Agaché la cabeza, metí los puños crispados en los bolsillos de la chaqueta y tragué la hiel que subía por mi garganta antes de darme la vuelta y alejarme presurosa de ti.

  Pasé la noche atormentada con el recuerdo de los años en los que estuvimos juntos y el arrepentimiento por no haber tenido el coraje de acercarme a ti. 

  ¿Fue cobardía o fue cordura lo que me impulsó a huir una vez más de ti? Aún no lo sé y aquella noche de horas eternas no me ayudó a decidirlo. Me levanté antes de la salida del sol y volví al malecón. Me incliné sobre la baranda en el mismo lugar en el que te vi el día anterior y esperé tu regreso durante horas dispuesta a no dejar pasar la ocasión. Mi corazón saltaba cada vez que atisbaba a lo lejos algún transeúnte cuyo caminar me recordara aunque fuese vagamente el tuyo. Mi corazón saltaba de alborozo, de miedo. Mi lado racional me alentaba a escapar, a continuar mi camino sin lamentar el pasado; a encarar el futuro, al fin, sin cuestionarme las decisiones adoptadas. Pero mi lado emocional me impelía a esperar. Y esperé. Pero no apareciste. Ni ella tampoco. Ni al día siguiente. Ni al otro. Ni al otro.

  Quizás nunca estuviste. Quizás nunca fuiste el hombre apoyado a la baranda del malecón mientras ella recostaba la cabeza en tu hombro. O sí. Quizás sí eras tú. Quizás también me vistes y te alejaste para no encontrarte conmigo, para evitar que se abrieran viejas heridas. O quizás ni siquiera te importase cruzarte de nuevo conmigo o te importase tan poco que me olvidaste tan pronto me viste y dejaste que tu vida sin mí te llevase por otros derroteros. Quizás solo la protegías a ella. La protegías para que no la hiriese. Quizás... Quizás… Quizás...

  Nos conocimos en primero de Económicas pero no nos fijamos el uno en el otro hasta el momento: en el último trimestre del último curso. Tú siempre dijiste que te gusté desde la primera vez que me viste en la clase del profesor Quintana pero yo sé que no era cierto. Pertenecíamos a mundos muy distintos. Tú eras del grupo de los rockeros y yo de la pandilla de los niños pijos. Tú llegabas a clase en moto, no te quitabas ni en verano ni en invierno los vaqueros desgastados y las camisetas de Tintín, que, al terminar la carrera, ya no se sabía de qué color eran. Los chicos con los que me relacionaba iban a clase en el Ford Fiesta que les había comprado su padre, vestían levis recién planchados, lacoste de tonalidades suaves y calzaban mocasines cepillados cada noche. Tú fumabas porros detrás de la tapia de la facultad, yo malboros mentolados. Tú escuchabas a Aerosmith, a mí me volvía loca Phill Collins. Tú. Yo. Tú. Yo.

  Fue a finales de abril cuando coincidimos en una fiesta. Por más que lo intentamos, nunca pudimos recordar quién fue nuestro anfitrión, a quién se le ocurrió unir a personas tan distintas. De aquella noche no me ha quedado otro recuerdo que el humo que me cegaba la vista, las canciones de Spandau Ballet y tú. Supongo que llegué acompañada de Piluca, su novio y de Ángel, el chico con el que salía entonces. Pero mi memoria lo ha borrado todo; todo menos a ti, amor mío. Puedo imaginarme apartada de la pista de baile con los pies doloridos después de haber pasado horas atendiendo a las clientas impertinentes de la boutique de mi madre. Imaginarme fumando un cigarrillo tras otro, aburrida, aturdida por el zumbido de las conversaciones de mi alrededor, sin decidirme a abandonar la fiesta pero sin querer quedarme tampoco. Hundida en un sillón de cuero que olía a viejo y que había perdido su relleno. Puedo imaginarme ajena a todo. Pero quizás no fue así: en mi recuerdo solo estás tú. Tú, renegando de aquellos niños de papá que hablaban con la nariz. Tú, haciéndome reír de las pintas de los que bailaban. Tú, invitándome a salir contigo, a subir en la moto. Y me recuerdo a mí también rodeando con mis brazos tu espalda mientras dejábamos atrás kilómetros y kilómetros, como si fuera lo más natural del mundo irme con un chico con el que no había cruzado tres palabras en cinco años. 

  Me llevaste a la casa que tenía un amigo tuyo en Somosierra y durante tres días olvidamos que existía el mundo más allá de sus cuatro paredes. Mientras mis padres, mi novio y mis amigos me buscaban más y más desesperados, nosotros explorábamos nuestros cuerpos. Mientras tus compañeros de habitación en el San Juan Evangelista organizaban un concierto de Stella Levitt Quartet que nunca llegó a celebrarse, nosotros nos quitábamos de la boca las palabras para hablar de esto y de aquello. Mientras mi padre recorría hospitales entre el miedo y la esperanza de encontrarme, nosotros vivíamos una eternidad en cada segundo.

  Cuando subimos de nuevo a la moto, lo hicimos convencidos de que ya no seríamos nunca los mismos. Que yo me llevaba un trocito de ti y tú un pedazo de mí.

  Capeamos como pudimos el aluvión de reproches que nos esperaba a nuestro regreso. Yo me enfrenté a la cólera de mi padre como si asistiese a una obra de teatro que no entendiera del todo. Mi cabeza y mi corazón estaba contigo y todo lo demás me era ajeno. Ni siquiera me importaron las dos semanas que hube de permanecer en casa simulando que aceptaba el castigo que me impusieron por el sufrimiento que había causado a mi familia. Pero ¿qué eran unos cuantos días si teníamos toda la vida para nosotros?

  Aquel verano no nos separamos. Yo rompí con Ángel y tú con Sofía, la chica con la que llevabas tonteando unos meses. Dejé de salir de copas con mis amigos de siempre porque cada minuto lejos de ti me parecía un tormento. Me negué a ir a Estepona con mis padres y pasé los meses de julio y agosto contigo en la misma casa donde nació nuestro amor. En ese tiempo, hablamos mucho de nuestro futuro. Tenía previsto viajar en septiembre a Manchester, donde me esperaba un contrato de prácticas de dos años en una empresa consultora. Yo quería anularlo y quedarme contigo pero tú me convenciste de que no lo hiciera. Si queríamos tener un futuro juntos, decías, debíamos construir unos cimientos sólidos. Ese sería un rasgo tuyo que me maravillaría siempre. Ni en los momentos más difíciles de nuestra vida juntos perdistes la capacidad para analizar las consecuencias de nuestras decisiones. En tanto yo me dejaba arrastrar por la angustia, tú te detenías a estudiar el problema desde todos los lados. Acallabas el dolor, repartías serenidad entre los que te rodeaban y terminabas encontrando una solución que causaba asombro por su simplicidad. Así fue siempre. Así fue siempre, sí. Hasta que dejó de serlo.

  De manera que en septiembre me fui a Manchester, para alivio de mis padres que ya veían cómo echaba a perder mi futuro por lo que ellos llamaban un encaprichamiento pasajero de niña mimada. 

  Los dos años se convirtieron en siete. Era la primera vez vivía por mi cuenta y me encantaba esa libertad recién descubierta. Hasta entonces, me había visto obligada a dar cuenta a todo el mundo de cada uno de mis movimientos. A mis padres, a los profesores del colegio, a los novios que había tenido… Pero en Manchester a nadie parecía importarle si entraba o salía. Conocí mucha gente que no tenía nada que ver con quienes me había relacionado antes. Ni siquiera se parecían a ti. Trasnochadores que vivían de noche y dormían durante el día; trotamundos que se detenían unas semanas en la ciudad y desaparecían de repente sin decir adiós; músicos ambulantes que encandilaban a los transeúntes con una flauta confeccionada con una caña de bambú… Conocí a un tipo que apostó toda su fortuna a la ruleta y en una sola tarde pasó de millonario a indigente sin despeinarse siquiera ni abandonar su sonrisa. ¿Cómo podía volverme a España y perderme todo aquello? ¡Había tantísimo que ver, oír, gustar, tocar y oler! En el momento más insospechado se me podía presentar una melodía nunca oída que me transportase a China o a Costa de Marfil. Ni siquiera las horas más tediosas en el trabajo me hacían dudar de que tenía que quedarme en aquella ciudad. Ni el recuerdo de tus besos y tus caricias; ni la añoranza que me infundían tus cartas casi diarias; ni cuando oía tu voz al otro lado del teléfono; ni siquiera entonces, amor mío, deseé estar en otro sitio que no fuera aquella ciudad.

  Pero, a los siete años, la vieja urbe británica perdió todo el atractivo para mí. Sus calles dejaron de tener el encanto de lo novedoso y sus gentes se volvieron vulgares. Ya nadie podía contarme ninguna historia cuyo desenlace no conociera de antemano. Me volví sorda a la música que sonaba en las esquinas y mi paladar se tornó insensible al delicioso lacchchi con que me regalaba los domingos Mr. Radhav, un tejedor hindú que vivía en el mismo edificio que yo y que me había adoptado como hija después de que la suya huyese a Australia detrás de una bailarina sueca. 

  Decidida a dejar Manchester antes de que se volviera aborrecible para mí, tomé un avión de regreso a Madrid un veinticinco de abril, el día en que tú cumplías treinta años.

  No sé cómo te las arreglastes para convencer a mis padres para que te permitiesen ir tú solo a recogerme al aeropuerto. Entonces todavía no te habías ganado su simpatía como harías después. No debió de ser fácil sortear los argumentos de mi madre, que siempre quiso ser la actriz principal, si no la única, de las comedias que suelen ser nuestra vida de familia. Ni debió ser grato para ti enfrentarte al ceño fruncido de mi padre, que aún no te había perdonado los tres días de angustia cuando me hiciste desaparecer. Lo único que sé es que estabas tú solo en el aeropuerto esperándome con un ramo de prímulas amarillas y tu sonrisa, que hacía juego con el brillo de tus pupilas.

  No puedo ocultarte que sentí cierta decepción al verte. Te habías cortado la melena y tu atuendo no difería mucho del que llevaban los pijos con los que solía salir antes de conocerte. Pantalones chinos color gabardina, camisa azul celeste impecablemente planchada, las mangas remangadas hasta los codos y jersey de pico color burdeos anudado al cuello.

  ─¿Dónde has dejado tu aire rockero? ─te pregunté después de colgarme a tu cuello.

  Echaste la cabeza hacia atrás y dejaste escapar una carcajada que resonó por todo el aeropuerto.

  ─Es que me he escapado de la oficina y no he tenido tiempo de arreglarme para tí.

  Me llevaste en volandas hasta el coche y resististe mis ruegos de perdernos en algún sitio antes de encontrarme de nuevo en casa de mis padres. Me obligaste a soportar los besuqueos y las lágrimas de mi madre, las preguntas de mi padre sobre mi futuro.

  ─¿Qué piensas hacer con tu vida ahora?

  Yo solo tenía claro que quería estar contigo. Aguanté media hora de pantomima y me subí de nuevo en tu coche con la firme determinación de no volver a la casa donde nací.

  Desde el momento en que entre en tu apartamento, borré de mi memoria todo mi pasado. Me entregué a ti por entero sin otro afán que el deseo de hacerte dichoso. 

  ¿Cómo recordar los siguientes tres años sin que se me rompa el corazón? ¿Cómo no evocar con dolor tus besos y caricias, tu mirada que me derretía las entrañas y hacía que el mundo desapareciera y solo quedases tú? ¿Cómo no añorar las tardes de domingo, en pleno invierno, cuando, acurrucada en el sofá, con la cabeza posada en tu hombro y arropada con una manta, arrullaba mis sueños el sonido de alguna película de vídeo? ¿Te acuerdas cuando recorríamos en moto la Cornisa Cantábrica? Aún puedo sentir el viento sobre mi rostro. Era tal la velocidad que cogías que parecía que fuésemos a echar a volar. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas, di? Fue el último verano antes de que apareciera ella y nos robara la dicha.

  No queríamos hijos. Nos bastábamos nosotros mismos y un intruso podía romper la armonía de nuestras vidas. Fuiste tú el primero que lo planteaste:

  ─No tengo vocación de padre ─me dijiste a los pocos días de irme a vivir contigo─. No quiero que ningún mocoso me llene de babas cuando llegue a casa.

  Lo dejaste muy claro. Lo dejaste muy claro y yo no tuve nada que objetar.

 Nunca fui la típica chica que soñaba con tener un bebé en mis brazos. Mis amigas, desde muy pequeñas, barajaban nombres de niños y de niñas e imaginaban un futuro de biberones, patucos y sonajeros. Pero para mí el instinto maternal me quedaba muy lejos. Decirme que no querías hijos no tenía ningún significado para mí porque nunca me había visto en el papel de madre. 

  Pero la vida casi nunca te lleva por los caminos que trazan nuestros deseos.

  Unos días antes de cumplirse el tercer aniversario de mi regreso de Manchester descubrí que estaba embarazada. Mi primera reacción fue de sorpresa más que disgusto o alegría. ¡Era tan insólito! Luego me dispuse a ignorarlo, como si de ese modo pudiese hacerlo desaparecer. Pero las semanas pasaban y el embarazo seguía su curso. Cuando por fin fui consciente de lo que sucedía, ya no había tiempo para ponerle remedio. Entonces me derrumbé y me metí en la cama sin querer ver a nadie, ni siquiera a ti. No fue hasta ese momento, ya en el quinto mes de gestación, cuando me atreví a contártelo.

  Por primera vez desde que nos conocíamos tuve miedo de tu reacción. ¡Habías sido tan tajante en tu negativa a ser padre! Pero, pasada la sorpresa inicial, te lo tomaste con el mismo optimismo con que te tomabas todo. Te reías de mis miedos cuando te leía las historias de Internet sobre niños deformes, mujeres que morían desangradas durante el alumbramiento y maridos que se buscaban amantes ante los cuerpos desfigurados de sus esposas.

  ─¡Qué loca eres! ─decías y rompías a reír a carcajadas.

  Todos mis miedos se desvanecieron cuando nació Celia. 

  ¿Cómo es posible querer tanto a una personita tan pequeña? Me olvidé de todo. Aunque parezca un imposible, me olvidé hasta de ti. Nada me hacía más feliz que oír sus risas. Imposible contar las fotografías que le hice. Me compré una cámara réflex que tenía siempre lista para captar su último gesto, el primer diente, su primera sonrisa... Tú te reías de lo que llamabas “mi embrujamiento” pero te mostrabas tan encantado como yo con nuestra niñita. Te hiciste con una mochila para llevártela cada mañana cuando salías a correr. Si estabas en casa no dejabas que nadie más que tú la cogiera en brazos y la niña, picarona, no quería estar sino con su padre. A mí me obsequiaba con sus rabietas y contigo se carcajeaba con solo oír tu voz.

  Pero la vida es envidiosa de los dichosos y despliega sus argucias para robarles la llave de la felicidad.

 Tenía seis meses cuando una tarde de domingo la encontré en la cuna estremeciéndose como si la atormentase la peor de las pesadillas. Una mueca torcía su boca hacia la derecha y un hilo de espuma mojaba la almohada. La sacudí con dulzura creyendo que despertaría, pero las convulsiones se hicieron más agresivas. La cabecita se le cayó a un lado sobre mi hombro y, al levantársela, me asustaron sus ojos en blanco. Salí corriendo al pasillo con ella en brazos en tu búsqueda. Te encontré sentado en el sillón junto a la ventana del salón leyendo el periódico.

  ─Nuestra niña se muere ─te dije mientras la dejaba sobre tu regazo.

  Corriste hacia el vestíbulo y yo te seguí. Si no hubiera sido porque necesitaba coger las llaves del coche, me hubiese ido sin el bolso. 

  Cuando llegamos al hospital, las convulsiones habían cesado. Celia se había quedado dormida con la cabeza sobre mi hombro. Su cara había recobrado la paz y su respiración se había vuelto regular. Aun así, esperamos a que la viese un médico. Aquel día no nos fuimos muy contentos.

  ─Fiebre ─nos dijo el pediatra que la vio─. A los bebés les sube mucho la fiebre pero luego resucitan como si tal cosa.

  Me molestó la sorna de su voz. Yo sabía que no se trataba de unas simples fiebres.

  Aquella noche, Celia tuvo otra crisis. Esta vez las convulsiones se prolongaron durante media hora. Alarmado, llamaste a una ambulancia. El médico que acudió en nuestro auxilio me asustó cuando la tomó en sus brazos. Era grandote como un oso, sus manos parecían zarpas y su mentón prominente le daba un aspecto feroz. Estuve a punto de quitársela para proteger a mi niña. Y sin embargo, con qué ternura le acarició la frente. La acostó de lado en su cunita y permaneció junto a ella hasta que remitió la crisis y se quedó dormida.

  ─Tiene toda la pinta de un ataque epiléptico ─oí sin entender lo que me estaba diciendo. El cansancio había nublado mi mente y no me dejaba ver más que la oscuridad.

  ─¿Ya está bien? ¿Ya ha pasado?

  ─No se lo puedo decir, señora. Habría que hacerle pruebas para ver qué es lo que le ha causado la crisis. Puede ser un episodio ocasional o… ─se detuvo unos instantes como si sopesase las palabras─. Llévela a su pediatra. Él sabrá lo que hay que hacer.

  Empezó así un calvario para todos nosotros que ya no tendría fin.

  En mi memoria se confunden los días y las noches que siguieron a aquel tres de octubre en el que nuestro pequeño mundo se puso del revés. El pediatra nos mandaba de un médico a otro y nos llenaban la bolsa de medicinas y preocupaciones. Pero todavía creíamos que la enfermedad de nuestra niña sería cosa de unos días. De semanas, tal vez. Que luego, la vida volvería a ser como antes. ¡Qué ilusos éramos! La vida nunca es como antes.

  Las crisis epilépticas se hicieron más frecuentes. Compramos una cama plegable y cada noche, nos turnábamos para dormir con Celia. Mi sueño, que desde que había nacido nuestra hija era muy ligero, se volvió casi inexistente. No era vigilia pero tampoco me permitía descansar. Bastaba con que la niña cambiase de postura para que me despertase sobresaltada. El cansancio y las preocupaciones me impedían concentrarme en el trabajo y un día, mientras conducía de regreso a casa, me quedé dormida al detener el coche en un paso de cebra. No puedo describirte mi terror cuando desperté desorientada por el estridente sonido de los cláxones de otros coches, sin saber dónde estaba ni qué hacía en aquel cruce de calles.

  Tú, sin embargo, seguías fiel a tu optimismo de siempre. Desesperándome con tu ceguera.

  ─No pasa nada─decías en los pocos momentos en los que estábamos juntos─. Será cosa de unos días. Después Celia volverá a ser nuestra niña de siempre.

  Sin embargo yo supe desde el principio que mi bebé alegre y juguetón se había ido para no regresar más. En su lugar, no teníamos sino un simulacro de niña que quería parecerse a nuestra Celia sin conseguirlo. Cuando contemplaba su carita, ya no veía su sonrisa sino la horrible mueca que anticipaba las crisis. Su llanto se hizo persistente. Era como un ronroneo que taladraba mis oídos y atormentaba mi cerebro persiguiéndome incluso cuando estaba lejos. Puede que, por tu manía de apartar lo que no te gusta, hayas olvidado el suplicio que suponía darle de comer. Una hora para que tragase tres cucharadas de papilla. Y al final, ¿de qué servía mi paciencia, querido? De nada. La dichosa niña me recompensaba salpicando mi ropa y poniendo perdidas las paredes de la habitación con su vomitona.

  Pero tú te negabas a ver cómo se había ido a pique nuestra vida. Te negabas a ver cómo habíamos dejado de reírnos juntos; cómo ya no nos acariciábamos. ¿Cuántas veces fuimos a cenar a un restaurante los dos solos después de la primera crisis epiléptica? ¿Cuántas veces cogimos la moto para dar siquiera una vuelta por los alrededores de Madrid? ¿Cuántas veces me llevaste a bailar, al cine o al teatro? ¿Cuántas veces pudimos hablar de otra cosa que no fuera lo que le sucedía a la niña? ¿Cuántas veces? Di. Dejamos de hacer tantas cosas que olvidamos cómo se hacían.

  Te limitabas a construir quimeras, castillos en el aire. Seguías haciendo planes para cuando la niña anduviera, para cuando dijese sus primeras palabras. Negándote a ver que los hijos de nuestros amigos la iban dejando atrás; negándote a escuchar a la cuidadora de la guardería, que nos decía de forma cada vez menos velada que Celia no era como los otros. Como te negaste a ver mi agotamiento, mi miedo a lo que nos pudiera pasar después. Las veces que intenté compartir contigo mi sufrimiento, te limitaste a abrazarme y a decirme:

  ─Ya verás como pronto pasa esta mala racha y podemos viajar los tres a Chipre.

  ─¡Nooo! ─te gritaba desesperada─. No es ninguna mala racha. ¿Es que no ves que nada va ser igual nunca más? ¿No ves que nuestra niña no será nunca como las otras niñas? ¿No ves que ya no puedo más?

  Pero tú querías arreglarlo todo con besos sin querer ver que tus caricias, en lugar de aliviar mi sufrimiento, me traía el recuerdo de quienes fuimos, de quienes nunca más volveríamos a ser.

  Con tres años, Celia apenas caminaba. Sus palabras eran balbuceos que solo tú y yo entendíamos. En la escuela del barrio no quisieron admitirla porque, decían, no estaban preparados para hacerse cargo de una niña tan peculiar. Buscamos un centro especial que atendiera sus necesidades. Supongo que no lo habrás olvidado, como yo tampoco lo he borrado de mi memoria. Aún me estremezco cuando recuerdo el día que fuimos a visitar aquel que te recomendaron como el mejor de Madrid. Vuelvo a sentir el horror que sentí al ver a aquellos niños que parecían ancianos abandonados a su suerte. Niños tumbados sobre una moqueta verde cubierta de manchas de un color indefinido. Niños que sollozaban sin que nadie arrullase su llanto. Y aquel olor a orines y a desinfectante, tan intenso que creí desmayarme.

  ─¡Vámonos! ─me susurraste al oído─. Aquí no se queda Celia. Nuestra niña no es como esos.

  Y te negaste a llevarla a ningún otro centro especializado en niños diferentes. 

  Llenaste nuestra casa de fisioterapeutas, de logopedas, de psicólogos... Me cargaste de más y más trabajo sin consideración a mi cansancio, a mi depresión que crecía cada día más. Tuve que abandonar mi trabajo para ocuparme de Celia. Ya no era sino una máquina que tenía que quitar pañales, limpiar mocos, asistir a las sesiones de psicomotricidad o estimular su cerebro con cuentos que no entendía. ¿No comprendes que aquel ritmo de vida era demasiado para mí? ¿No veías mi agotamiento? Tú, tan sensible para la niña, no te dabas cuenta de que me estaba perdiendo a mí misma.

  Un día creí volverme loca. Creí haber llegado al límite de mis fuerzas. Te dejé en el hospital que habías montado en nuestra casa y salí a vagar por las calles. Durante horas me dejé llevar por mis pasos. Sin ver nada. Sin oír nada. Sin pensar en nada. Anduve sin ningún rumbo, sin ningún destino. Caía la tarde cuando me senté en un banco de un parque. Ya no quedaba casi gente. Mediaba octubre y, pese a haber sido un día caluroso, empezaba a refrescar. Dejé que la brisa que llegaba de la sierra jugara con mis cabellos. Por un momento me creí la joven despreocupada que bailaba descalza en las fiestas de sus amigos: la joven que fui antes de conocerte. Me quité los zapatos y caminé con los ojos cerrados por la hierba húmeda. Dejé que las gotas de agua salpicaran los bajos del pantalón. Una sensación de euforia desbordó mi pecho. De pronto, oí una carcajada. Abrí los ojos y vi a una niña que me tendía las manos.

  ─¿Puedo jugar contigo?

  Tendría cuatro años, poco más que nuestra hija. Por un momento creí que se había producido un milagro, que se trataba de Celia. Le cogí las puntas de los dedos y bailamos juntas al son de una cancioncilla infantil que cantaba con su dulce voz. ¡Qué felices fuimos! Se había acabado la horrible pesadilla que nos había estado atormentando y me habían devuelto a mi niña. De pronto, oí la voz de una mujer.

  ─¡Inés! ¡Haz el favor de venir aquí!

  Mi niña se soltó de mis manos y salió corriendo dejándome en compañía de mi soledad. Con la cabeza gacha y los hombros hundidos, me puse en camino a casa. Pero cuando, atisbé el portal de nuestro apartamento, supe que no podía retomar mi vida con aquel ser extraño que nos había arrrebatado a nuestra niña. Me olvidé de ti. Solo quería escapar de la angustia que me embargaba. Di media vuelta y tomé el Paseo de las Delicias hasta la estación de Atocha, donde tomé un tren que me llevó muy lejos de allí.

  En estos doce años que han pasado desde entonces, no ha transcurrido un día en el que no me haya arrepentido de mi huída. No ha habido noche en la que no haya permanecido desvelada durante horas añorando tus caricias y tus besos; preguntándome cómo sería nuestra niña, si notaría mi ausencia o la colmaría toda tu capacidad de amar; consumiéndome la culpa por haberte dejado solo ante una carga que a mí me pareció y me sigue pareciendo inconmensurable. Me es imposible decirte cuántas veces descolgué el teléfono con el anhelo de oír tu voz, la de mi niña. Cuantas veces descolgué el teléfono para pedirte perdón con la esperanza de que me dejaras volver. Pero siempre me vencía el miedo a tu rechazo y colgaba antes de que contestaras mi llamada. Solo una vez me atreví a esperar. Fue hace unos días Al otro lado del teléfono, una voz vacilante que ceceaba me entretuvo hablándome de ti. Estuve a punto de revelarle mi nombre, de desahogar mi amor y mi dolor en su cándido corazón pero tuve miedo de herir su inocencia. Le dije que era un hada buena que velaba sus sueños. Y ella, nuestra Celia, mi niña querida, me confío su secreto, vuestro secreto. 

  ─El sábado papi me lleva a la playa. El sábado nos vamos a Vera. Papi me lleva en tren ─me decía emocionada entre risas. 

  Y yo escuchaba embelesada esas risas que eran las tuyas. Durante casi una hora, me habló con ternura del abuelo Sergio, mi padre, y de la abuela Lucía, mi madre, a los que no he vuelto a ver desde que me escapé de casa. Me habló de Pipo, su perro de largos cabellos negros, y de Micaela, su muñeca favorita. No podía dejar de escucharla y todo me sabía a poco. Cuanto más la oía, mayor era la herida que se abría en mi alma. Cuando al fin se despidió de mí, caí de rodillas. Oculté el rostro en mis manos y me abandoné al llanto.

  El sábado, yo también cogí un tren que me trajo a Vera. Yo también estaba emocionada.

  El domingo te volví a ver. De lejos. Desde la distancia. El domingo te volví a ver después de tantos años. Estabas apoyado con displicencia en la baranda del malecón. El pie derecho firme sobre el suelo empedrado y el izquierdo apenas posado sobre la punta, la cabeza ligeramente ladeada y un hilo de humo del cigarrillo ascendiendo al cielo mientras dibujaba ondas que se desleían en el aire. Supe que eras tú aunque me dabas la espalda. Sin necesidad de que te volvieras; sin necesidad de verla a ella, que recostaba la cabeza en tu hombro.