lunes, 7 de mayo de 2018

La plus que lente





IUn cóctel margarita.

   El Folies es un local pequeño, con no más de siete mesas, una barra y un exuberante ficus que entorpece el paso a los pocos clientes que se detienen a tomar una copa. El dueño, un francés cincuentón que llegó a España hace veinte años, se empeña en dar al local un toque de distinción y adorna sus paredes con antiguos carteles del Folies Bergére que cambia cada semana. Dice que los bellos rostros de las divas retratadas le ayudan a combatir los momentos de añoranza que a veces le acomenten. A este enamorado de la elegancia, le hubiera gustado poder contar con música en directo, pero no tiene espacio ni ingresos suficientes y ha de contentarse con un equipo de alta fidelidad de los años setenta que durante horas obsequia a sus pocos clientes con melodías tan dispares como las canciones de Johny Hallyday o las Gymnopédies de Satie. El Folies abre por las noches, de ocho a doce, pero pocos se animan a traspasar el umbral a pesar de los precios de sus combinados, por debajo de otros locales menos distinguidos. No obstante, tiene unos clientes fijos que buscan un rato de conversación con Gerald, el francés: un matrimonio de maestros jubilados, un oficinista del ministerio, tres amigas que se conocieron en un club de divorciados y poco más.

   Los fines de semana el Folies disfruta de mayor concurrencia. Entre las nueve y las once se reúnen en su barra los que salen de la sesión de las siete del cine Guerrero y los que esperan que dé comienzo la película de las diez. Los viernes, pasadas las nueve, llega ella, distante y ajena a la expectación que suscita en el francés. Es alta, muy alta, tanto que su cabeza sobresale por encima de la de la mayoría de los hombres. Lleva siempre vestidos blancos o negros de seda, sin mangas y con cuello barco, haga frío o calor; vestidos que se ajustan a su cuerpo sin formar ni una sola arruga; el talle alto y un pequeño volante en el bajo a juego con el sombrero que cubre sus cabellos de color caoba. En verano protege sus hombros del aire acondicionado con un mantón de Manila adornado con pavos reales bordados en miles de colores y en invierno cubre su vestido con una capa de terciopelo color guinda. 

   Gerald sospecha que ronda la treintena aunque el cabello recogido bajo la nuca la hacen parecer mayor. Suele aparecer cuando el Folies ya está lleno, como si quisiera esconderse entre la multitud, y elige una mesa. Siempre la misma; apartada en un rincón desde donde contempla a los clientes que entran y salen. A veces, encuentra ocupado su sitio. Cuando esto sucede, asoma a su rostro un gesto de estupor. Mira en derredor y se dirige a la mesa que hay junto al ficus: un lugar poco atractivo por encontrarse en la esquina más oscura del Folies pero que le permite observar a la concurrencia. Pese a encontrarse en territorio casi francés, la mujer pide un margarita. A Gerald no le importa esta pequeña herejía a su espíritu galo y él mismo se encarga de mezclar el tequila con el licor de lima, el zumo de limón, el azúcar y el hielo picado con la misma devoción que si fuera descendiente directo de Danny Herrera. 

   Y es que el francés siente predilección por la joven. En más de una ocasión ha sentido la tentación de dejar por una hora o dos su escrupulosa vigilancia del negocio y sentarse a su lado para entablar conversación. Pero en el último momento desiste intimidado por el aspecto distante y algo altanero de la joven. Hace nueve meses que se limita a contemplarla desde la barra, tras la caja registradora. Le fascina verla beber a sorbitos el cóctel. Sus manos son tan blancas y delicadas que parece como si apenas tocasen el cristal. Cuando más le gusta es en los momentos en que la sorprende mirando ensoñadora por encima de la copa y poco a poco, como si fuese el sol naciente, va asomando a sus labios una sonrisa. Entonces cambia el disco que esté sonando y pone para ella La plus que lente, de Debussy, que, piensa, le puede gustar. Y a las once, ni un minuto antes ni un minuto después, la ve partir con su andar candecioso. Sin despedirse de nadie, como si el Folies fuese un lugar encontrado al azar y no donde pasa dos horas las noches de los viernes.

   La joven no sólo despierta fascinación en Gerald. A menudo se acerca algún cliente solitario a su mesa. Ella se deja invitar mientras lo seduce con su mirada atenta. No hay nada que halague tanto a un solitario que ser escuchado por una bella mujer sabiéndose envidiado por otros solitarios y por más de un descontento con su pareja. Ella no suele hablar mucho y, como bien puede decir Gerald, todavía no ha llegado quien le haya podido arrancar una palabra de su vida. Nadie conoce dónde vive, ni qué hace. Si está sola o las noches de los viernes le sirven de excusa para escapar de una existencia anodina. 

   El francés, que presume de romántico, está convencido de que la joven sufre mal de amores; que por esos mundos vive un desaprensivo que le arrancó el corazón para luego abandonarla. Cuántas noches permanece en vela imaginando que se convierte en el galán que le hace olvidar sus desdichas. Gerald no se tiene por un seductor. Le molesta su nariz larga, gruesa y colorada. Le molesta su barriga que, en los últimos años, ha crecido tanto que a veces duda que sea suya. Le molesta sus manos grandes y gordezuelas, tan poco propicias para acariciar la fina piel de la joven. Y, sin embargo, ¿quién mejor que él para hacerla feliz? Se le van las horas imaginando largas conversaciones en el Folies mientras los clientes se van marchando al compás de las notas de Debussy. Pero no puede evitar tener miedo; miedo a que llegue otro más atractivo que él y se la lleve.

  Y una noche ocurre lo que más teme.

  A las ocho, antes de que haga su aparición la joven, entra en el Folies un hombre ataviado con un traje color crema. Va directo a la barra, escala un taburete y pide una copa de vino blanco que, tras un sorbo, deja sin tocar sobre una mesa. Parece absorto en sus pensamientos, alejado de la concurrencia que cada viernes llena el local. Inclina la cabeza a un lado y permanece escuchando la voz interior que parece martirizarlo. 

  A las nueve y cuarto la silueta de la joven se recorta en el umbral de la puerta. Camina con lentitud hacia su rincón favorito. A medio camino se detiene. Una pareja departe alegremente en la mesa donde suele pasar la noche de los viernes. Mira hacia la otra esquina pero también allí le han arrebatado el sitio. Gerald, que no le quita ojo, sale a su encuentro y le ofrece otra mesa junto a la del desconocido del traje color crema. Para compensarla de las molestias, la invita a un cóctel, que le deja con una rosa roja. Ella lo obsequia con una sonrisa que el francés, con la emoción, olvida devolver. Luego regresa a su puesto, detrás de la caja registradora, a contemplar cómo la joven degusta con deleite su margarita.

  A las diez menos cuarto, entra en el Folies un grupo de siete japoneses. Gerald los mira con extrañeza. ¿Qué hacen esos turistas tan lejos del centro de la ciudad? Les busca acomodo como puede junto al ventanal del pequeño local. Ha de unir dos mesas para que puedan sentarse todos juntos. Durante unos minutos se arma un revuelo. Le ruega a una pareja que se levante un momentito y mueve hacia la puerta las sillas y el velador. El escritor frustrado lo ayuda en su tarea y un señor maduro coge un vaso de otra mesa vacía un instante antes de que se pueda caer al suelo. Cuando al fin termina de colocar a los japoneses y de servirles una cocacola, se acuerda de Debussy. Se aproxima al viejo tocadiscos y hace sonar La plus que lente. Sólo entonces se vuelve y la ve conversando animadamente con el desconocido del traje color crema.

  No puede evitar sentir un pellizco en el corazón. No sabe por qué. El hombre del traje color crema no es el primero que la entretiene con su charla. Pero éste le parece distinto. Le habla en susurros sin que parezca que haya jactancia en sus palabras. El francés está demasiado alejado para oírlo pero intuye que lo que dice el hombre del traje color crema no resbala sobre la joven, como ocurre otras veces. Ella inclina la cabeza hacia delante para escuchar mejor y, de tanto en tanto, le dice algo al oído. 

  El reloj anuncia las once y la joven no se levanta. Ni se despide con displicencia de su admirador ocasional. El hombre del traje color crema pide la tercera copa de vino; la tercera margarita. Se acomoda en su asiento dispuesto a escuchar a la joven. Ella, por primera vez desde que la conoce Gerald, lanza a rodar su lengua; comienza a hablar con avidez como queriendo recuperar todos los meses que ha permanecido callada. Gerald la ve reír con ganas; la ve gesticular; la ve colocarse con coquetería un mechón rebelde por detrás de la oreja. La ve a pocos metros y nunca tan alejada. El reloj anuncia las once y media, las doce, las doce y media. Y ella no se marcha. El reloj anuncia la una, las una y media, las dos. Y ella no se mueve, absorta en las palabras del hombre del traje de color crema. El reloj anuncia las dos y media, las tres. Y ella no se va y los clientes se despiden del francés con la voz dormida. Y Gerald no se atreve a cerrar el Folies.

  A las cuatro de la mañana, ya no quedan más que ellos y el francés en el Folies. La joven mira su reloj de pulsera, se ruboriza y se levanta de su asiento visiblemente alarmada. Da una vuelta alrededor de la mesa hasta que encuentra su bolso y el mantón de Manila adornado con pavos reales bordados en miles de colores. Le dice algo en voz baja al hombre del traje de color crema y enfila hacia la puerta. Él la coge del brazo y sale con ella a la calle. Gerald siente una opresión en el pecho que no sabe si es debida al cansancio o al presentimiento de que aquélla es la última noche que verá a la mujer.


II. Artemisa.

  Ángela llevaba tres años trabajando para Artemisa. Había aceptado el trabajo por desesperación, después de meses sin encontrar un empleo. Iba a ser una situación provisional. Ella era peluquera y cuidar a una nonagenaria no era lo que más le apetecía. Pero en aquel momento la salvó de la indigencia o quién sabe si de algo peor. Era un trabajo que le ahorraba gastar sus míseros dineros en alojamientos aún más míseros que, en la mayoría de los casos, debía compartir con otras chicas, no muy amistosas, por cierto. Allí tenía una habitación con su cuarto de baño para ella sola, por no decir la casa entera, que nadie más que ella disfrutaba.

  Al principio, sus funciones se limitaban a hacer compañía a Artemisa, escuchar las miles de historias de sus años como actriz figurante en el teatro Apolo. A la anciana se le iban las horas ante tres álbumes de fotos en los que posaba con los galanes de los años cincuenta y sesenta: Alberto Closas,  Paco Rabal, Arturo Fernández…

  —Ésta me la hice en el estreno de Historia de una escalera  —decía—. Aquí estoy con Gabriel Llopart y don Antonio. Mira, mira, ¿no te parece guapísimo Gabrielillo?

   Antes de que Ángela tuviese tiempo de responder, Artermisa se incorporaba ligeramente de su sillón y señalaba con el dedo el armario.

  —Anda, rebusca por ahí, que tengo un vestido de seda blanco que termina en un volantito color melocotón. Busca, busca.

  En medio de un caos de boas de plumas, zapatos de tacón fino, sandalias plateadas y lentejuelas, aparecía el vestido envuelto en una funda de la tintorería. Artemisa lo sacaba con cuidado del plástico y se acariciaba con él la mejilla.

  —¡Ayúdame a ponérmelo! —ordenaba como una niña caprichosa—. Seguro que todavía me vale. No he engordado ni un gramo desde los veinte años.

  Ángela la miraba no sin cierta piedad. La bella actriz de las fotografías se había convertido en una anciana pequeñita y consumida. Pero, para no decepcionarla, ponía todo el empeño en su arreglo. Como había visto ver a su madre, que era modista, le ajustaba el vestido con imperdibles, con cuidado para que no perdiese el equilibrio.

   —Ahora hazme un moño italiano con esas manos prodigiosas que tienes, hija.

   Ante el espejo del tocador, Ángela moldeaba los cabellos que ella misma había teñido de blanco azulado. Después, le maquillaba los ojos y le daba carmín en los labios con un pincel fino.

  —Ha quedado bellísima —le decía con verdadera admiración—. Lista para acudir al último estreno de Almodóvar.

  —¡Puff! —bufaba la anciana con desprecio—. Ése tan vulgar no merece un vestido tan especial.

  Acababan las dos riéndose como traviesas adolescentes. Y daban un paseo alrededor de la manzana.

  Con el transcurso de los meses, Artemisas se fue volviendo más frágil. Por las mañanas le costaba levantarse y había que cogerla del brazo en sus paseos vespertinos. Llegó un día en el que no se sintió con fuerzas para jugar a ser una diva pero el miedo a perder la ilusión le hizo inventar un nuevo divertimento:

  —Busca el vestido negro con pedrería, hija, y póntelo para que vea cómo te queda.

  Ángela lo tomó en sus manos como si fuese un paño sagrado. No se atrevía a desdoblarlo. Una cosa era vestir a Artemisa y otra llevar ella semejantes joyas.

  —¡Venga, venga! ¿A qué esperas? Quiero verte con él.

  Un acceso de tos le cortó la palabra. Ángela, asustada, se arrodilló junto a ella con el vestido todavía sobre el brazo. Artemisa negó con la cabeza y le pidió un vaso de agua, que bebió a pequeños sorbos. Cuando se repuso, volvió a insistir en que se pusiera el vestido. La joven accedió temiendo que, si la contradecía, la anciana sufriera algún ataque más grave.

  —Recógete el pelo en un moño bajo, que a ti no te pueden quedar bien los italianos.

  La joven se dejó guiar. La suavidad de la seda al deslizarse por su piel la hizo estremecer. Descalza sobre la alfombra dio tres vueltas sobre sí misma. Se contempló en el espejo y se sobrecogió al verse vestida para un cóctel que nunca iba a asistir.

  —Estás bellísimas, lista para que un apuesto caballero te invite a un margarita.

  Las palabras de Artemisa la devolvieron del mundo de los sueños. Se quitó con apresuramiento el vestido y se arrodilló junto a la anciana escondiendo el rostro en su regazo.

  Aquel nuevo juego, que se repitió las tardes siguientes, siempre acababa con unas horas en las que Artemisa se dejaba llevar por la melancolía. Por su memoria pasaban los amores perdidos, las amigas que murieron, la madre que sólo conoció en fotografías... Ángela la escuchaba embelesada añorando unos tiempos que nunca había vivido ni viviría jamás. La escuchaba hasta que el cansancio vencía a la anciana y había de llevarla a la cama en brazos.

  La fragilidad de Artemisa se iba acentuando con los días. Ángela dejó de consultar los anuncios por palabras en busca de otro empleo. El miedo a que pudiese sucederle alguna desgracia a la anciana era más fuerte que sus deseos de retomar su vida de peluquera, de sus sueños de encontrar un amor como los que le contaba la anciana.

 —Una vez conocí al Marahá de Kapurthala que quería convertirme en su esposa —le contaba a Ángela, que no sospechaba que aquélla era la historia de otra—. Pero yo preferí a un trompetista que conocí en una verbena y que hacía el amor como nadie.

  Las historias de la anciana eran una miscelánea de realidad y fantasía con las que Ángela construía luego sus sueños. Se asomaba al balcón y escrutaba los rostros de los viandantes en busca del príncipe que la convirtiese en una nueva Artemisa.

 Un viernes la anciana se fue a dormir a las siete de la tarde. Su respiración más y más débil la obligaban a hacer uso de un aparato que entorpecía su descanso. La noche cayó temprano y la casa se llenó de ruidos extraños. Ángela se contagió de la soledad que aquejaba a su señora y, para sacudirse de ella, se coló en la habitación de los recuerdos. Fue sacando uno a uno los vestidos hasta que dio con el que más le gustaba. Cuando se lo probó ante el espejo, no pensaba sino en matar el hastío; mas, al verse transformada en otra, cogió el mantón de Manila bordado con pavos reales de miles de colores y, presa de una renovada euforia, salió de la casa.

III. Ángela

   La noche, con sus luces artificiales, parece haber vestido de gala las calles. Ángela deja que sus pies la lleven sin decirle adónde. Será sólo un momentito, piensa. Artemisa no tendrá tiempo de echarla de menos. A medida que se aleja de la casa, crece su euforia. Se cruza con una pareja de enamorados. Van tan absortos en su abrazo que están a punto de tropezar con ella. Apenas susurran una disculpa que más parece un reproche. Pero Ángela no se siente ofendida. La alegría se va haciendo dueña de la joven.

  Su caminar azaroso la lleva a una puerta verde. Damas elegantes acompañadas de caballeros apuestos cruzan el umbral. Ángela eleva los ojos hasta el cartel: Folies. Suena como los sitios que aparecen en las historias de Artemisa y ello la decide a entrar. Avanza entre la gente hasta un rincón donde parece esperarla una mesa solitaria. El hombre que está detrás de la barra se acerca a ella y le da la bienvenida. Ángela se acuerda de los cócteles margaritas de los que tanto habla Artemisa y pide uno convencida de que le ha de gustar. Cuando se lo trae, lo degusta poco a poco mientras recorre con su mirada las mesas imaginando las historias de quienes pasan la noche en el Folies.

  De pronto, se acuerda de Artemisa y el miedo a que le haya pasado algo en su ausencia atenaza su garganta. Llama al camarero y pide la cuenta. Mira el ticket con extrañeza. Creía que le iba a costar más caro su cóctel margarita. Paga y deja una propina casi tan elevada como el precio de su consumición. Sale con apresuramiento y se promete no volver. Cuando llega a casa, Artemisa duerme como un bebé. Ángela comprueba el funcionamiento del respirador y la besa en la mejilla.

  Pero no es capaz de cumplir su promesa. A partir de entonces, la semana se le pasa contando los minutos que la separan del Folies. Le gustaría poder hablar de ello con Artemisa, describirle la música que vuela entre las mesas hasta acariciarle el corazón; los caballeros elegantes que se acercan a ella con halagos e historias seductoras. Le gustaría poder hablar de ello con Artemisa pero no se atreve. ¿Cómo decirle que le coge los trajes que guarda con tanto mimo?, ¿su mantón de Manila bordado con pavos reales de colores?, ¿sus zapatos de charol? Le gustaría hablar de ello con Artemisa pero no se atreve. Teme que la anciana se enfade, que se sienta decepcionada con ella y la expulse de su casa. Por eso permanece en silencio a pesar de que le gustaría contárselo todo.

  A veces, azuzada por la culpa, se promete no volver. Pero siempre rompe su promesa. Cuando llega el viernes, su corazón salta de dicha. Las horas se enlentecen y alargan la impaciencia. A las siete deja a Artemisa en su cama y se despide de ella con un beso en la frente. Se arregla con esmero como le ha enseñado la anciana y sale con el paso contento hasta el Folies. Es cierto, que en ocasiones, mientras la agasaja algún caballero, la asalta la angustia. ¿Estará bien Artemisa? Por eso nunca se permite permanecer en el Folies más allá de las once.

  Pero una noche conoce al hombre del traje color crema, su marahá de Kapurthala, que la envuelve con seductoras palabras. Ángela hace suyos los recuerdos de Artemisa y le cuenta que es una actriz figurante del Apolo; que estuvo enamorada de un tompetista que conoció en una verbena y murió llevándose con él su dicha. La noche camina  rauda y ella olvida mirar el reloj. Se bebe un margarita tras otro embriagada con sus propias historias: las historias de Artemisa. Por un instante la sensación de irrealidad le hace creer que está soñando.

  De pronto, se acuerda. Mira el reloj. Son las cuatro de la mañana. El corazón le da un vuelco. Deja caer la mirada por el local. Ya no queda en el Folies sino el dueño, un francés gordo y pelirrojo que siempre se muestra atento con ella. Una gota de sudor se desliza por la espalda. Mira a su alrededor en busca del bolso, el mantón de Manila bordado con pavos reales de colores. Se acerca al hombre del traje color crema, le susurra al oído una apresurada despedida. Y enfila hacia la puerta. Alguien la toma del codo y ella se sobresalta. Se vuelve. El hombre del traje color crema se ofrece a llevarla en su coche y Ángela, tras un instante de duda, acepta.

  No son aún las cuatro y media cuando Ángela abre la puerta de la casa de Artemisa. Los latidos del corazón le golpean el pecho con saña tras subir las escaleras en una acelerada carrera. El vestíbulo está a oscuras y un silencio nada acogedor le da la bienvenida. Todavía resuena en sus oídos la melodía al piano del Folies. Ángela se descalza para que los tacones sobre la tarima no delaten su salida clandestina y se dirige de puntillas a la habitación de la vieja actriz. 

  Artemisa parece dormir. Ángela se acerca a la cama para colocarle sobre la almohada la cabeza, que le cae a un lado; pero, antes de llegar, la luz de la luna que entra por la ventana le señala con un dedo la extraña mueca de la anciana. Un escalofrío le recorre la columna cuando ve la boca torcida y los ojos abiertos con espanto.

  Unos meses más tarde, se abre el testamento de la antigua actriz de reparto del Apolo. A falta de familia, amantes y amigos vivos, le deja sus bienes a Ángela, que le devolvió la alegría en los últimos años. No es una gran fortuna pero acaba con los problemas de la joven. Ya no le urge encontrar un empleo que dejó de buscar por cuidar a Artemisa. Tiene para ella la casa, los trajes, las joyas y los álbumes de fotos. Pero es incapaz de verlos. Ante sus ojos solo se le presenta el gesto de espanto de Artemisa y la culpa. Si aquella noche no hubiera salido, la vieja actriz no hubiese muerto en soledad. Nadie la persuade de que abandone su encierro. Nadie la persuade porque a nadie conoce. Y deja pasar los días, los meses, los años. Solo en sueños le parece oír una melodía al piano. Ella no lo sabe. Es La plus que lente de Debussy.



jueves, 3 de mayo de 2018

Old Tjikko








  Aquel verano no fuimos a la playa. La salud siempre delicada de mi abuela había empeorado y mi madre no quería alejarse de su lado. Yo acababa de cumplir trece años y tenía por delante más de dos meses de aburrimiento en una pequeña ciudad de provincias que se vaciaba de jóvenes en cuanto comenzaba la temporada estival. Recuerdo los primeros días de julio como una sucesión de horas que se alargaban mientras trataba de matar el tiempo jugando al futbolín con el dueño del bar o recorriendo las calles en bicicleta.

  Precisamente en uno de estos vagabundeos me encontré con el Old Tjikko: un descapotable negro, con la silueta de un árbol dibujado en el capó. No pude resistir sus faros redondos que me miraban desafiantes, coquetos. Me aproximé atraído por sus líneas sinuosas y, como no vi a nadie cerca, salté por encima de la portezuela para apoderarme del asiento del conductor. ¡Oh, qué gozada! Desde allí cualquiera se hubiese sentido el dueño del mundo. Acaricié el volante, del color y la suavidad del marfil, el salpicadero de madera de nogal, y las letras doradas junto al cuentakilómetros que conformaban dos palabras: Old Tjikko.

  —¡Eh!, ¿qué haces ahí, chico?

  Me volví avergonzado. Una mujer corría hacia el coche desde la casa mientras me increpaba.

  —¡Baja del coche si no quieres que llame a la policía!

  Cuando llegó junto al descapotable, abrió la portezuela invitándome a bajar, pero yo no me moví. Me sentía paralizado. La mujer semejaba la protagonista de una de esas películas que ponían los sábados por la noche en el Rialto. Debía de rondar la cuarentena pero no se parecía en nada a mi madre ni a sus amigas. Ni siquiera tenía nada que ver con las jóvenes que solían pasear por la plaza los días de fiesta. Llamaban la atención sus pantalones minúsculos, que dejaban al descubierto unas piernas largas y esbeltas: unos pantalones naranjas a juego con los zuecos de charol y la diadema de seda que mantenía en orden la melena exuberante de bronce. La mujer, al hablar, esbozaba círculos en el aire con un cigarrillo extralargo que llevaba encendido en la mano izquierda. Todo un escándalo en aquellos años en los que solo fumaban los hombres y hasta las chicas más jóvenes lucían recatadas faldas que les llegaban por debajo de la rodilla.

  —¿No me oyes o eres tonto?

  El elevado tono de voz revelaba su enfado. Farfullé unas palabras a modo de disculpa, antes de salir del coche, y enfilé la avenida en la bicicleta sin atreverme a mirar hacia atrás.

  Durante tres días viví la ansiedad de los deseos insatisfechos. No podía quitarme de la cabeza el descapotable y a su dueña. Me imaginaba conduciendo el Old Tjikko y llevando a mi lado a la hermosa mujer de los zuecos naranjas: fumando yo también cigarrillos extra largos mientras la seducía con mi conversación subyugadora. No fueron menos de diez las veces que dejé que el azar o mis anhelos me condujeran hasta su casa. Medio oculto por la sombra de un kiosco, pasaba el tiempo admirando el flamante vehículo y, ¿por qué no decirlo?, esperando que apareciera la bella desconocida. Pero desde mi escondite solo podía ver cómo entraban y salían del portal unos caballeros que, al igual que ella, tampoco parecían de la ciudad. Muchas veces, en mis paseos, creía atisbar, doblando la esquina de alguna calle, el morro del flamante descapotable del árbol dibujado en el capó. Entonces el corazón emprendía el vuelo en un vano intento por salirse del pecho.

  Una tarde la bella desconocida pasó a mi lado en el Old Tjikko mientras tomaba la calle que llevaba a la autopista. Si me vio o no detrás de los cristales oscuros de sus gafas de sol todavía es un misterio para mí. La seguí pedaleando a toda velocidad hasta que un perro se cruzó en mi camino y hube de frenar mientras el descapotable se perdía a lo lejos. Estuve esperando su regreso sin moverme de mi puesto junto al kiosco hasta que, entrada la noche, me marché decepcionado. 

  Al día siguiente, mientras acechaba de nuevo la puerta de su casa, la bella desconocida vino a mi encuentro.

  —¿Cómo te llamas? —me preguntó después de tenderme un cigarrillo.

  —Daniel —contesté en voz tan baja que ni yo me oí.

  Arrojó su cigarrillo al suelo y lo pisó con unos zuecos amarillos de charol. Luego me dirigió una mirada cargada de impaciencia.

  —¿Cómo? Es igual. ¿Te gustaría ganarte unos duros? Quiero cambiar de sitio los muebles del salón y yo sola no puedo moverlos.

  No esperó mi respuesta sino que enfiló hacia la casa y, antes de entrar, se volvió hacia mí.

  —¡Venga! ¿A qué esperas? —Hizo una pausa teatral, quién sabe si para impresionarme—. ¡Ah! Me puedes llamar Ginebra.

  Así encontré mi primer empleo. A espaldas de mis padres pues la intuición me decía que no les iba a gustar la atractiva Ginebra.

  Durante una semana estuve trasladando a su capricho unos muebles que hablaban de un mundo de lujo alejado de lo que estaba acostumbrado a ver en mi pequeña ciudad. Antes del tercer día, ya me había convertido en su chico de los recados. Lo mismo la ayudaba a poner orden en la correspondencia que le traía del kiosco el último número de Sábado Gráfico. Es cierto que tenía una criada, Felisa, y un hombre que le servía a media tarde una copa de jerez; pero era a mí a quien le gustaba tener cerca para mandarme los más insólitos quehaceres. Cada mañana montaba en mi bicicleta después de decirle a mi madre que me esperaba un amigo imaginario y no regresaba hasta la hora de la cena. Supongo que los dioses estaban de mi parte; que la preocupación de mi madre por la abuela le impedía descubrir las mentiras que le contaba cuando llegaba entrada la noche.

 Mientras tanto, me desvivía por cumplir los deseos de Ginebra. Me es imposible describir la emoción que me embargaba si me pedía que la acompañase en el Old Tjikko a hacer alguna compra. Sentado a su lado en el descapotable, me dejaba arrebatar por la euforia cuando una ráfaga de viento traía el aroma a mandarina de su perfume o mis ojos caían sobre sus zuecos de charol.

  Todo en Ginebra me parecía un enigma. Cuando no me quería a su lado, buscaba cualquier excusa para estar cerca de ella al acecho de sus movimientos. Pero eran los hombres que solían visitarla los que despertaban en mayor medida mi curiosidad: unos caballeros distinguidos que olían casi tan bien como ella. Solían llegar a principio de la tarde y encerrarse con Ginebra durante horas en sus habitaciones privadas. No eran raras las veces en que aún permanecían dentro pasadas las diez de la noche cuando, cansado de esperar, finalizaba la jornada y regresaba a mi casa. Hubiese querido tener valor preguntarle a Felisa por los misteriosos invitados, pero su ceño fruncido detenía cualquier atrevimiento, de modo que espiaba la puerta cerrada con el mismo celo con que semanas antes vigilaba el Old Tikki.

  Un día permanecí en la casa más allá de medianoche olvidando a mis padres y empeñado en averiguar más de los huéspedes de Ginebra. Apagué las luces del salón menos la de una lámpara de mesa cuya luz tenue apenas iluminaba un rincón. Sentado sobre la alfombra y oculto por las sombras, seguía la línea de claridad que se colaba por debajo de la puerta mientras me venía el sonido de carcajadas. No era tan ingénuo para no intuir lo que sucedía en el dormitorio de Ginebra, pero tal conocimiento no me impedía sentirme intrigado. 

  Debí quedarme dormido y, a eso de las una, me despertó el chirrido de la puerta. El hombre y Ginebra pasaron muy cerca de mí pero no me vieron, absortos en la conversación. No moví un músculo ni respiré siquiera temiendo ser descubierto. Sabe Dios lo que hubiese hecho Ginebra de haberme encontrado allí. Atravesaron el salón y se perdieron en el vestíbulo. Yo me escondí detrás del sofá. Los minutos hasta su regreso se me hicieron horas; la espera acrecentaba mi inquietud por no poder escaparme. Hacía mucho tiempo que debía estar en casa y empezaba a temer el enfado de mi padre. 

  Por fin se recortó la silueta de Ginebra bajo el dintel de la puerta. Atravesó el salón y, cuando entró en su dormitorio, salí de mi escondite.

  —¿Te apetece jugar conmigo? —Oí a mi espalda.

  No me atreví a volverme. Tampoco la oí llegar. Me estremecí cuando su mano acarició mi nuca y bajó por la espalda hasta rozarme la pierna: una extraña sensación entre dolorosa y placentera. Luego me tomó por el brazo y me condujo hasta su habitación. Me ahorro los detalles de mi primera experiencia amorosa. Estaba tan asustado que las ganas de huir se llevaba cualquier atisbo de deseo. Un pensamiento me venía a importunar: mis padres no sabían nada de Ginebra y hacía horas que me esperaban. En varias ocasiones traté de decirle que debía irme pero mi amante no me escuchaba. Jugó a su antojo con mi cuerpo, con mi miedo, hasta las tres de la madrugada, cuando me dejó libre.

  Al llegar a casa, no encontré el coche de mi madre en el garaje. Por un instante, pensé que habían salido en mi busca, pero recordé que mis padres tenían pensado cenar fuera aquella noche. Aliviado me colé por la ventana de la sala, que nunca se cerraba en verano, y llegué a mi habitación convencido de que nadie se había percatado de mi tardanza.

  A la mañana siguiente, permanecí en la cama despierto hasta el mediodía. Mis pensamientos daban vueltas en la cabeza y me llenaban de desasosiego. Tan pronto me espoleaba el anhelo por reencontrarme con Ginebra como me acuciaba el miedo a verla de nuevo. Era tanta la ansiedad que no me hubiese movido nunca de mi habitación de no haberme sorprendido el sonido del claxon del Old Tjikko aparcado bajo mi ventana.

  Bajé las escaleras hasta el portal de dos en dos sin prestar oídos a mi madre, que me rogaba que no me fuera. Salté por encima de la portezuela del descapotable y me senté junto a Ginebra, que, volando, me condujo hasta su casa. 

  Durante dos días no salimos de su dormitorio. Cada caricia suya extraía una melodía de zonas de mi piel que hasta entonces desconocía y sus besos enardecían mis sentidos hasta embotarlos. En ese tiempo, olvidé que tenía unos padres que no sabían dónde estaba. Olvidé que la vida seguía más allá de aquellas cuatro paredes.

  El tercer día la policía se presentó en la casa. Rodearon el jardín y entraron en la habitación cuatro agentes. Uno de ellos le puso unas esposas a Ginebra; otro me ayudó a vestirme y me empujó hasta la calle, donde me esperaba mi padre. 

  Aquella fue la última vez que vi a Ginebra. 

  En septiembre mis padres me internaron en un colegio. A mi encierro no llegaban más que alguna noticia desperdigada del exterior y, hasta años después, no supe del juicio que condenó a Ginebra, una prostituta de lujo, por perversión de menores. Ni supe del escándalo que armó la prensa cuando se descubrió que no había sido el primero al que inició en las artes amatorias.

  Han transcurrido casi cincuenta años desde entonces. Mis padres hace tiempo que fallecieron. Yo vivo lejos de la ciudad con Jimena, mi esposa. Debo decir que nunca he sido tan feliz como ahora que mis hijos ya son mayores y tenemos todo el tiempo para nosotros. Sin embargo algunas veces creo vislumbrar la silueta de un descapotable. Entonces el corazón palpita a toda prisa y a mí se me escapa un susurro: Old Tjikko, Old Tjikko.


Relato participante en la semifinal del Toeneo de Escritores de Tus Relatos