miércoles, 22 de noviembre de 2017

Un minuto antes de la medianoche






 

   El primero que se paró fue el de la cocina. Estuvo todo el día renqueando y a las cinco y diez de la tarde, se cruzó de brazos y dejó de andar.

   Mateo estaba cebando su pipa mientras se tomaba una taza de café negrísimo con unos bizcochos ya secos y duros por el paso de los días. Sus ojos cayeron sobre las manchas que salpicaban la piel de sus manos. Algunas eran del mismo color que el tabaco que rebosaba en la cazoleta. Otras le recordaban el pelaje canela de Chucho, el perro callejero que años atrás se dejaba ver a la caída de la tarde por el patio trasero en busca de los resto de la comida. Unas pocas pintas eran más claras con los bordes oscuros, como la leche derramada cuando se quedaba pegada a las paredes del puchero. Todas esas marcas formaban un mapa que señalaba los lugares que nunca conocería; aquéllos en los que Carmen soñaba cuando era joven.

   Dejó vagar sus ojos por la cocina. Las paredes habían perdido el tono vainilla y se veían grises. Por el muro frente al fogón discurría un caminito más oscuro señalando el rastro por donde en otro tiempo ascendía el delicioso humo de algún guiso. Su mirada se detuvo sobre el reloj, tan grande como la rueda del carro e igual de desvencijado: el dos que señalaba las doce se había dado la vuelta como un pajarillo que estuviera boca abajo. El viejo reloj había dejado de andar a las cinco y diez. Era esa la hora en la que sus dos hijos, cuando eran niños, volvían de la escuela. Le pareció verlos entrar por la puerta trasera, tirar al suelo las carteras, los abrigos, las bufandas y empujarse para ser los primeros en llegar a la mesa donde les esperaba la merienda. Curro se apresuraba en abalanzarse al plato de las galletas, mientras Pepe, más remilgado, mordisqueaba la esquina de una tostada. Carmen les tiraba de las orejas y los llevaba hasta el fregadero para que se lavasen las manos y la cara antes de que arremetieran contra las delicias que con tanto esmero había estado preparando.

   Mateo algunas veces llegaba un poco más tarde; cuando ya habían levantado el mantel y no quedaba otro rastro de la merienda que las migas que ensuciaban el suelo. Cada uno de sus hijos sentado en un extremo de la mesa hacía sus tareas escolares. A Mateo le encantaba el olor de las virutas de la goma de borrar que manchaban los cuadernos. Pepe siempre era el primero en percatarse de la llegada de su padre. Le daba una patada a la cartera y se arrojaba a sus brazos. Curro, que por ser un año mayor, creía que debía comportarse con mayor formalidad, esperaba a que su hermano terminase sus efusivas muestras de entusiasmo y le tendía la mano mientras esbozaba una media sonrisa. ¡Ah! ¡Cómo se cubría su rostro de rubor cuando Mateo le revolvía aquel pelo revoltoso del color de las mazorcas de maíz!

    En aquellos años Mateo todavía era un héroe para los dos muchachos. Nadie pescaba unas truchas más hermosas; ni lanzaba una piedra más lejos, ni la hacía rebotar sobre el arroyo formando círculos tan perfectos; ni sabía contar como él terroríficas historias sobre hombres que en las noches de luna llena se transformaban en fieros lobos hambrientos de sangre. Nadie como él. 

   Pero aquellos años hacía mucho tiempo que habían quedado atrás. Hacía mucho tiempo que la vorágine de la ciudad había engullido las vidas de sus hijos. Hacía mucho tiempo que Mateo había dejado de creer en la promesa de una visita que nunca llegaba.

   El reloj de la cocina fue el primero que se paró. Dejó de andar a las cinco y diez de una tarde de primavera en la que Mateo estaba cebando su pipa mientras se tomaba una taza de café negrísimo con unos bizcochos ya secos y duros por el paso de los días.

   El segundo en detenerse fue el despertador que cada mañana lo animaba a encarar un nuevo día. Había dejado de andar a las dos menos veinte de las madrugada pero Mateo no se dio cuenta de ello hasta que no lo despertó el canto de un jilguero posado en el cerezo que crecía junto a su ventana. Creyó que la noche anterior había olvidado darle cuerda, pero cuando lo hizo, las agujas del reloj se negaron a reemprender su recorrido.

   Aquel reloj fue un regalo de Carmen cuando empezó a trabajar en la fábrica de harinas. Era un reloj apresurado que cada dos días se adelantaba tres minutos. Su mujer lo dejaba correr de lunes a sábado y el domingo lo ponía en hora al volver de misa siguiendo las campanadas de la torre del ayuntamiento.

  Cuando Carmen vivía, era ella la primera en oírlo a las seis de la mañana. Mateo tenía el sueño pesado y hasta que su esposa no lo zarandeaba no oía nada.

  A Mateo le gustaba remolonear en la cama. Se daba media vuelta y se tapaba la cabeza con la sábana para retener los últimos instantes de un sueño que ya se había despedido. En cambio Carmen, se levantaba de la cama de un salto tan pronto como sonaba la campanilla del despertador como si no la hubiese interrumpido en lo mejor de su descanso. Mientras Mateo trataba de robarle un puñado de minutos al día, su mujer trajinaba en la cocina, abría las ventanas de la sala y barría el zaguán. Solo cuando el aroma de los picatostes le cosquilleaba la nariz se animaba el hombre a levantarse.

   Cuando entraba a la cocina, ya tenía sobre la mesa el humeante desayuno. Junto a su silla lo esperaban los zapatos recién lustrados y frente a la taza de café, un bocadillo de salchichón envuelto en papel de periódico para el almuerzo del mediodía. Mateo saboreaba despacio el primer picatoste. Daba pequeños mordiscos, igual de melindroso que su hijo pequeño, y, entre uno y otro bocado, se demoraba contemplando el ir y venir por la cocina de su mujer. De pronto, ella se volvía y lo azuzaba para que se diese prisa con la amenaza de quitarle el plato si no terminaba de una vez.

   Antes que las campanadas del reloj del ayuntamiento dieran las siete, Mateo se cubría la cabeza con un sombrero de ala ancha y alzaba levemente la barbilla a modo de despedida. El picaporte de la puerta de la entrada chirriaba. Pepe, que tenía el oído fino, salía corriendo del cuarto que compartía con su hermano y saltaba al cuello de su padre darle el primer abrazo del día.

   El despertador que cada mañana lo animaba a encarar un nuevo día fue el segundo en detenerse. Se paró a la una menos veinte de la madrugada pero Mateo no se dio cuenta hasta entrada la mañana, cuando lo despertó el canto de un jilguero que se había posado en la rama de un cerezo junto a su ventana. Aún entre el sueño y la vigilia, alargó la mano hacia la derecha en busca del calor del cuerpo de su esposa, pero no encontró más que el hueco vacío y las sábanas frías. Hacía dos años que Carmen no estaba con él, pero todas las mañanas le parecía que lo despertaba al posar la pequeña mano en su hombro.

   El tercer reloj que se detuvo fue el de su muñeca; un reloj con la correa de cuero cuarteada por el paso de los años. Se lo había quitado para darse un baño y lo había dejado sobre la repisa del cuarto de baño. Se le cayó al suelo cuando fue a coger la brocha de afeitar y del golpe, las agujas se pararon en las nueve y cuarto. De nada le sirvió agitarlo. Lo sacudía junto a la oreja pero no volvió a oír su parsimonioso tic tac.

   No era más que un reloj barato que su nieto Fernando le regaló quince años atrás con motivo de su cumpleaños. Nunca un presente había tenido tanto valor para Mateo. Su hijo Pepe le habló de la paciencia con la que cada semana Fernando, con tan solo ocho años, apartaba unas monedas de su paga para el reloj del abuelo, con qué cariño las contaba y recontaba. Cada mañana, de camino al colegio, se paraba ante el escaparate en el que se exhibía el reloj y aplastaba la cara en el cristal mientras imaginaba la expresión de sorpresa del abuelo en el momento en que desenvolviese el paquete. Cuando reunió la cantidad exacta, se hizo acompañar de su madre hasta la tienda y él mismo le indicó al dependiente el reloj que quería.

   Fernando había sido el primer nieto de Mateo. Cuando nació, sus padres eran aún unos niños incapaces de hacerse cargo de un bebé. Estuvieron dando tumbos con su hijo a cuesta por distintas ciudades tras trabajos más y más precarios hasta que Carmen se lo llevó a su casa. Lo que iba a ser una solución de unas semanas se prolongó meses y meses hasta que el pequeño Fernando cumplió seis años. En ese tiempo, abuelo y nieto se hicieron inseparables. Hacía poco que Mateo se había jubilado y tenía todas las horas del día para dedicárselas a su nieto. Hasta que aprendió a caminar, lo llevaba a la espalda en una mochila. El niño lo miraba todo con los ojos muy abiertos, dos canicas azules a punto de echarse a rodar. Cuando dio sus primeros pasos, empezó a seguirlo por la casa como un patito sigue a su madre. Y al crecer un poco más, lo acompañaba a pescar truchas o a recoger el correo a la plaza. Si iban al pueblo, Fernando se atiborraba de golosinas y pocas veces se libraban de la regañina de Carmen porque el niño no quería comer.

   Un día Pepe fue a buscarlo. El nieto de Mateo armó tal rabieta que la señora Pascuala, que vivía al otro lado de la calle, se presentó en la casa asustada creyendo que le había sucedido alguna desgracia. Fernando no quería abandonar a su abuelo y no se calmó hasta que su padre le prometió compararle una excavadora de juguete.

   Al principio, Fernando llamaba a su abuelo todos los días al llegar del colegio. Le hablaba de sus nuevos amigos, de las historias que se escondían entre las páginas de los cuentos, de sus rodillas salpicadas de heridas por jugar a luchar con su vecino Manolito... A Mateo se le convertía en manteca su corazón cuando su nieto le contaba lo triste que era irse a dormir sin el beso de buenas noches del abuelo.

   Con el paso de los meses, se espaciaron las llamadas. Fernando hablaba más y más distraído, con prisa para despedirse e irse a jugar. Hasta que dejó de telefonear encandilado por nuevos amores.

   El tercer reloj que se paró fue el de su muñeca. Era un reloj con la correa de cuero cuarteada por el tiempo. Se detuvo una mañana a las nueve y cuarto después de caerse al suelo cuando iba a coger la brocha para afeitarse. Se trataba de un reloj barato pero para Mateo era el objeto más preciado. Se lo regaló su nieto Fernando en un lejano cumpleaños.

   El último en detenerse fue su corazón. Tenía la maquinaria vieja, oxidada, y se cansó de funcionar. Mateo tenía cerca de noventa años y hacía tiempo que no esperaba sino que sonase la última campanada de su vida. Y una noche, un minuto antes de la medianoche, el reloj que guardaba en su pecho dejó de andar para siempre.

   Ni siquiera se percató de ello. Ocurrió mientras dormía en su lecho; mientras el sueño cubría con un velo compasivo sus esperanzas malogradas. Mateo era un anciano de casi noventa años. Vivía solo en la misma casa que compró para Carmen, su mujer, al poco tiempo de casarse. En ella nacieron sus hijos, Curro y Pepe. En ella los vio crecer, reír y llorar. En el patio trasero de la casa vio jugar a Fernando, su nieto. Cuando Mateo se jubiló solía sentarse en la cocina y, mientras degustaba una taza de café y cebaba su pipa, contemplaba a Carmen envolver las croquetas de la cena.

   Pero hacía ya mucho tiempo que sus seres queridos se habían ido. Los primeros en abandonar la casa fueron sus hijos. Partieron con la promesa de volver a menudo; pero nunca regresaron. Luego se marchó su nieto Fernando, que durante cinco años, le hizo sentirse joven y amado. La última en irse fue Carmen, que durante semanas se encaró con la muerte resistiéndose a dejarlo solo.

   En el último mes, se fueron parando los relojes de su casa. El primero en detenerse fue el de la cocina. Sus agujas dejaron de andar a las cinco y diez de una tarde en la que Mateo se estaba tomando una taza de café negrísimo y unos bizcochos duros mientras cebaba su pipa. El segundo fue el despertador que cada mañana lo animaba a encarar el día. Detuvo su caminar a la una menos veinte de la madrugada pero Mateo no se percató de ello hasta entrada la mañana cuando lo despertó el canto de un jilguero posado en un cerezo que crecía junto a su ventana. El tercero en detenerse fue el reloj de su muñeca: un viejo reloj con la correa de cuero cuarteada por el paso del tiempo que dejó de andar a las nueve y cuarto al caerse al suelo cuando iba a coger la brocha de afeitar. Se trataba de un reloj barato pero para Mateo era el objeto más valioso. Se lo regaló su nieto Fernando en un lejano cumpleaños. El último en detenerse fue su corazón. Llevaba tiempo renqueando cansado de esperar sin esperanza. Se detuvo mientras Mateo dormía, para que ningún triste pensamiento viniera a perturbarlo. Se detuvo mientras Mateo dormía, un minuto antes de la medianoche.